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INSTITUTO DE AMERICA LATINA DE LA ACADEMIA
DE CIENCIAS DE LA URSS
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EE.UU
y AMERICA
LATINA
__TEXTFILE_BORN__ 2007-07-05T12:34:38-0700
__TRANSMARKUP__ "Y. Sverdlov"
MOSCÚ
EDITORIAL PROGRESO
[3]Traducido del ruso por P. Boyko~
GRUPO DE AUTORES:
N. MOSTOVETS (redactor responsable); L. KLOCHKOVSKI
(Introducción); Z. ROMANOVA (Capítulo I); E. SHEININ
(Capítulo II); Y. GRIGORIAN (Capítulo III); Y. PANAEV
(§ 1, Capítulo IV); K. TARASOV (§ 2, Capítulo IV; Capítulo VI);
N. JOLODKOV (§ 3, Capítulo IV); A. MATLINA (Capítulo V);
A, GLINKIN (§ 1, Capitulo VII; Conclusión); V. LUNIN
(§ 2, Capítulo VII); B. MARTINOV (§ 3, Capítulo VII);
V. SELIVANOV (íj 1, Capítulo VIII); V. BELIAIEV (§ 2, Capítulo VIII);
N. KONOVALOVA (§ 3, Capítulo VIII); A. BEKAREVICH (Capítulo IX);
Y. VIZGUNOVA. B. MERIN (Capítulo X); V. NIKITIN (Capítulo XI);
V. TSAREGORODTSEV (Capítulo XII).
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lua ucnaiicKOM .'i
__COPYRIGHT__ © Naúka 1978~247--80
0804000000014(01)-80
[4] __ALPHA_LVL1__ INTRODUCCIÓNLa etapa actual del desarrollo mundial está signada por la intensificación de hondos procesos históricos que modifican profundamente la situación internacional, la distribución de las fuerzas principales que actúan en el orbe. La esencia de los cambios que se operan consiste en el incremento indeclinable del poderío de la comunidad socialista, en el fortalecimiento de todas las fuerzas antimperialistas y progresistas y en el debilitamiento relativo de las posiciones del imperialismo en el mundo. Como lo señalara Leonid Brézhnev en su informe al XXV Congreso del PCUS: "Siguen robusteciéndose y ampliándose las posiciones del socialismo. Las victorias del movimiento de liberación nacional abren nuevos horizontes ante los países que han conquistado la independencia. Se acentúa la lucha de clase de los trabajadores contra la opresión de los monopolios, contra los regímenes explotadores. El movimiento democrático revolucionario, antimperialista, es más amplio cada día"^^1^^.
Bajo el influjo de estas transformaciones se van conformando hoy los principales fenómenos políticos, económicos sociales en todas las regiones, manifestándose vigorosamente también en América Latina. Las nuevas tendencias que empezaron a perfilarse en el continente latinoamericano a mediados de la década del 70: el ahondamiento de las contradicciones del desarrollo capitalista dependiente, el ascenso de un impetuoso movimiento antimperialista, enfilado en primer lugar contra el imperialismo norteamericano, la cada vez más nítida toma de conciencia por las masas populares y amplios _-_-_
~^^1^^ L. I. Brézhnev. Informe del Comité Central del PCUS y las tareas inmediatas del partido en la política interior v exterior. Moscú, Editorial de ia Agencia de Prensa Nóvosti, 1976, p. 36.
