EN RELACIÓN CON LOS IMPUESTOS A LOS CEREALES
QUE SE APLICAN EN INGLATERRA
p Para completar la comparación entre la teoría del romanticismo y la moderna en lo referente a los puntos principales de la economía contemporánea, confrontaremos sus respectivos juicios a propósito de un problema práctico. El valor de esta comparación es tanto mayor porque, por un lado, se trata de uno de los más importantes problemas prácticos del capitalismo, de un problema de principio; y por el otro, porque sobre él se han pronmv ciado los dos representantes más destacados de ambas teorías antagónicas.
p Nos referimos a las leyes cerealeras^^26^^ en Inglaterra y a la abolición de las mismas. Durante el segundo cuarto del presente siglo, este problema suscitó el interés más profundo, no sólo entre los economistas ingleses, sino también entre los del continente: todos comprendían que no se trataba de una cuestión particular de política aduanera, sino de un problema general que hacía a la libertad de comercio, a la libre competencia, a “la suerte del capitalismo”. Se trataba, precisamente, de coronar el edificio del capitalismo instaurando íntegramente la libertad de competencia, de desbrozar el camino para llevar a término “la ruptura" que la gran industria mecanizada había comenzado a operar en Inglaterra a partir de. fines del siglo pasado; se trataba de eliminar los obstáculos que frenaban esa “ruptura” en la agricultura. Y precisamente así enfocaron esta cuestión los dos economistas continentales a los que vamos a referirnos,
246p Sismondi agregó a la segunda edición de su obra Nouveaux príncipes un capítulo especial titulado “Acerca de las leyes sobre el comercio de cereales" (I. III, ch. X).
p Empieza por señalar que el problema es candente: “Una mitad del pueblo inglés exige ahora la abolición de las leyes oerealeras, profundamente irritado contra quienes las mantienen; y la otra mitad exige el mantenimiento de las mismas, y lanza gritos de indignación contra quienes las quieren abolir" (I, 251).
p Al analizar el problema, Sismondi señala que los intereses de los granjeros ingleses exigen que se impongan impuestos a los cereales, para asegurar un remuneratins. pnce “(un precio remí;ner^dor, sin pérdidas”). Por el contrarío, los intereses de los manufactureros exigen la abolición de dichas leyes, pues las manufacturas no pueden existir sin mercados exteriores y el desarrollo de las exportaciones inglesas se veía frenado por las leyes que ponían trabas a la importación: “Los manufactureros aducíin que la saturación del mercado con que tropiezan en los lugares de venta es también el resultado de las mismas leyes; que la gente rica del continente no podía comprar sus mercaderías porque no encontraba dónde vender su trigo" (I, 251) [246•* .
p “Es probable que la apertura del mercado al cereal extranjero arruine a los terratenientes ingleses y haga descender a un nivel muchísimo más bajo el precio del arriendo. Esto sería indudablemente una calamidad, pero no una injusticia" (I, 2.54). Y Sismondi fe dispone a demostrar con la mayor ingenuidad que la renta de los terratenientes debe estar en relación con los servicios (]\sic\\) que ellos prestan “a la sociedad" (¿a la capitalista?), etc. "Los granjeros—continúa—extraerán su capital [. .. ] en parte, al menos, de la agricultura.”
p Este razonamiento de Sismondi (con el cual él se da por satisfecho) pone en evidencia el vicio fundamental del 247 romanticismo, que no presta suficiente atención al proceso del desarrollo económico que tiene lugar en la realidad. Hemos visto que el propio Sismondi llama la atención sobre el desarrollo progresista y el incremento del sistema de economía basado en granjas en Inglaterra. Pero en lugar de estudiar las causas que originan ese proceso, se apresura a condenarlo. Sólo esa precipitación, ese deseo de imponer a la historia sus inocentes anhelos, puede explicar que Sismondi pierda de vista la tendencia general del desarrollo del capitalismo en la agricultura y la inevitable aceleración de dicho proceso con la derogación de las leyes cerealeras, es decir, el progreso capitalista de la agricultura, en lugar de la decadencia que profetiza.
