p Los lectores no habrán olvidado, tal vez, un proyecto de dirección de la industria caracterizado, con razón, como una tentativa de resucitar el mercantilismo^^54^^, como un proyecto de " organización burguesa, burocrática, socialista, de la industria nacional" [485•* (pág. 238). Para caracterizar el “plan” del señor luzhakov nos vemos obligados a emplear una expresión más compleja aun. Hay que darle el nombre de experiencia feudal, burocrática, burguesa, socialista. La verdad es que esta expresión de cuatro escalones es poco afortunada, ¿pero qué podemos hacer, si todo el plan no lo es menos? En cambio, traduce exactamente todos los rasgos típicos 486 de la “utopía” del señor luzhakov. Comencemos el análisis por el cuarto escalón. “Uno de los criterios fundamentales de la concepción científica del socialismo, es la regulación sistemática de la producción social”, dice acertadamente el autor que acabamos de citar [486•* . Este criterio lo econtramos en la “utopía”, pues allí se organiza de antemano, de acuerdo con un plan general el trabajo de decenas de millones de obreros. El carácter burgués de la utopía no admite dudas: en primer término, la escuela secundaria, según el “plan” del señor luzhakov, sigue siendo una escuela de clase. ¡¡Y esto, después de todas las ampulosas frases que el señor luzhakov lanzó en “contra” de la escuela de clase en su primer artículo!! Para los acomodados, una escuela; para los pobres, otra; si tienes dinero, paga tus estudios; y si no lo tienes, trabaja. Pero hay más: para los primeros, se conserva—como ya lo hemos visto—el “tipo actual" de escuela. En las actuales escuelas medias, por ejemplo en las del ministerio de Instrucción Pública, el precio de los estudios cubre sólo el 28,7 por ciento del monto total de los gastos; el 40 por ciento son cubiertos por el Estado; el 21,8 por ciento por las subvenciones de particulares, instituciones y sociedades; el 3,1 por ciento lo da el interés sobre el capital y el 6,4 por ciento proviene de otras fuentes (Las fuerzas productivas, sec. XIX, pág. 35). Por consiguiente, el señor luzhakov ha reforzado aun más, con relación a la actual, el carácter de clase de la escuela media: según su “plan” los adinerados pagarán sólo el 28,7 por ciento del costo de sus estudios, mientras que los pobres deberán pagarlo en su totalidad y, además, ¡en trabajo! ¿Verdad que no está mal para una utopía “populista”? En segundo lugar, en el plan se admite la contratación por las escuelas secundarias de obreros asalariados, sobre todo entre los campesinos sin tierra. En tercer lugar, se deja subsistir el antagonismo entre la ciudad y el campo, que es la base de la división social del trabajo. Ya que el señor luzhakov entiende organizar el trabajo social siguiendo un plan, ya que redacta una “utopía” que combina la enseñanza con el trabajo productivo, mantener este antagonismo resulta absurdo y prueba que nuestro autor ni tiene la menor noción de la materia que se propone examinar. No sólo los “maestros” de los actuales discípulos se han pronunciado contra este absurdo, sino también los 487 viejos utopistas e inclusive nuestro gran utopista ruso [487•* . ¡Esto lo tiene sin cuidado al señor luzhakov! En cuarto lugar—y este es el argumento más profundo para calificar de burguesa esta “ utopia”—, se mantiene en ella la producción mercantil junto a la tentativa de organizar la producción social. Las escuelas elaborarán productos para el mercado. ¡En consecuencia, la producción social será regida por las leyes de este último, a las que deberán someterse también las “escuelas secundarias"! ¡El señor luzhakov nada tiene que ver con esto! ¿De dónde han sacado ustedes—dirá probablemente—que la producción debe regirse por no sé qué leyes del mercado? ¡Tonterías! No son las leyes del mercado las que regirán la producción, sino las disposiciones de los señores directores de las escuelas secundarias agrícolas. Voila tout [487•** . Ya hemos hablado sobre la estructura puramente burocrática de las escuelas secundarias utópicas del señor luzhikov. Es de esoerpr que la “Utopía de la Instrucción" preste