5 círculos democráticos y progresistas de que sólo a través de ardua y consecuente lucha se puede afianzar la independencia política y alcanzar la independencia económica, contribuyen a elevar el papel de América Latina en el proceso revolucionario mundial y hacer que algunos Estados latinoamericanos ocupen posiciones de avanzada en la lucha antimperialista de los pueblos liberados.Especial importancia adquieren en la situación creada los cambios que se producen en las relaciones de la principal potencia imperialista, EE.UU., con los países de América Latina. La Revolución Cubana, que abrió el camino para la construcción del primer Estado socialista en América Latina, asestó demoledor golpe a las bases mismas del dominio yanqui en la región. A mediados de los años 70, todo el sistema de las relaciones de EE.UU. con el continente latinoamericano apareció sumido en profunda crisis. Esta abarca las principales formas de las relaciones de EE.UU. con los países de América Latina: económicas, políticas, militares, ideológicas, culturales, y se manifiesta en la agudización de múltiples conflictos bilaterales, en la desintegración del sistema interamericano creado por EE.UU., en la profundización de las diferencias de enfoque de los problemas internacionales básicos. Todos estos fenómenos obedecen a factores objetivos. El más importante lo constituye el afán de la mayoría de los países latinoamericanos de reducir su dependencia del imperialismo, asegurar el afianzamiento de su actividad económica independiente, el ascenso de la economía, y solucionar siquiera en parte sus acuciantes problemas socioeconómicos. Tales esfuerzos chocan con la línea del capital monopolista de EE.UU. que procura con todas sus fuerzas seguir sosteniendo en sus manos las palancas del control militar y político, no permitir el debilitamiento de sus posiciones económicas en el continente y mantener a la región en su situación de parte dependiente y explotada del capitalismo mundial.
La esfera decisiva en la que los intereses de los monopolios de EE.UU. chocan en forma especialmente aguda con los de los países de América Latina es la economía. Pese a las medidas tomadas por muchos Estados latinoamericanos para defender sus intereses nacionales, el capital monopolista norteamericano en la posguerra emprendió una amplia expansión en el continente. A ritmos acelerados crecieron sus inversiones directas, se fortalecieron sus posiciones 6 en algunas ramas importantes (sobre todo en la industria manufacturera), se diversificaron aun más las formas de su penetración económica. A mediados de la década del 70 la inversión anual de capital extranjero (en su mayoría de origen estadounidense) alcanzó unos 2.000 millones de dólares, superando en casi 5 veces el nivel medio apuntado a comienzos de la década del 60.
Pero la cuestión no reside simplemente en variaciones cuantitativas. No se pueden dejar de señalar los importantes cambios cualitativos observados en la expansión, después de la segunda guerra mundial, del capital de EE.UU. en América Latina. Los mismos se caracterizan, ante todo, por la elevación del papel de las corporaciones trasnacionales norteamericanas en el continente, dotadas de enorme potencial productivo y financiero, de un sistema sumamente diversificado de relaciones internacionales, con amplias posibilidades para influir no sólo en el proceso económico, sino prácticamente en todos los aspectos de la vida de los países de la región. Con la radicación de los monopolios internacionales, los Estados latinoamericanos tienen que afrontar a un adversario mucho más peligroso que antes.
Un aspecto cualitativamente nuevo lo representa la utilización por parte de los monopolios norteamericanos de formas diversificadas de penetración (creación de sociedades mixtas, establecimiento de variados vínculos organizativos, tecnológicos y de otro tipo) que han permitido asegurar control considerable o, a veces, ejercer influencia dominante con inversiones mínimas. El sometimiento de los sistemas bancarios y crediticios nacionales a la férula estadounidense y la ampliación de los lazos con los organismos nacionales estatales fueron implantando las premisas que posibilitan el control por parte de los monopolios estadounidenses sobre grandes masas del capital nacional latinoamericano.
La actividad de los monopolios de EE.UU. puso^ en peligro importantes intereses de los países de América Latina. Ante todo, aceleró notablemente el proceso de desnacionalización de la economía latinoamericana. Cabe notar que de 1.325 empresas fundadas por las corporaciones de EE.UU. en América Latina en las décadas de 1950--60, sólo 638, o sea 48,2%, eran realmente nuevas; las restantes surgieron como consecuencia de la transferencia de compañías nacionales a manos extranjeras o de su fusión con las firmas norteamericanas. La erradicación de capitales nacionales se operó de 7 manera especialmente intensa en las ramas más dinámicas y de mayor perspectiva (en particular, en la esfera bancaria, en la industria manufacturera y otras).
