p De Skaldin pasaremos a Engelhardt. Sus Cartas desde el campo son también ensayos económicos y sociales kobre el mismo, de manera aue, tanto por el contenido romo por la forma, su libro se parece mucho al de aquél. Engelhardt es mucho más talentoso que Skaldin, y sus Cartas desde el campo están escritas en un estilo más vivaz e imaginativo. No contienen extensos razonamientos como los d<=l maduro autor de En un perdido rincón del campo u m la capital pero en cambio abundan en imágenes y en caracterizaciones mucho más acertadas. No es de extrañar, púes, que su libro poce de tan firme simpatía por parte del público l°<"tor y que haya sido reditado hace muv poco, mientras que el de Skalrit’ri pcfá casi completamente olvidado, pese a que las cartas de Engelhardt comenzaron a publicarse en Otiéfheatvierinie Zapiftki aperas dos años después de la anariHón del libro de Sk^ldin. Por PSO. no ireprnos que sea necesario dar a conocer al lector el cont^njdo del libro de Engelhardt; nos limitaremos, pues, a una breve caracterización de dos aspectos de sus concepciones: en nrimer lugar, las relativas a la “herencia”, en general y en oartiniInr, comunes a Engelhardt y a Skaldin; en seg’mdo término las concepciones específicamente populistas. Engelhardt es na un pomilifta, pero en sus concepciones hav todavía tantos rasgos prop-’os de los ilustrados, tanto de lo que ha sido rechazado o alter^do ñor el populismo contemporáneo, que es difícil ubicarlo en el lugar que le corresponde: entre los representantes de la “ herencia" en general, sin el tinte populista. Engelhardt se aproxima a los primeros ante todo, por la notable lucidez de sus concepciones, ’^or la forma simple y directa de caracterizar la realidad, por la denuncia implacable de todos los aspectos negativos de los “ pilares" en general, y del campesinado en particular, de esos misrrjos “pilares” cuva falsa idealización v embellecimiento constituyen parte integrante y necesaria del populismo. El populismo de Engelhardt, todavía expresado en forma muy débil y tímida, se halla por lo mismo, en directa y abierta contradicción con el campo de la realidad rural, que con tanto talento ha trazado; y si algún economista o publicista tomase como base de sus juicios sobre el campo los 514 datos y observaciones aportados por Engelhardt [514•* , le sería imposible extraer de este material conclusiones populistas. Quien dice populismo dice idealización del campesino y de su comunidad y los populistas de todos las matices, desde el señor V. V. hasta el señor Mijailovski, han rendido un buen tributo a esta tendencia a idealizar y embellecer la “comunidad”. En Engelhardt no hay ni rastro de tal embellecimiento. En contraposición a la fraseología corriente acerca del espíritu de comunidad de nuestro campesino y a la costumbre de oponer a ese “espíritu de comunidad" el individualismo de las ciudades, la competencia en la economía capitalista, etc., Engelhardt pone al descubierto, de manera implacable, el sorprendente individualismo del pequeño agricultor. Muestra minuciosamente qae “cuando se trata de la propiedad, nuestros campesinos son los propietarios más extremistas" (pág. 62, citado según la edición de 1885), que no toleran “el trabajo en conjunto" lo odian por motivos estrictamente personales y egoístas, trabajando en común, cada uno “teme trabajar más que el otro" (pág. 206). Este temor de trabajar un poco más llega a su más alto grado de comicidad (quizás hasta de tragicomedia) cuando el autor relata cómo las mujeres que viven en una misma casa poseen enseres domésticos comunes y pertenecen a una misma familia, lavan cada una de ellas la parte de la mesa en la cual comen; o cuando ordeñan las vacas por turno para recoger la leche para su niño (temiendo ser engañadas) y preparan cada una por separado la papilla para su hijo (pág. 323). Engelhardt expone con tantos pormenores estos rasgos, los confirma con tal cantidad de hechos, que no se puede decir que sean hechos aislados. Una de dos: o Engelhardt es un mal observador que no merece confianza, o las fábulas acerca del espíritu de comunidad y de las cualidades comunitarias de nuestros campesinos son pura 515 ficción que atribuyen a la economía rasgos que no correspond a la torma de propiedad de la tierra (forma de propiedad de la tierra en la cual además se hace abstracción de aspectos administrativos y fiscales). Engelhardt muestra que en su actividad económica el campesino tiende a llegar á’ser kulak: “cada campesino es, en cierta medida, un kulak en potencia" (pág. 491), “el ideal de llegar a ser kulak impera en el Ambiente campesino [...]