p Pero Sismondi se mantiene fiel a sí mismo. En cuanto se acerca a la contradicción que caracteriza ese proceso capitalista, recurre a su ingenua “refutación” de la misma, tratando de demostrar a todo trance que el camino por el que marcha “la patria inglesa" es equivocado.
p “¿Qué hará el jornalero? [...]. El trabajo cesará, los campos de labranza serán trasformados en pastizales [...]. ¿Qué suerte correrán las 540.000 familias que se verán privadas de trabajo? [247•* Aun suponiendo que sirvan para cualquier trabajo en la industria, ¿se dispone acaso en la actualidad de una industria que esté en condiciones de emplearlos? [...]. ¿Habrá un gobierno que pueda voluntariamente exponer a la mitad de la nación que gobierna a una crisis semejante? [...]. Y los otros, aquellos a los que serían sacrificados los agricultores, ¿obtendrían algún provecho de ello? Ya que esos agricultores son los más cercanos y seguros consumidores de las manufacturas inglesas. La cesación de su consumo asestaría a la industria un golpe más funesto que el cierre del más grande mercado extranjero” (255-256). Y aquí viene la famosa “reducción del mercado interior”. “¿Cuánto perderán las 248 manufacturas debido a la cesación del consumo por toda la clase de los agricultores ingleses y que constituye casi la mitad de la nación? ¿Cuánto perderán como consecuencia del cese del consumo de las personas ricas, cuyas rentas provenientes de la agricultura serían liquidadas casi por completo?” (267). El romántico se desvive por demostrar a los fabricantes que las contradicciones propias del desarrollo de su producción y de su riqueza no son más que la expresión de su error, su falta de previsión. Y para “convencerlos” “del peligro" que representa el capitalismo, Sismondi pinta un cuadro detallado de la competencia que los amenaza por parte del cereal polaco y ruso (p. 257-261). Para ello echa mano a toda clase de argumentos, e inclusive trata de herir el amor propio de los ingleses. “¿Qué sería del honor de Inglaterra si el emperador de Rusia, cada vez que desease obtener una concesión cualquiera, pudiera rendirla por hambre cerrando los puertos del Báltico?" (268). Recuerde el lector cómo, para demostrar que “la apología del poder del dinero" es un error, decía Sismondi que en las ventas es fácil el engaño... Quiere “refutar” a los teóricos del sistema de economía basado en las granjas, y señala que los granjeros ricos no pueden resistir la competencia de los míseros campesinos (ver la cita más arriba mencionada), y en definitiva llega otra vez a su conclusión favorita, evidentemente convencido de que ha logrado demostrar lo “erróneo” del camino seguido por “la patria inglesa”. "El ejemplo de Inglaterra nos hace ver que esta práctica [el desarrollo de la economía monetaria, a la que Sismondi contrapone I’ habitude de se fournir soi-méme, “ganarse la vida con el propio esfuerzo"] no está exenta de peligros" (263). “El sistema económico [precisamente el basado en las granjas] es malo en sí, tiene un fundamento peligroso, y ese sistema es el que hay que tratar de cambiar" (266).
p ¡Un problema concreto, nacido del choque de intereses determinados dentro de determinado sistema de economía, se ve así ahogado por un torrente de inocentes deseos! Pero el hecho es que el problema fue planteado en forma tan tajante por las propias partes interesadas que era ya completamente imposible circunscribirse a semejante “solución” (tal como lo hace el romanticismo con respecto a todos los demás problemas).