Los monopolios internacionales de EE.UU. aprovecharon ampliamente en beneficio propio los importantes procesos económicos que avanzaron en el continente, con lo que se redujo en mucho la eficiencia de los mismos en el fomento del desarrollo nacional de los Estados latinoamericanos. En particular llegaron a deformar en grado considerable el proceso de integración económica de la región, valiéndose de él para afianzar sus posiciones. Este hecho es reconocido hoy en toda América Latina. Con relación a ello Osvaldo Sunkel, destacado economista latinoamericano, escribe: "La integración, de hecho, bien puede ser el instrumento básico para la realización nacional en América Latina o bien el instrumento de la dependencia acelerada de la región. Las condiciones presentes y las políticas de integración existentes parecen favorecer la segunda tendencia, por cuanto las subsidiarias de las compañías multinacionales no latinoamericanas, radicadas en diversos países de la región, se hallan en mejores posiciones para planear sus actividades con vistas a una explotación óptima de la zona de libre comercio y, al mismo tiempo, para desplazar a las industrias nacionales incluso de sus mercados internos"^^2^^.
Una de las consecuencias más adversas de la actividad de los monopolios norteamericanos se manifestó en la radical intensificación de la explotación económica del continente. En el curso de todo el período de posguerra ( especialmente en las décadas de los 60 y 70) los países latinoamericanos soportaron enormes pérdidas debidas a la extracción por los monopolios de ganancias cada vez más grandes. Si en la primera mitad de los años 60 las remesas al exterior de ganancias extraídas en América Latina representaron en término medio 1.270 millones de dólares por año, ya en el segundo lustro de esa década llegaron a 1.949 millones, y en 1974 ascendieron a 6.734 millones de dólares. Sólo en diez años (1965--1974) el monto total de las sumas remitidas al exterior en concepto de utilidades del capital invertido en América Latina fue de 26.000 millones de dólares, o sea casi igual al total de las inversiones extranjeras en el continente.
Un eficiente medio de explotación llegaron a ser los _-_-_
~^^2^^ Studies on Developing Countries, Budapest, 1973, N 57, p. 29.
8 créditos y préstamos externos. Las potencias imperialistas, sobre todo EE.UU., aplicaron una política crediticia sumamente rígida respecto a los países latinoamericanos reduciendo al mínimo los créditos gubernamentales, implantando condiciones de crédito desventajosas y bloqueando los intentos de los Estados de América Latina de encontrar un alivio a la carga que representa la deuda externa. En consecuencia, los países de la región se vieron obligados a cubrir sus demandas de financiamiento externo acudiendo a créditos privados concedidos, por lo común, a altas tasas de interés y corto plazo. Casi la mitad de todos los créditos, obtenidos por la región en la década del 60 y la primera mitad de los años 70, fueron de origen privado. El problema de la deuda externa adquirió así para la mayoría de los Estados latinoamericanos suma gravedad. La demanda de financiamiento externo crece indeclinablemente. Si en los años 60 los países de América Latina obtenían en término niedio créditos por un total de 1.500 millones de dólares al año, en 1973 el financiamiento externo se elevó a casi 8.000 millones, y en 1975 llegó a unos 12.000 millones de dólares^^3^^. A ritmos paralelamente elevados crece el volumen de la deuda exterior y los pagos en concepto de servicio de la misma. Dichos pagos se incrementaron de 2.500 millones de dólares en la primera mitad de los años 60 a 7.500 millones de dólares a mediados de la década del 70.Por lo tanto, durande el período de posguerra en América Latina hubo tendiencias manifiestas al incremento de la dependencia respecto al capital monopolista de EE.UU. y de su explotación económica por parte de éste. El predominio de tales tendencias no sólo ha sido denunciado por las fuerzas progresistas de los países latinoamericanos, sino aquilatado también por los círculos realistas de EE.UU. Los profesores R.H. Chuleóte y J.C. Edelstein, destacados investigadores norteamericanos, por ejemplo, escriben: "Aunque Estados Unidos han reemplazado a Gran Bretaña como metrópoli y aunque América Latina importa ahora incluso medios de producción para fabricar artículos de consumo, la situación de dependencia no ha cambiado. De hecho se ha acentuado aún más como consecuencia de la penetración extranjera, por vía de las corporaciones, el gobierno y las _-_-_
^^3^^ Financiamiento externo de América Latina, perspectivas v políticas futuras. OES/Ser. H/XIV. 21.XI. 1974, p. 43.