un útil servicio al públiro lector ruso mostrándole cuan profundo es el “democratismo” de los populictas de la actualidad. El rasgo feudal en el “plan” del señor luzhakov es el pago en trabajo de sus estudios por parte de los pobres. Si un proyecto de este género lo hubiera redactado un burenes consecuente, no tendría el primer escalón, ni el segundo, y habría sido infinitamente superior e infinitamente meior que el populista. El pago en trabajo constituve la esencia económica del régimen feudal. En el régimen capitalista, la persona pobre debe vender su fuerza de trabaio para comprar medios de subsistencia. En rl régimen feudal debe pagar con su trabaio los medios de subsistencia que ha recibido del terrateniente. El paeo en trabajo implica necesariamente la sujeción al trabajo, la inferioridad iurídira de los que están obligados a realizar ese tr^baio. anublo que el autor de El Capital llamó “ausserokonomischer Zwang [487•*** (III, 2, 324) [487•**** . Por eso, también en Rusia, en la medida en que se ha conservado y se conserva el sistema de pagar con trabaio, su complemento necesario es la privación de los derechos civiles del campesino, la sujeción a la tierra, los castigos corporales y el derecho del terrateniente de disponer del trabajo. El señor Iuzhakov 488 no comprende el vínculo entre el pago en trabajo y la privación de parte de los derechos, pero su sentido de hombre “práctico” le ha sugerido que, si los estudiantes secundarios están obligados a trabajar para pagar sus estudios, no estará de más instituir escuelas correccionales para los aue osen eludir la enseñanza, y que los “estudiantes secundarios" obreros mayores de edad deben seguir en 1^ situación de jóvenes escolares.
Surge así la pregunta: ¿qué necesidad tenía nuestro utopista de los tres primeros escalones de su obra? Si hubiera dejado sólo el cuarto, nadie podría objetar una sola palabra, ya que él mismo ha di^ho. directamente y por adelantado, aue lo QU^ ha perrito PS una “utopía”. Pero he aquí que su naturaleza de Kleinbürger lo ha traicionado. Por un lado, la “utopía” es una buena cosa, y por el otro, tamrjoco son una mala cosa los honorarios qn° como profesores cobran los señores intelectuales. Por un lado, “sin ningún desembolso para el pueblo”; y por el otro, los intereses y la amortización corren enteramente por tu cuenta, hermaniro, v por añadidura debes trabajar gratis durante tres añitos. Por un lado, grandilocuentes declaraciones acerca del peligro y el daño qué ocasiona la división en clases, v por el otro una neta “utopía” de clase. En estas eternas oscilaciones entre lo viejo y lo nuevo, en estas curiosas pretensiones de querer saltar por sobre la pronia cabeza, o sea, de colocarse por encima de todas las clases, reside la esencia de toda concepción dA mundo de un Kleinbürger.
p ¿Conoce usted, lector, la obra del señor Sereruei Sharápov titulada El agricultor ruso. Algunas reflexiones sobre la organización de la economía rural rusa según nuevos princmios ( Suplemento gratuito de la revista Siéver [488•* de 1894), San Petersburgo, 1894? A los colaboradores de Rússkoie Eogatstvo en general, y al *»ñor luzhakov en particular les recomendaríamos mucho leerla. Su primer capítulo se titula Normas morales que rigen Ja hacienda, agrícola ñisa. Su autor se dedica a exponer ideas muv afines al “populismo” acerca de la diferencia radical entre Rusia y el Occidente, del predominio en Occidente del desnudo cálculo mercantil, de la ausencia de problemas morales, cualquiera sea ¿u índole, para los patronos y los obreros de esos países. Por el 489 contrario, en Rusia, en virtud de que en 1861 los campesinos fueron dotados de los nadiel, “los objetivos que animan su existencia son completamente distintos a los de Occidente" (8). “Al recibir la tierra, nuestro campesino encontró una razón de ser independiente”. En una palabra, fue la sanción de la producción popular, según lo expresa con mayor relieve el señor Nikolai-on. En Rusia, el terrateniente—prosigue desarrollando su pensamiento el señor Sharápov—está interesado en el bienestar del campesino, pues este