. Más de una vez he mostrado que en ’él campesino se hallan desarrollados al máximo el individualismo, el egoísmo, la tendencia a la explotación [...]. Cada uno se siente orgulloso de ser un pez grande y tiende a devorar al chico”. Que el campesinado no tiende precisamente hacia el régimen de “comunidad”, a la “ producción popular”, sino hacia el régimen’pequeñoburgués propio de toda sociedad capitalista es lo que demuestra Engelhardt de manera magistral. Ha comprobado y demostrado irrefutablemente que el campesino acomodado aspira a ocuparse de operaciones comerciales (363), de hacer pagar en trabajo el cultivo del cereal, de comprar el trabajo del campesino más ’pobre (págs. 457, 492 y otras), es decir, traducido al lenguaje de los economistas, que los mujiks emprendedores tienen tendencia a trasformarse en burguesía rural. “Si en lugar de organizarse en arteles, dice Engelhardt, los campesinos trabajan cada uno por’su cuenta, veremos entre ellos, aun cuando haya tierra en abundancia, campesinos propietarios, campesinos sin tierra y peones. Diré más: creo que la diferencia en la situación económica de los campesinos será aun más considerable que hoy. Pese a la posesión comunal de la tierra, al lado de ’ricachos’ habrá muchos campesinos sin tierra, en la práctica peones. ¿De qué me sirve a mí o a mis hijos tener derecho a la tierra, si no tengo capital ni aperos para cultivarla? Es como darle tierra a un ciego, diciéndole: ¡come!" (pág. 370). La “hacienda tipo artel" aparece aquí con cierta triste ironía, solitaria, como la ingenua expresión de un buen deseo, que no sólo no surge de los datos que existen sobre el campesinado, sino que es refutado y excluido expresamente por dichos datos.
p Otro rasgo, que aproxima a Engelhardt a los representantes de la herencia sin tinte populista, es su convicción de que la causa principal y básica de la penosa situación de los campesinos reside en las supervivencias del régimen feudal y en la reglamentación que le es propia. Elimínense esos vestigios y esa reglamentación y se acabará el problema. La hostilidad absoluta de Engelhardt 516 a esa reglamentación, su sarcástica ridiculización de toda tentativa de beneficiar al mujik, mediante una reglamentación venida desde arriba, está en franca contradicción con las esperanzas populistas en “la razón y la conciencia, en la sabiduría y el patriotismo de las clases dirigentes" (palabras del señor luzhakov en Rmskoie Bogatstvo, 1896, núm. 12, pág. 106), con la proyectomanía populista a propósito de la “organización de la producción”, etc. Recordemos con cuánto sarcasmo arremete Engelhardt contra la disposición que prohibe la venta, en los molinos, de vodka para “bien” del campesino; con qué indignación habla de la disposición de varios zemstvos en 1880 prohibiendo sembrar centeno antes del 15 de agosto, esa grosera ingerencia de los “sabios” de gabinete—so pretexto también, de velar por los intereses de los campesinos—en la economía de “millones de campesinos propietarios" (424). Después de señalar la existencia de reglamentos y disposiciones tales como la prohibición de fumar en los bosques de coniferas, de pescar lucios en primavera, de talar abedules jóvenes en “mayo”, de destruir nidos, etc., Engelhardt anota sarcásticamente: [...] “la suerte del campesino ha sido siempre y sigue siendo la preocupación fundamental de los intelectuales. ¿Quién vive para sí mismo? ¡Todos viven para el campesino! [...]. El mujik es tonto,, no puede arreglarse solo. Si nadie se preocupa por él, es capaz de quemar todos los bosques, exterminar todos los pájaros, pescar todos los peces, arruinar la tierra y acabar consigo mismo” (398). Dime, lector, ¿podría este escritor mostrar alguna simpatía, por ejemplo, por las leyes tan preferidas de los populistas sobre la imposibilidad de enajenar los nadiel? ¿Podría decir algo semejante a la frase anteriormente citada, de uno de los pilares de Rússkoíe BogaMvo? ¿Podría compartir la opinión de otro pilar de la misma revista, el señor N. Kárishev, quien reprocha a nuestros zemstvos de provincias (¡en la década del 90!) por “no encontrar lugar" “para grandes y serias inversiones sistemáticas con vistas a organizar el trabajo agrícola"? [516•* .