9 fundaciones, en los bancos, las manufacturas, el comercio, las comunicaciones, la publicidad y la educación. Los resultados de esta penetración no han cambiado en su naturaleza. Un mayor nivel de la tecnología y un potencial económico más grande se gratifican con precios más elevados para las importaciones extranjeras que los precios de las exportaciones de América Latina, acompañadas del deterioro a largo plazo de los términos del intercambio. Se produce un drenaje de capitales a través de la repatriación de utilidades, los pagos por intereses y préstamos, licencias, seguros y fletes... América Latina sigue subdesarrollada, porque ha sostenido el desarrollo de Europa Occidental y de Estados Unidos"^^4^^.El capital monopolista procuró afianzar las tendencias indicadas utilizando resortes políticos, militares, ideológicos, etc. Entre las medidas político-militares más importantes tomadas por EE.UU., en el período posbélico, cabe señalar la concertación del Tratado de Asistencia Recíproca de Rio de Janeiro en 1947 mediante el cual se creaba el bloque político-militar de los Estados americanos bajo la hegemonía de EE.UU.; la fundación en 1948 de la Organización de Estados Americanos (OEA), el establecimiento en el continente y en la cuenca del Caribe de una red de bases militares norteamericanas, la firma con la mayoría de los gobiernos latinoamericanos de convenios político-militares bilaterales, la orquestación de golpes militares y el empleo de fuerzas militares de EE.UU. para la intervención directa a fin de aplastar el movimiento de liberación nacional de los pueblos de América Latina. El sistema interamericano, surgido de esos esfuerzos, aseguró a EE.UU. en el curso de la mayor parte del período de posguerra una posición política y militar dominante en el continente y creó importantes premisas para conservar y fortalecer las posiciones del capital monopolista estadounidense en muchos países de la región.
Hay que subrayar, sin embargo, que el papel de las medidas político-militares en la estrategia latinoamericana de EE.UU. se redujo paulatinamente; la posibilidad de emplear la presión e intervención político-militar abierta fue disminuyendo de manera progresiva. EE.UU. tuvieron que pasar a formas más sutiles y encubiertas en sus relaciones político-- militares, abstenerse de dictar abiertamente su voluntad, acceder _-_-_
~^^4^^ Latín America: The Struggle with Dependency and Beyond. Ed. by R. H. Chilcote and J. C. Edelsiein. N. Y. 1974, p. 27.
10 a concesiones y compromisos parciales y buscar las vías para imprimir carácter ``interamericano'' a sus acciones políticas y militares.Un importante elemento en la evolución de la estrategia de EE.UU. lo constituyó la elevación del papel de métodos nuevos en la política económica y en la penetración ideológica. Desde comienzos de la década del 60 los círculos políticos norteamericanos, dentro de los marcos de la "Alianza para el Progreso'', iniciaron un programa destinado a formar un sistema de nuevas ataduras económicas y sociales de la región a EE.UU.
