p La Inquisición se creó para perseguir y exterminar la herejía por medio de la violencia y no de la persuasión.
p El terrorismo organizado fue un instrumento “milagroso”, valiéndose del cual los clérigos trataron de mantener y reforzar, a través de la Inquisición, sus posiciones.
p “La Inquisición—citamos a Bernard Gui (Guidonis), inquisidor francés del siglo XIV—tiene por objeto destruir la herejía; no se puede acabar con la herejía si no se acaba con los herejes; exterminar a los herejes es imposible si no son aniquilados a la vez que sus encubridores, simpatizantes y protectores" [105•1 .
p Pero, ¿en qué consistió la herejía y quiénes fueron considerados herejes? Shannon indica que la Iglesia entendía por herejía la negación premeditada de los artículos de la fe católica y la persistencia expl’cita en las concepciones erróneas. Fue considerado como hereje todo creyente que, estando familiarizado con la doctrina católica, la negara y predicara algo opuesto [105•2 .
p Por falta de definición oficial de la herejía y el hereje en la Edad Media, todo dependía de la arbitraria interpretación de los inquisidores sobre estos conceptos. Para erradicar la sedición aquéllos persiguieron no sólo a los 106 herejes “conscientes”, sino también a quienes, aun teniendo muy poco que ver con ellos, queriéndolo o no, por “contacto” pudieran contagiarse de su "doctrina malévola”. Miles de hombres y mujeres inocentes cayeron víctimas del Santo Oficio a causa de las calumnias, por el deseo de los inquisidores de echar mano sobre sus bienes o, simplemente, como resultado de la torpeza y el fanatismo de los funcionarios de los tribunales inquisitoriales.
p Con el surgimiento de la Inquisición se desvaneció la leyenda, cultivada por los teólogos durante muchos siglos, acerca de que la religión cristiana significaba el amor universal, la misericordia y la condescendencia ilimitada. Verdad es que al emplear contra sus víctimas torturas monstruosas, al quemarlas en la hoguera y atribuirles sin fundamento alguno crímenes y vicios absurdos, la Iglesia declaraba que lo hacía en nombre de la misericordia cristiana para salvar de este modo lo más precioso que tiene el hombre, su alma, y asegurarle la bienaventuranza eterna en el otro mundo. En rigor, esta tesis tenía mucho de común con la doctrina cristiana sobre la ascensión al reino de los cielos al precio de los sufrimientos en la tierra. ¿Acaso Jesucristo no pasó al Calvario, no se dejó crucificar, para expiar los pecados del hombre? Entonces, ¿para qué guardar considarciones a los herejes, agentes del Diablo y enemigos de la piedad cristiana?
p Por mucho que se ingeniaran los teólogos para justificar las crueldades de la Inquisición, no les fue posible ocultar que la historia bíblica acerca del martirio de Jesucristo difería sustancialmente de la muerte de un mártir herético, quemado por los fieles hijos de la Iglesia cristiana. En el período de su nacimiento y desarrollo, ésta prometió entronizar la felicidad general por vía de la no resistencia al mal y del amor al prójimo. Ahora, en cambio, estimaba que el fin justifica los medios. Y, ¡qué medios no habrá empleado! Para combatir a sus enemigos verdaderos e imaginarios, la Iglesia echó mano de la mentira, la hipocresía, la codicia, la lujuria, el engaño y la traición, de cuanto de vulgar, infame, aborrecible y monstruoso puede haber en el hombre.
Al ahogar los brotes de lo nuevo y vivo que se abrían paso a duras penas en el feudalismo, la Inquisición frenó el desarrollo social y espiritual de la sociedad humana.
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