p “¿Qué hacer, entonces?—interroga Sismondi desesperado—; ¿abrir los puertos de Inglaterra o clausurarlos? ¿Condenar al 249 hambre y a la muerte a los obreros de las manufacturas o a los de la agricultura de Inglaterra? En verdad, es un problema terrible; la situación en que se encuentra el ministerio inglés es una de las más delicadas en que pueden hallarse los hombres de Estado" (260). Y vuelve una vez más a “la conclusión general" sobre el “peligro” del sistema de las granjas, el “peligro de someter toda la agricultura a un sistema de especulación”. ¿Pero "cómo hacer para que en Inglaterra se adopten medidas que sean al mismo tiempo serias y graduables, que permitan reivindicar la importancia [remettraient en honneitr] de las pequeñas granjas, cuando una mitad de la nación ocupada en las manufacturas sufre hambre, y las medidas que ella reclama amenazan con el hambre a la otra mitad ocupada en la agricultura? Esto, lo ignoro. Estimo necesario someter a considerables cambios las leyes referentes al comercio de cereales, pero a quienes exigen su completa abolición les aconsejo analizar minuciosamente los siguientes problemas" (267), y aquí sigue la enumeración de viejas quejas y temores sobre la decadencia de la agricultura, la reducción del mercado interno, etc.
p De esta manera, ya en su primer choque con la realidad, el romanticismo ha sufrido el más completo fiasco. Se vio forzado a otorgarse a sí mismo el teftimoniíin paupertatis [249•* y firmar personalments su recibo. Recuérdese con cuánta facilidad y sencillez “resolvía” el romanticismo todos los problemas en la “teoría”. El proteccionismo es irracional; el capitalismo es un extravío pernicioro; el camino seguido por Inglaterra es erróneo y peligroso; la producción debe marchar a la par del consumo; la industria y el comercio, a la par de la agricultura; las máquinas son ventajosas sólo cuando conducen a la elevación del jornal, ó a la reducción de la jornada de trabpjo; los medios de producción no deben ser separados de los productores; el intercambio no debe adelantarse a la producción, ro debe conducir a la especulación, etc., etc. Para cada contradicción el romanticismo tenía la frase sentimental correspondiente para cubrirla; cada pregunta tenía como respuesta la expresión de un anhelo inocente, y pegar las mismas etiquetas a todas l«s manifestaciones de la vida corriente se llamaba " solución" de los problemas. ¡No es de extrañar que esas soluciones fueran tan conmovedoramente sencillas y fáciles! Sólo que igno- 250 raban una pequeña circunstancia: los intereses reales, en cuyo conflicto residía precisamente la contradicción. Y cuando el desarrollo de dicha contradicción lo puso frente a uno de esos conflictos particularmente agudos, cual es la lucha de los partidos, que en Inglaterra precedió a la derogación de las leyes cerealeras, nuestro romántico se vio completamente perdido. Se sentía tan bien en medio de la niebla de ilusiones y de buenos deseos, componía con tanta maestría sentencias aplicables a la “sociedad” en general (pero inaplicables a cualquier régimen social históricamente determinado); pero cuando, de su mundo de fantasías fue a caer a la vorágine de la vida real y de la lucha de intereses, resultó que no tenía criterio para solucionar problemas concretos. Habiendo contraído la costumbre de las formulaciones abstractas v de las soluciones también abstractas reducía el problema a esta fórmula pura y simple: ¿a qué población corresponde arruinar: a la agrícola o a la manufacturera? Y el romántico, por supuesto, sólo podía llegar a la conclusión de que no hay que arruinar a ninguna, que "es preciso tomar por otro camino"..., pero las contradicciones reales ya lo han sitiado tan estrechamente que le impiden elevarse de nuevo hacia las nebulosidades de sus buenos deseos, y el romántico se ve forzado a dar una respuesta. Sismondi no dio una, sino dos respuestas: la primera, "lo ignoro”; la segunda, "por un lado no puede dejar de reconocerse, y por el otro, es preciso admitir" [250•* .