Se prestó especial importancia a la penetración ideológica en América Latina, enfilándola en varias direcciones. Grandes esfuerzos fueron concentrados en la propaganda de las ideas del panamericanismo, que parten de la inevitabilidad de la dependencia respecto a EE.UU. Los teóricos norteamericanos y algunos investigadores latinoamericanos por ellos influenciados, procuraron sentar una especie de base científica a las ideas del panamericanismo, sosteniendo que la dependencia respecto a EE.UU. reviste carácter objetivo y emana de factores tales como la función del mecanismo de las relaciones comerciales y financieras internacionales, el fortalecimiento de las posiciones de las trasnacionales en América Latina y la ubicación de los .centros de decisión económica fuera de la región. Algunos economistas latinoamericanos que criticaron esta teoría señalaron que América Latina bien poco puede hacer para eliminar la dependencia mientras los países industrialmente desarrollados no modifiquen su actitud.
A medida que fue cambiando la situación en América Latina, la propaganda del panamericanismo también fue evolucionando considerablemente. Empezó a adquirir carácter más sutil, encubriéndose con el ropaje de nuevas doctrinas: `` interdependencia'', "fronteras ideológicas'', "igual trato'', etc. Sin embargo, a pesar de todas las diferencias en el carácter y la argumentación, estas doctrinas perseguían un solo fin: conservar la máxima dependencia de América Latina respecto a EE.UU.
Otra importante línea en la expansión ideológica estadounidense se orientó a la difusión en América Latina de teorías de desarrollo socioeconómico, acordes con los intereses estratégicos del capital monopolista de EE.UU. En este sentido se dieron pasos particularmente grandes a comienzos de la década del 60 cuando Estados Unidos promovieron la 11 teoría de la "regulación de la revolución pacífica" que propugnaba la realización por los círculos gobernantes de los países latinoamericanos, con la participación y bajo la dirección de EE.UU. de programas de reformas socieconómicas y políticas. Importante peculiaridad de la doctrina de la "revolución regulada" residía en que recopilaba en gran parte las ideas expuestas por representantes influyentes del reformismo burgués latinoamericano y, por lo tanto, podía en determinado grado aspirar al apoyo de los mismos. Las transformaciones propuestas, transformaciones a medias, de carácter burgués, perseguían el objetivo de frenar el empuje de la ola revolucionaria que había recibido potente impulso con el triunfo de la Revolución Cubana. Esas transformaciones encuadraban en forma cabal en la definición que V.I. Lenin dio a las reformas burguesas. "Toda reforma --- señaló Lenin--- sólo es una reforma en la medida (y no una medida reaccionaria, conservadora) en que significa cierto paso, cierta ``etapa'' hacia algo mejor. Pero toda reforma en la sociedad capitalista reviste doble carácter. La reforma es una concesión que hacen las clases gobernantes para contener, debilitar o apagar la lucha revolucionaria, para fraccionar la fuerza y las energías de las clases revolucionarias, enturbiar su conciencia, etc.''^^5^^.
Desde fines de la década del 60, en la expansión ideológica de EE.UU. se confiere importancia relevante a la propaganda del "modelo brasileño" de desarrollo, llamado a crear la ilusión de que es posible resolver los cardinales problemas económicos y sociales de América Latina por la vía del desarrollo capitalista dependiente, y a neutralizar la creciente aspiración de amplias capas de la sociedad latinoamericana a hallar una vía alternativa de desarrollo socieconómico que conduzca a la verdadera liberación económica y al progreso social. Con ese fin, la propaganda norteamericana se esfuerza en alabar los éxitos económicos de Brasil (en particular sus altos ritmos de crecimiento económico de fines de los años 60 y primera mitad de la década del 70), ocultando al mismo tiempo la brusca agravación de las dificultades y contradicciones económicas y sociopolíticas, tales como, por ejemplo, la acumulación de una enorme deuda externa, el incremento de la dependencia de la _-_-_
~^^5^^ V. I. Lenin. Cómo no hay que escribir las resoluciones. Obras Completas, 5a ed. en ruso, t. 15, p. 107. (En lo sucesivo: O. C., t,..., p....)