último es el que labra con sus aperos la tierra del terrateniente. “En sus cálculos [del terrateniente], además del interés privado en los beneficios de la empresa, entra también un elemento moral, o más exactamente psicológico" (12, cursiva del autor). Y el señor Sharápov, con todo énfasis (que no va en zaga al del señor luzhakov), habla de la imposibilidad del capitalismo en nuestro país. En su lugar, aquí es posible y necesaria “la asociación del señor con el mujik" (encabezamiento del segundo capítulo del libro del señor Sharápov). “La economía debe cimentarse en la estrecha solidaridad entre el señor y el mujik" (25): el primero debe ocuparse de propagar la cultura, y él segundo... ¡bueno, el segundo debe trabajar! Y he aquí que él, el señor Serguei Shaíápov, “después de largos y dolorosos errores”, ha podido por fin llevar a cabo en sus fincas “dicha unión entre el señor y el mujik" (26). Empezó por implantar una rotación racional de los cultivos, etc., etc., y concertó con los campesinos el siguiente convenio: éstos reciben del terrateniente prados de pastoreo y tierras de labor, y además simiente para tantas y cuantas desiatinas, etc. A cambio de ello se comprometen a realizar todas las faenas en la hacienda del terrateniente (llevar el estiércol al campo, esparcir fosfatos, arar, sembrar, segar, trasladar la mies a “mi granero”, trillar, etc., etc., a razón de tantas desiatinas de cada cereal) y además abonar inicialmente 600 rublos, luego 800, 850, 1.100 y finalmente 1.200 rublos (o sea, con aumento anual). El pago es en cuotas... con arreglo al porcentaje de interés que se deposita en el Banco de la Nobleza (36 y sigs.). El autor es, se sobrentiende, “un partidario convencido de la comunidad rural" (37). Decimos “se sobrentiende”, pues este tipo de hacienda agrícola no podría existir sin las leyes que sujetan a los campesinos a su nadiel y determinan el cerrado carácter de casta de la comunidad rural. Los pagos que deben efectuar los campesinos están garantizados dice el señor Sharápov, "por el hecho de que los productos 490 elaborados y el grano no pueden ser vendidos sin su autorización, ra: zón por la cual es inevitable la concentración de los mismos en sus depósitos y graneros”. Como sería muy difícil lograr que los campesinos pobres pagaran las cuotas que les corresponden, el señor Sharápov ha organizado las cosas de tal manera, que obtiene ese pago por intermedio de los campesinos ricos: éstos, de acuerdo con su propio criterio, escogen un grupo de campesinos económicamente débiles, se ponen al frente de este artel (38) y pagan al terrateniente con puntualidad, pues saben que ese dinero lo recibirán del campesino pobre cuando se vendan los productos (39). “Para muchos campesinos pobres, sobre todo para los de familia poco numerosa, resulta muy pesado trabajar también en mi hacienda. Deben hacer grandes esfuerzos, pero no pueden negarse, ya que si así lo hicieran sus animales no serían aceptados en el rebaño del campesino más pudiente. Tampoco yo lo puedo aceptar; a ello me obliga la actitud de los campesi; nos y entonces el pobre, de buen grado o por fuerza, trabaja. Esto, naturalmente, es usar de la violencia, ¿pero saben ustedes cuál es el resultado? Un año o dos de arriendo, y el campesino pobre consigue pagar ya los impuestos atrasados, rescata del empeño los enseres prendados, comienza a disponer de algún dinerito ahorrado, reconstruye la choza y [...] ¡cuando te quieres acordar ya se liberó de la pobreza!" (39). Y el señor Sharápov “señala con orgullo" que “sus campesinos" (en más de una ocasión dice “mis campesinos”) prosperan, que él se dedica a implantar la cultura, a introducir el trébol, los fosfatos, etc., mientras que “los campesinos por sí solos no habrían hecho nada" (35). “Todos los trabajos deben, además, efectuarse de acuerdo con mis disposiciones e indicaciones. Yo fijo los días de siembra, el traslado del estiércol, de la siega. Para el período de verano volvemos a restablecer el régimen de servidumbre casi en su totalidad, menos, claro está en lo que se refiere a los castigos corporales" (pág. 29).