p El 9 de enero de 1848, en Bruselas, en una reunión pública, Carlos Marx pronunció su “discurso sobre el librecambio" [250•** . Contrariamente al romanticismo, para el cual “la economía política no es una ciencia exacta sino una ciencia moral”, tomó como punto de partida para su exposición un simple y objetivo cálculo cíe los intereses en pugna. En vez de considerar el problema de las leyes cerealeras como una cuestión de “sistema” elegido por la nación, o de legislación (tal como lo hacía Sismondi), el orador comenzó por presentarlo como un conflicto de intereses entre los fabricantes y los terratenientes, y mostró cómo los fabricantes 251 ingleses procuraban hacer de él una causa nacional, persuadir a los obreros de que obraban en interés de todo el pueblo. Contrariamente al romántico, que expone el asunto como consideraciones en las que debe inspirarse el legislador para realizar la reforma, el orador redujo el problema al conflicto de intereses reales de las diferentes clases de la sociedad inglesa. Mostró que el fondo del problema era la necesidad de abaratar las materias primas para los fabricantes. Señaló la actitud de desconfianza de los obreros ingleses, que veían “en los hombres abnegados, en un Bowring, un Bright y Cía., a sus más grandes enemigos".
p “Al costo de elevadas inversiones los fabricantes construyen palacios en los cuales la Anti-Corn-Law League [Liga contra las leyes cerealeras] ^^27^^ instala, en cierto modo, su residencia oficial; envían a todos los puntos de Inglaterra un ejército de misioneros para que prediquen la religión del librecambio, publican y distribuyen gratuitamente millares de folletos, destinados a ilustrar al obrero sobre sus propios intereses, gastan enormes sumas de dinero para atraerse a la prensa, montan un gran aparato administrativo para dirigir el movimiento librecambista y derrochan elocuencia en los mítines públicos. En uno de tales mítines un obrero exclamó: ¡Si los terratenientes vendieran nuestros huesos, ustedes, los fabricantes, serían los primeros en comprarlos para echarlos a un molino de vapor y trasformarlos en harinal Los trabajadores ingleses han comprendido admirablemente bien el significado de la lucha entre los terratenientes y los fabricantes. Saben de sobra que se quiere rebajar el precio del cereal para rebajar los salarios, y que el beneficio del capital aumentará en la proporción en que disminuya la renta.”
p De este modo, la formulación del problema en sí es totalmente distinta que en Sismondi. Se trata, en primer lugar, de explicar la posición de las diferentes clases de la sociedad inglesa en este problema, desde el punto de vista de sus respectivos intereses; en segundo lugar, de esclarecer el significado de la reforma dentro de la evolución general de la economía social de Inglaterra.
p Sobre este último punto, las opiniones del orador coinciden con las de Sismondi, en el sentido de que él también ve en ello, no una cuestión particular, sino una cuestión general; la del desitriollo del capitalismo en general, la del “librecambio” como sistema. "La abolición de las leyes cerealeras en Inglaterra ha sido 252 el más grande triunfo obtenido por el libre comercio en el siglo xrx”. “Con la abolición de las leyes cerealeras, llega a su punto culminante el desarrollo de la libre competencia y la moderna economía social [252•* . En consecuencia, para estos autores, se plantea este interrogante: ¿es, pues, deseable que continúe el desarrollo del capitalismo, o hay que detenerlo y buscar “otros caminos"?, etc. Y nosotros sabemos que la respuesta afirmativa que dieron a esta pregunta es precisamente la que dio solución a un problema general, de principio, cual es el relativo a los “destinos del capitalismo" y no al problema particular de las leyes cerealeras en Inglaterra, pues el punto de vista aquí establecido se aplicó, mucho más tarde, también a otros grandes países. En la década d_e 1840 ambos sostenían la misma opinión con respecto a Alemania y a América; [252•** declaraban que la libre competencia constituya para esos países un factor progresista; en lo que respecta a Alemania, uno de ellos escribía, todavía en la década del 60, que ese país sufre no sólo a causa del capitalismo sino también debido al insuficiente desarrollo del mismo [252•*** .