12 economía brasileña respecto al capital extranjero, la intensificación de la explotación a la que son sometidos los trabajadores, el ahondamiento de la desigualdad social en el país, etc.Lugar aún más grande ocupa en la acción ideológica del capital monopolista de EE.UU. la propaganda del anticomunismo. Esta va acompañada de una intensificación de la actividad anticomunista del aparato propagandístico oficial, de un creciente apoyo financiero a las medidas anticomunistas por parte de los monopolios estadounidenses y de la aplicación tanto de métodos y procedimientos encubiertos, como de campañas de mentiras y calumnias de lo más desenfrenadas y desembozadas. En las condiciones de la distensión internacional, con la ampliación de la colaboración de los países socialistas y los Estados latinoamericanos y la elevación del prestigio de los partidos comunistas, las posibilidades de avance de la propaganda anticomunista en América Latina, objetivamente, van reduciéndose. Sin embargo, el capital monopolista de EE.UU. no cesa en sus intentos anticomunistas, utilizando todos los canales posibles para la subversión ideológica.
Tales son algunas tendencias generales del desarrollo de las relaciones de EE.UU. con los países de América Latina en el período de posguerra.
El resultado lógico del avance de estas tendencias y, sobre todo, de la orientación de EE.UU. a afianzar la dependencia de la región e intensificar su explotación, fue el ahondamiento de múltiples contradicciones que a mediados de los años 70 abarcaron todo el sistema de las relaciones de Estados Unidos con América Latina.
El período de los años 60 y 70 se caracterizó por un potente ascenso de la lucha antimperialista en los Estados latinoamericanos. La agudización de las contradicciones entre los países de América Latina y EE.UU., el incremento de la lucha por poner coto al dominio del capital norteamericano, por debilitar su control político y militar, por reducir la cruel explotación de que hace víctimas a los pueblos latinoamericanos y por la realización de transformaciones socioeconómicas profundas fueron los rasgos más salientes en el desarrollo del movimiento liberador de la región. Esta lucha se extendió a las esferas principales de la vida social del continente. Los mayores esfuerzos se orientaron al logro de la independencia económica de los países de América Latina.
13La etapa actual de lucha de las naciones latinoamericanas por la independencia económica se distingue por una serie de particularidades. Una de ellas consiste en que la pugna en la esfera económica va adquiriendo carácter cada vez más antimperialista y se orienta principalmente a poner coto y liquidar el dominio de los monopolios de EE.UU. en una serie de ramas de la economía latinoamericana.
La etapa actual se distingue por el surgimiento de tareas nuevas y mucho más vastas, por haberse colocado en el orden del día la cuestión de desplazar el capital monopolista de varias e importantes posiciones económicas. En este sentido se dieron pasos de singular importancia con la implantación de la soberanía nacional sobre los recursos naturales, con la erradicación de monopolios extranjeros de las dos ramas fundamentales de la economía det continente: la industria minera y las plantaciones, y el establecimiento del control estatal sobre las mismas. Se trata, además, no sólo de tomar en manos propias la extracción de materias primas y la producción de productos agrícolas tropicales, sino también de la posibilidad de salir al mercado mundial, crear organismos nacionales que aseguren la comercialización de exportables y, sobre esta base, eliminar el control ejercido por los monopolios imperialistas. Algunos Estados latinoamericanos comenzaron a realizar de lleno esas tareas. Importantes medidas fueron llevadas a cabo por el Gobierno peruano, que nacionalizó las propiedades de las compañías petroleras y mineras estadounidenses más grandes. En Venezuela se redujo grandemente el papel del capital norteamericano en la industria extractiva, en particular, en la del petróleo y el mineral de hierro. Panamá, Guyana y otros Estados de América Latina aplican también una política activa tendiente a reforzar las posiciones del sector nacional de la economía.