p Señalaremos todavía otro rasgo que hace que Engelhardt esté cerca de Skaldin: no tiene conciencia del carácter puramente burgués de buen número de expresiones de deseos y medidas. No es 517 que Engelhardt quiera idealizar al pequeñoburgués, ni busqué excusas (à la [517•* manera del señor V.V.) por haber aplicado ese calificativo a tal o cual empresario. No, de ninguna manera. Como patrono práctico se apasiona por todo lo que es progresista y que contribuye al mejoramiento de su hacienda sin notar, en absoluto, que el carácter social de estos perfeccionamientos es la mejor refutación de sus propias teorías sobre la imposibilidad del capitalismo en nuestro país. Recordemos, por ejemplo, su entusiasmo por los éxitos que ha obtenido en su hacienda, gracias al pago a destajo de los obreros (por golpear el lino, por la trilla, etc.). Engelhardt no sospecha siquiera que la sustitución del salario periódico por el pago a destajo es uno de los procedimientos más corrientemente utilizados por la economía capitalista en desarrollo, para intensificar el trabajo y aumentar la cuota de plusvalía. Otro ejemplo. Engelhardt ridiculiza el programa de Zemliediélcheskaia Gazeta [517•** que dice: “suspensión de la entrega de los campos para trabajarlos por ciclos5T, organización de la explotación basada en el trabajo de peones, introducción de máquinas y herramientas perfeccionadas, cría de ganado de raza, sistema de rotación de cultivos, mejoramiento de prados y campos de pastoreo, etc., etc.” “¡Pero si todo esto no son más que frases generales!”, exclama Engelhardt (128). Y sin embargo, éste es precisamente el programa que él mismo realiza en la práctica, y el progreso técnico alcanzado en su hacienda se debe, justamente, al hecho de haber organizado su explotación sobre la base del trabajo de peones. Y aun más: ya hemos visto con cuánta franqueza y lealtad puso al desnudo las verdaderas tendencias del campesino emprendedor; sin embargo, esto no le ha impedido, en absoluto, afirmar que “no se necesitan fábricas, sino pequeñas [cursiva suya] destilerías de aguardiente, molinos de aceite, etc. (pág. 336), es decir, “es necesario" que la burguesía rural pase a trasformar la producción agrícola sobre la base técnica, lo que siempre y en todas partes ha sido uno de los rasgos más importantes del capitalismo agrario. Es que Engelhardt no ha sido un teórico, sino un propietario práctico. Una cosa es razonar sobre la posibilidad de un progreso sin 518 capitalismo, y otra dirigir uno mismo una hacienda. Puesto en la tarea de organizar racionalmente su hacienda, Engelhardt se ha visto obligado, por las circunstancias que lo rodeaban, a recurrir a procedimientos netamente capitalistas y dejar de lado todas sus dudas teóricas y abstractas con respecto al trabajo de “peones”. En teoría, Skaldin razonaba como un típico manchesteriano, sin notar en lo más mínimo, ni este carácter de sus razonamientos, ni el hecho de que los mismos están en concordancia con las necesidades de la evolución capitalista de Rusia. En la práctica, Engelhardt se ha visto obligado a proceder como un típico manchesteriano, a pesar de sus protestas teóricas contra el capitalismo y a su propio deseo de creer que nuestro país seguiría sus propios caminos.
p Pero por las convicciones de Engelhardt estamos obligados a llamarlo populista. Él ve ya con claridad la verdadera tendencia del desarrollo económico de Rusia y comienza a justificar las contradicciones de dicho desarrollo. Se esfuerza por demostrar la imposibilidad del capitalismo en la agricultura en Rusia, por demostrar que “nosotros no tenemos siervos" (pág. 556), a pesar de que él mismo, y del modo más minucioso, refutó las fábulas acerca de la falta de nuestra mano de obra, a pesar de haber confesado el mísero salario por el que trabaja su vaquero Piotr y su familia, a la cual le quedan, aparte de la manutención, 6 rublos por año “para comprar sal, aceite vegetal y ropa" (pág. 10). “Y todavía se lo envidia, y si se lo despide se presentarán en el acto 50 voluntarios para ocupar su puesto" (pág. 11). Al señalar el éxito de su hacienda, el hábil manejo del arado por los obreros, exclama triunfalmente: “¿Y quiénes son esos labradores? Los ignorantes y sin escrúpulos campesinos rusos" (pág. 225).