p Pero volvamos al discurso. Hemos señalado que el punto de vista del orador difiere en sus principios del de Sismondi y reduce el problema a los intereses de las diferentes clases que componen la sociedad inglesa. Esa profunda diferencia la vemos en el planteamiento del problema puramente teórico del papel que desempeña la abolición de las leyes cerealeras en la economía social. Para él, no es un problema abstracto el sistema que debe adoptar Inglaterra, y el camino que debe elegir (es así como lo 253 plantea Sismondi, olvidando que Inglaterra tiene un pasado y un presente que determinan ya este camino). No: de entrada ubica el asunto en el terreno del régimen económico-social existente-, se pregunta cuál debe ser la ttapa siguiente en el desarrollo de ese régimen, después de la abolición de las leyes cerealeras.
p La dificultad estribaba en determinar qué infuencia tendría la abolición de esas leyes sobre la agricultura, pues en efecto sobre la industria era evidente para todos.
p Para demostrar qué utilidad tendría esa abolición también para la agricultura, la Anti-Corn-Law League asignó premios para los tres mejores trabajos que trataran sobre la influencia benéfica de la abolición de esas leyes sobre la agricultura inglesa. El orador comienza por exponer brevemente los puntos de vista de los tres laureados: Hope, Morse y Greg, y a continuación destaca a este último, quien aplica en su trabajo, de modo más científico y más riguroso, los principios establecidos por la economía política clásica.
p Greg, fuerte fabricante él mismo, se dirige de preferencia a los grandes granjeros y trata de demostrar que la abolición de las leyes cerealeras desalojará de la agricultura a los granjeros pequeños, quienes se volcarán a la industria, pero que será ventajosa para los grandes, los que tendrán así la posibilidad de afincarse en la tierra por períodos más prolongados, de invertir en ella más capital, de emplear mayor cantidad de máquinas y reducir el trabajo, que será más barato al abaratarse el cereal. En cuanto a los terratenientes, tendrán que contentarse con una renta más baja, pues las tierras de inferior calidad, no aptas para hacer frente a la competencia del cereal importado más barato, dejarán de ser cultivadas.
p El orador tuvo perfecta razón al considerar que esa predicción y esa abierta apología del capitalismo en la agricultura eran más científicas. La historia justificó tal predicción. "La abolición de las leyes cerealeras dio a la agricultura inglesa un enorme impuso [...]. La disminución absoluta de la población obrera rural aumentaba paralelamente a la ampliación de la superficie cultivada, a la intensificación del cultivo, a la gigantesca acumulación del capital invertido en la tierra y dedicado a su cultivo, al aumento del producto de la tierra, sin paralelo en la historia de la agronomía inglesa, al aumento de la renta de los terratenientes, al crecimiento de la riqueza de los arrendatarios 254 capitalistas [...]• La condición básica para los nuevos métodos fue la mayor inversión de capital por acre de tierra y, en consecuencia, la concentración acelerada de las granjas" [254•* .
p Pero el orador, por supuesto, no se limita a reconocer que los razonamientos de Greg son los más justos. En boca de éste, no son otra cosa que argumentos utilizados por un “librecambista” que discurre sobre la agricultura inglesa en general, y que procura demostrar las ventajas que reportaría para toda la nación la abolición de las leyes cerealeras. De lo expuesto más arriba surge con claridad que era otro el punto de vista del orador.
p Explica que la rebaja en los precios del cereal, tan alabada por los “librecambistas”, significa la ineludible reducción de los salarios, el abaratamiento de la mercancía “trabajo” (o más exactamente: fuerza de trabajo); que la reducción del precio del cereal jamás podrá equilibrar para el obrero esa rebaja del salario: primero, porque al descender el precio del cereal, le será más difícil al obrero ahorrar sobre el consumo del mismo para poder adquirir otros artículos; y en segundo lugar, porque el progreso de la industria torna más baratos los artículos de consumo al remplazar la cerveza por la vodka, el pan por las papas, la lana y el lino por las telas de algodón, haciendo descender así el nivel de las necesidades y de vida del trabajador.