Notable particularidad de la actual etapa de la lucha por la independencia económica la constituye la cohesión cada vez mayor de los Estados latinoamericanos, la búsqueda de nuevas formas de cooperación entre ellos para asegurar una mayor defensa de sus intereses económicos y políticos. En el curso de la brega común por coordinar acciones antimperialistas crecen el peso y la influencia en el continente de los Estados de orientación progresista. En la avanzada de las acciones colectivas de los países latinoamericanos aparecen Perú, Venezuela, Panamá, Ecuador, México. Al mismo tiempo cabe señalar que las contradicciones económicas con 14 los Estados capitalistas industrialmente desarrollados, en particular con EE.UU., han llegado a tal extremo que incluso fuerzas conservadoras, aliadas declaradas de Estados Unidos, se ven obligadas a apoyar las ideas de solidaridad entre los países latinoamericanos y sus acciones conjuntas.
Claro está que el modo de encarar el problema de la unidad de acción y la lucha contra el imperialismo dista mucho de ser uniforme en los diversos países latinoamericanos. Mientras el gobierno peruano se esfuerza por eliminar las bases de la dependencia y de la explotación imperialistas, Brasil, Uruguay, Guatemala y algunos otros países se limitan en lo esencial a obtener de EE.UU. y otras potencias imperialistas determinadas ventajas y concesiones económicas. No obstante, con todo ello, la tendencia a la unificación de los esfuerzos de los países latinoamericanos va adquiriendo carácter antimperialista cada vez más notorio y ejerce creciente influencia sobre el curso de la lucha por la independencia económica.
Los procesos señalados condujeron ya en la década del 60 a que se formaran en el continente organismos políticos y económicos latinoamericanos ---Comisión Especial de Coordinación Latinoamericana (CECLA), Grupo Andino, ARPEL y otros---, destinados a defender importantes intereses económicos y políticos de los países de la región.
A mediados de los años 70, en el desarrollo de la colaboración internacional en el continente surgieron nuevas tendencias que, por lo visto, dan motivo para hablar de una nueva fase en la evolución de la integración latinoamericana. Se trata de la aparición de organizaciones que hacen frente al dictado imperialista, en primer lugar de EE.UU. También fue notable hecho la rotura del bloqueo económico impuesto a Cuba y la incorporación activa del primer Estado socialista en América Latina al proceso de consolidación de la cooperación económica y política de los países del área. Ello se manifestó de manera especialmente clara en la creación del Sistema Económico Latinoamericano (SELA), fundado oficialmente a fines de 1975. Entraron a formar parte de esta organización todos los Estados independientes de América Latina, incluida Cuba socialista. A la vez, en el SELA no participan los EE.UU. Así se constituyó por primera vez en América Latina una organización regional libre de influencia directa estadounidense.
Peculiaridad característica de la etapa actual de la lucha 15 antimperialista de los pueblos latinoamericanos, especialmente de sus crecientes esfuerzos por afianzar su independencia económica es la consolidación de la unidad de acción por lograr una reorganización radical de las relaciones económicas internacionales.
Los esfuerzos de los países latinoamericanos en ese sentido obtuvieron hoy reconocimiento mundial. En el Programa de Ayuda Mutua y Solidaridad, aprobado en la Conferencia de ministros de Relaciones Exteriores de los países no alineados celebrada en Lima en agosto de 1975, por ejemplo, se señalaba que América Latina realiza considerable aporte a la lucha por un nuevo orden económico internacional y a las acciones de los países en desarrollo, que ya dieron sus frutos con la aprobación por la VI sesión especial de la Asamblea General de la ONU de un Programa de Acción y de la Carta de Derechos y Deberes Económicos de los Estados, propuesta por el ex presidente de México Luis Echeverría.
Por último, un rasgo característico de la etapa actual de la lucha antimperialista en el continente se expresa en mayores vínculos de América Latina con países socialistas. El incremento del comercio y el establecimiento de otras formas de relaciones económicas de los países latinoamericanos con los socialistas marcan un proceso señero. Implica poner fin al aislamiento económico del continente latinoamericano respecto de la comunidad socialista. Significa también que se va superando la orientación unilateral de las relaciones económicas de los Estados latinoamericanos hacia los países capitalistas industrialmente desarrollados (principalmente EE.UU.), lo cual crea condiciones favorables para avanzar exitosamente en la lucha contra el dominio por los monopolios imperialistas.