p Después de haber disipado por el ejemplo de su propia administración, por la denuncia del individualismo campesino, todas las ilusiones sobre el “espíritu de comunidad”, Engelhardt no “cree” menos en la posibilidad de que los campesinos pasen a ¡a hacienda tipo artel, y está “convencido” de que así ocurrirá, de que nos corresponde a nosotros los rusos, realizar esta gran obra, introducir nuevos métodos de administración. “Allí radica el carácter original, la peculiaridad de nuestra economía" (pág. 349). El Engelhardt realista deja el lugar al Engelhardt romántico, que suple la absoluta falta de “originalidad” en sus propios métodos administrativos y en la de los campesinos que ha observado, ¡con la 519 creencía en la “originalidad” futura! De esta creencia no hay ya más que un solo paso a los rasgos ultrapopulistas que se encuentran -muy raramente, es verdad- en Engelhardt, a un estrecho nacionalismo que raya en el chovinismo “(a Europa misma haremos añicos”, “en la Apropia Europa el campesino estará con nosotros" [pág. 387], decía Engelhardt, hablando de la guerra a un terrateniente), ¡v hasta la idealización de las prestaciones! Sí, el propio Engelhardt, que dedica tantas páginas excelentes de su libro a describir la desesperada y humillante situación del campesino que, habiendo tomado dinero o cereales en préstamo para devolverlos con su trabajo, se ve obligado a trabajar casi gratuitamente, en las peores condiciones de dependencia personal [519•* este mismo Enpelhardt llega inclusive a decir que “sería bueno que el doctor (se trata de saber si era útil y necesario tener un médico en el rampo. V. I.) tuviera su propia hacienda, de suerte que el rampa«ino pudiera pagar ron su trabajo la asistencia médica" (pág. 41). Los comentarios sobran.
En resumen, si en la concepción de Eneelhardt hacemos un paralelo entre los rasgos más positivos definidos más arriba fes r^cir, aquellos que le son comunes con los representantes de la “herencia”, sin ningún tinte populista) y los rasgos negativos (o sea, populistas), tendremos que reconocer que los primeros predominan en el autor de Cartas desde el campo, mientras que los segundos sólo aparecen como una suerte de intercalación extraña, r;isii->l. traída desde afuera y que no tiene conexión con el tono fundamental del libro.
Notes
[514•*] Dicho sea de paso: esto sería no sólo extraordinariamente interesante e instructivo, sino una manera de proceder de todo punto de vista legítimo para un economista que hace una investigación. Si los hombres de ciencia confían en el material contenido en las encuestas—respuestas y juicios de muchos propietarios poco informados y no siempre imparciales que no tienen una concepción completa y cuyos puntos de vista no han sido bien meditados—, ¿por qué no confiar en las observaciones que durante 11 años enteros estuvo recogiendo un hombre de notable espíritu de observación y de indudable sinceridad, un hombre que ha estudiado muy bien la materia de la que habla?
[516•*] Rússkoíe Bogatstvo, 1896, núm. 5, mayo. Artículo del señor Kárishev sobre las inversiones de los zemstvos provinciales para la aplicación de las medidas de orden económico. Pág. 20.
[517•*] En francés en el original. (Ed.)
[517•**] Zemliediélcheskaia Gazeta “(Gaceta agraria”), editada desde 1834 en Petersburgo por el ministerio de Bienes Fiscales (a partir de 1894, Ministerio de Bienes Fiscales y de Agricultura). Dejó de aparecer en 1917. (Ed.)
[519•*] Recuérdese la escena: el intendente (es decir, el administrador del terrateniente) llama al campesino a trabajar cuando éste tiene su propio trigo que se desgrana y se ve obligado a ir. sólo porque le recuerdan que, ríe lo contrario, lo espera “una buena paliza”,
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I
-- UNO DE LOS REPRESENTANTES
DE LA ``HERENCIA'' |
III
-- ¿LA ``HERENCIA'' HA GANADO AL VINCULARSE
CON EL POPULISMO? |
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