p Vemos así que aparentemente, el orador plantea los 255 elementos del problema del mismo modo que Sismondi: él también reconoce que el librecambio entraña de modo inevitable la ruina de los pequeños granjeros, la miseria de los obreros en la industria y en la agricultura. Nuestros populistas, que además se distinguen por un arte inimitable en el modo de “citar” interrumpen por lo común sus “citas” justamente en este lugar y, henchidos de satisfacción, declaran que están muy “de acuerdo”. Tales procedimientos, empero, sólo sirven para mostrar, primero, que no comprenden la enorme diferencia en el modo de plantear el problema que hemos señalado más arriba; y segundo, que no ven que la diferencia esencial entre la teoría moderna y el romanticismo apenas comienza aquí: el romántico da la espalda al problema concreto del desarrollo real, para sumergirse en los sueños; el realista, por el contrario, se vale de los hechos establecidos a su criterio para llegar a la solución precisa del problema concreto.
_p Luego de predecir el mejoramiento de la situación de los obreros en un futuro próximo, el orador prosigue:
p “Los economistas nos objetarán al respecto:
p Y bien, convengamos en que la competencia entre los trabajadores, que ciertamente no disminuirá bajo el régimen del librecambio, no tardará en poner al salario en consonancia con el precio más bajo de las mercancías. Pero por otro lado, la disminución del precio de las mercancías conducirá a un aumento en el consumo; un mayor consumo exigirá una producción más intensiva, lo cual implicará una mayor demanda de fuerza de trabajo y el resultado de esta mayor demanda de fuerza de trabajo será la elevación de los salarios.
p “Toda esta argumentación se reduce a lo siguiente: el librecambio aumenta las fuerzas productivas. Si la industria crece, si la riqueza, las fuerzas productivas, en una palabra, si el capital productivo aumenta la demanda de trabajo, también se eleva el precio del trabajo y, por consiguiente, el salario. El acrecentamiento del capital constituye la más favorable circunstancia para el obrero. Esto hay que reconocerlo [255•* . Si el capital queda estancado, la industria no sólo se estancará, sino que comenzará a declinar, y en ese caso el trabajador será la primera víctima, sucumbirá antes que el capitalista. Y en el caso en que el capital vaya en aumento, o sea, tal corno ya se ha dicho, en el caso mejor 256 para el obrero, ¿cuál será su suerte? Pues, sucumbirá igualmente...” Y el orador explica en detalle, apoyándose en los datos de los economistas ingleses, cómo la concentración del capital acentúa la división del trabajo, la cual abarata la fuerza de trabajo al sustituir el trabajo calificado por el simple; cómo las máquinas desalojan a los obreros; cómo el gran capital arruina a los pequeños industriales y pequeños rentistas, y agrava las crisis que aumentan aun más el número de desocupados. La conclusión de su análisis es que el librecambio no significa otra cosa que el libre desarrollo del capital.