p Como se ve, la franqueza propia de este patrono, el señor Sharápov, es algo más directa que la del ilustrado publicista señor luzhakov. Porque, ¿acaso hay una gran diferencia entre el tipo de explotación que existe en la hacienda del primero y él que postula la utopía del segundo? En ambos casos, lo esencial es el pago mediante el trabajo; tanto en uno como en otro vemos la coerción, ya sea mediante la presión de los ricachones que 491 disponen de la “comunidad”, o bien mediante la amenaza del envío a la escuela secundaria correccional. El lector podría objetar, quizá que el móvil que impulsa al señor Sharápov es el lucro’ mientras que a los funcionarios de la utopía del señor luzhakov los guía el celo por el bien común. Perdón. El señor Sharápov declara de manera categórica que él administra su hacienda movido por razones morales, que entrega la mitad de los ingresos a los campesinos, etc., y nosotros no tenemos derecho, ni fundamento, para creerle menos que al señor luzhakov, quien también asegura para sus profesores utópicos “un puesto rentable”, en modo alguno utópico. Y si otro terrateniente siguiera el consejo del señor luzhakov, y entregara sus tierras a la escuela secundaria agrícola, recibiendo de los “estudiantes secundarios" un porcentaje de interés por el pago en el Banco de la Nobleza “(una hipoteca con excelente garantía” según palabras del propio señor luzhakov), la diferencia desaparecería casi totalmente. Queda en pie, claro está, una enorme diferencia en los "problemas de la instrucción”, ¡pero por Dios!, ¿acaso el señor Serguei Sharápov no hubiera preferido también él contratar a obreros agrícolas instruidos por 50 rublos, antes que a los no instruidos por 60?
Y si el señor Manuilov no comprende todavía hoy por qué los discípulos rusos (y no sólo los rusos) estiman necesario, en interés de los trabajadores, apoyar a los burgueses consecuentes y las ideas consecuentemente burguesas, contra las supervivencias del pasado que, hacen posible la existencia de las haciendas de los señores Sharápov, o las “utopías” de los señores luzhakov, tendremos que reconocer que nos sería difícil entendernos con él, por cuanto, evidentemente, hablamos lenguajes distintos. El señor Manuilov razona, quizá, según la famosa receta del famoso señor Mijailovski: hay que tomar lo bueno de aquí y de allí, procediendo del mismo modo que aquella novia de la obra de Gógol, que quiso tomar la nariz de uno de sus pretendientes y la barbilla del otro [491•* . Pero para nosotros semejante razonamiento no es más que la ridicula pretensión de un Kleinbürger, de querer colocarse por encima de clases determinadas, ya completamente estructuradas dentro de nuestra realidad y que ocupan un lugar 492 bien definido dentro del proceso del desarrollo histórico que se opera a nuestra vista. Las “utopías”, que de manera natural e inevitable surgen de semejante modo de razonar, ya no resultan cómicas, sino nocivas; sobre todo cuando conducen al desenfreno ilimitado de la capacidad de inventiva de los burócratas. En Rusia, por razones perfectamente comprensibles, tal fenómeno se observa con particular frecuencia, pero no se limita a Rusia. No en vano Antonio Labriola, en su excelente libro "Essais sur la conceptean matérialiste de l’histoire" (París, Giard et Brisre, 1897) dice, refiriéndose a Prusia, que a aquellas formas nocivas de utopías contra las cuales medio siglo atrás lucharon los " maestros" se ha agregado hoy otra más: la "utopía burocrática y fiscal, la utopía de los cretinos" (l’utopie bitreaucratique et fiscale, l’utopie des crétins. Page 105, note).
Notes
[485•*] Expresión usada por P. Struve para describir el plan sugerido por Gúrev, miembro de la comisión científica del ministerio de Finanzas, en un artículo titulado “Problemas actuales de la vida en el interior del país”, firmado P. B. y publicado en Nóvoie Slovo, núm. 7, abril de 1897, pág. 238. (Ed.)
[486•*] Nóvoie Slovo, abril de de 1897, “Análisis de la situación interior".
[487•*] Se refiere a N. Chernishevski. (Ed.)
[487•**] Eso es todo. (En francés en el original. Ed.)
[487•***] Sujeción extraeconómica. (Ed.)
[487•****] Véase C. Marx, ob. cit., t. III, págs. 670-671. (Ed.)
[488•*] Siéver “(Norte”), semanario de literatura y de arte que apareció en San Petersburgo, de 1888 a 1914.
[491•*] La novia, Agafia Tijónovna, personaje de la comedia El matrimonio de Gógol. (Eá.)
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