p De este modo, el orador supo hallar el criterio para solucionar el problema que, a primera vista, conducta al dilema insoluble ante el cual se detuvo Sismondi: tanto el librecambio como la restricción del mismo conducen por igual a los obreros a la ruina. Ese criterio es el desarrollo de las fuerzas productivas. Esta manera de plantear el problema sobre el terreno histórico se manifestó inmediat^mente: en luear de comparar el capitalislismo con una sociedad abstracta, tal como debería ser (es decir, en definitiva, con una utopía), lo hizo con las etapas precedentes de la economía social, comparó entre sí las diferentes etapas del capitalismo en la sucesión consecutiva y comprobó que las fuerzas productivas de la sociedad se desarrollan gracias al desarrollo del capitalismo. Al aplicar a la argumentación de los librecambistas una crítica científica, el orador SUDO evitar el error habitual de los románticos, quienes al negar todo valor a esta crítica “tiran al niño con el agua sucia de la bañera”; SUDO extraer el grano bueno, es decir, comprobar el hecho indudable del gigantesco progreso de la técnica. Nuestros populistas, con su agudeza característica, habían llegado, por supuesto, a la conclusión de que el autor de referencia, que en forrm tnn ab^ta se ro^ca de parte del gran capital contra el pequeño productor, es un “apologista del poder del dinero”, tanto más cuanto que había declarado ante la faz de Europa continental que las deducciones extraídas de la vida inglesa las hacía extensivas también a su patria, donde la gran industria mecanizada daba en ese entonces sus primeros pasos vacilantes. Y sin embargo, en este ejemnlo (al igual que en multitud de ejpmp?os análogos de la historia de Europa occidental) podrían ellos estudiar a fondo el fenómeno que no pueden (¿o no quieren?) comprender de ninguna manera: que el reconocimiento del carácter progresista del gran 257 capital, en oposición a la pequeña producción, dista mucho, muchísimo, de ser una “apología”.
p Basta recordar el capítulo de Sismondi arriba citado, y el discurso en cuestión, para convencerse de la superioridad de este último, tanto en el sentido teórico como en su posición hostil a toda “apología”. El orador caracterizó las contradicciones que acompañan el desarrollo del gran capital, de una manera mucho más precisa, completa, directa y franca de lo que lo hayan hecho jamás los románticos. Pero en ningún momento recurrió a una sola frase sentimental para deplorar dicho desarrollo. En momento alguno dejó caer una sola palabra sobre la posibilidad, cualquiera que fuera, de “tomar otro camino”. Comprendía que quienes utilizan esa frase sólo pretenden cubrir con ella el hecho de que son ellos mismos quienes “toman otro camino" que el que les plantea la vida, es decir, determinada realidad económica, un desarrollo económico determinado y los intereses, también determinados, que aumentan sobre el terreno de este desarrollo económico.
p El criterio mencionado, enteramente científico, le dio la posibilidad de resolver este problema manteniéndose en su posición de realista consecuente.
“Empero, señores—decía el orador—, no crean que al criticar el librecambio tenemos la intención de defender el sistema proteccionista.” Y señaló que en el actual régimen de economía social, el librecambio y el proteccionismo tienen la misma base de sustentación; se refirió en forma concisa al proceso de “ruptura” de la vieja vida económica y de las viejas relaciones semipatriarcales en los países de Europa occidental que el capitalismo produce tanto en Inglaterra como en el continente; señaló el hecho social de que, en determinadas condiciones, el librecambio acelera dicha “ruptura” [257•* . “Y sólo en este sentido, señores—concluyó el orador—, doy mi voto en favor del librecambio" [257•** .
258Notes
[246•*] Por unilateral que sea esta explicación de los fabricantes ingleses, que desconocen las causas más profundas de las crisis y su carácter inevitable, en los casos en que la ampliación del mercado es débil, contiene sin embarco una idea absolutamente justa, y es que la realización de un producto por la vía de su exportación exige como norma la correspondiente importación. Recomendamos a la atención de los economistas este argumento de los fabricantes ingleses que eluden el problema de la realización del producto en la sociedad capitalista con estas palabras tan profundas: “Se exportará".
[247•*] Para “probar” que el capitalismo es nocivo, Sismondi improvisa al instante un cálculo aproximado (a los que es tan afecto, por ejemplo, nuestro romántico ruso el señor V. V.). 600.000 familias—dice—se dedican a la agricultura. Si los campos de labranza son remplazados por los de pastoreo, “bastará” apenas una décima parte de esa cantidad... Cuanto menor es la capacidad de un autor para comprender el proceso en toda su complejidad, tanto mayor es su empeño en recurrir a cálculos infantiles hechos “a ojo de buen cubero".
[249•*] Certificado de pobreza. (Ed.)
[250•*] “Por un lado uno no puede dejar de reconocer, y por el otro, es preciso admitir”, expresión irónica empleada por N. Saltikov-Schedrín en sus cuentos Diarlo de un provinciano en San Petersburgo y El funeral. (Ed.)
[250•**] Discours sur le libre échange. Utilizamos la traducción alemana: Rede über die Frage des Freihandels,
[252•*] Die Lage der arbeitenden Klasse in England (1845). ["La situación de la clase obrera en Inglaterra”, ed. cit., pág. 255. Ed.] Esta obra, que parte del mismo punto de vista, fue escrita antes de la abolición de las leyes cerealeras (1846), mientras que el discurso que mencionamos es posterior a su abolición. Empero, la diferencia de fecha no tiene importancia para nosotros: basta comparar los citados razonamientos de Sismondi de 1827, con ese discurso de 1848, para ver la completa identidad entre los elementos del problema, en ambos autores. La idea misma de comparar a Sismondi con el economista alemán posterior a él fue tomada por nosotros del Handworterbuch der Staatswissenschaften, B. V., Art. “Sismondi”, von Lippert, Seite 679. El paralelo llegó a ofrecer un interés tan palpitante, que la exposición del señor Lippert perdió de golpe su sequedad... es decir, su “objetividad” y se trasformó en interesante, viva e inclusive apasionante.
[252•**] Véase en Die Neue Zeit^^28^^ los artículos de Marx, recientemente hallados, publicados en Westphalisches Dampfboot^^29^^.
[252•***] Véase C. Marx, F. Engels, ob. cit., t. I, pág. 6. (Ed.)
[254•*] Escrito en 1867. (Véase C. Marx, ob. cit., t. I, pág. 544-545. Ed.) En lo que concierne, al aumento de la renta, hay que tener en cuenta para explicar este fenómeno, la ley establecida por el moderno análisis de la renta diferencial, o sea, que la elevación de la renta puede producirse paralelamente a la disminución del precio del cereal. “Cuando los aranceles ingleses sobre los cereales fueron derogados en 1846, los fabricantes ingleses creyeron que con esta medida habían condenado a la miseria a la aristocracia terrateniente. Lejos de ello, éstos se enriquecieron todavía más. ¿Cómo se explica esto? Muy sencillamente. A partir de entonces los terratenientes exigieron a sus arrendatarios capitalistas, en los contratos de arriendo, la inversión en cada acre de tierra, de 12 libras esterlinas anuales en lugar de 8; y, en segundo lugar, com» tenían muchos representantes en la cámara baja, los terratenientes consiguieron, en beneficio propio, un fuerte subsidio oficial, para efectuar el drenaje y otras mejoras permanentes en sus tierras. Y dado que jamás hubo una total renuncia a las peores tierras, sino que a lo sumo, y de un modo puramente temporal, se las empleó para otros fines, las rentas se elevaron en proporción a los capitales invertidos en la tierra y la aristocracia terrateniente mejoró, inclusive, su situación" (Das Kapital, III, 2, 259.) [Véase C. Marx, ob. cit., t. III, pág. 620. Ed.]
[255•*] La cursiva es nuestra.
[257•*] Con respecto a este significado progresista de la abolición de las leyes cerealeras, también el autor de Die Lage lo señalaba con mucha claridad, aun antes de dicha abolición (1. c., pág. 179), y subrayaba en particular la influencia de esta medida sobre la conciencia de los productores.
[257•**] Por razones de censura Lenin modificó aquí (o excluyó) algunas palabras del citado pasaje del Discurso que analiza. Así, donde Marx dice “acelera la revolución social”, traduce “acelera esta ruptura”; y en lugar de “sólo en este sentido, en el sentido revolucionario”, dice “sólo en este sentido”. (Ed.)