Los países miembros del CAME, por su parte, manifiestan disposición a desarrollar relaciones mutuamente ventajosas con América Latina. Los pasos que han dado en ese sentido (participación en la realización de proyectos de envergadura, disposición para conceder créditos de mucha monta, concertación de acuerdos comerciales que contemplan la posibilidad de exportar a los países socialistas no sólo productos tradicionales latinoamericanos, sino también artículos industriales) abren promisorias perspectivas para ampliar las relaciones económicas y comerciales con Perú, Argentina, México, Venezuela, Colombia y muchos otros países de la zona.
16 __*_*_*__La agudización de los conflictos y contradicciones entre EE.UU. y los países de América Latina y la tendencia a un cierto debilitamiento de las posiciones yanquis en el continente no significan en modo alguno una retirada del capital monopolista estadounidense en la región ni mucho menos una renuncia a la política del neocolonialismo. Los objetivos fundamentales de la política actual de EE.UU. en América Latina consisten en asegurar, haciendo algunos cambios en la base de sus relaciones con la región y la aplicación de formas y métodos neocolonialistas nuevos, que el continente siga como parte dependiente y explotada del capitalismo mundial.
Los tradicionales métodos de presión y chantaje político y económico, amenazas y empleo abierto de la fuerza siguen, como antes, formando parte del arsenal estadounidense. Estos métodos fueron aplicados sobradamente contra el Gobierno de la Unidad Popular en Chile. Al mismo tiempo, tomando en cuenta los grandes cambios producidos tanto en la situación internacional en general y en la situación concreta en el continente, los EE.UU. utilizan cada vez más la acción encubierta, la búsqueda de compromisos, de nuevas formas de explotación económica y de sistemas eficientes que aten la economía de los países latinoamericanos al mercado capitalista mundial.
Entre los elementos más importantes de la estrategia del capital monopolista, basada en la organización de una "nueva división internacional del trabajo'', figura el monopolio científico-técnico y el incremento de la dependencia tecnológica de América Latina respecto a los Estados capitalistas industrialmente desarrollados. La esencia de estos procesos se reduce a concentrar la producción, a distribuir y aplicar los conocimientos científico-técnicos en un reducido grupo de potencias imperialistas, a marginar los países en desarrollo de los procesos cardinales que hacen el progreso científico-técnico, a crear un nuevo sistema de división internacional capitalista del trabajo, en el que la desigualdad económica se manifiesta, ante todo, por el desnivel del potencial científico-técnico entre los dos grupos de países. En América Latina esta orientación del neocolonialismo económico se expresa en una forma mucho más amplia que en cualquier otra región del mundo.
__PRINTERS_P_17_COMMENT__ 2---659 17Las maniobras neocolonialistas del capital monopolista de EE.UU. encierran grave peligro para el movimiento liberador úe los pueblos latinoamericanos. Los países del continente pueden alcanzar la independencia económica y afianzar su independencia política sólo a través de tenaz lucha contra todas las artimañas de los neocolonialistas norteamericanos
[18] __ALPHA_LVL1__ PARTE I. EL CAPITAL MONOPOLISTA DE EE.UU.V.I. Lenin, en sus investigaciones teóricas, consagró lugar apreciable al análisis del carácter y las particularidades del imperialismo norteamericano, de su política económica en América Latina y de sus posiciones en esta región. Lenin prestó especial atención a la guerra de 1898 en el hemisferio occidental entre EE.UU. y España, calificándola de guerra imperialista^^1^^. Este conflicto bandidesco, que terminó con el avasallamiento de Cuba y Puerto Rico, marcó el comienzo de una nueva época en el desarrollo del capitalismo, la época imperialista.
Posteriormente, al estudiar las peculiaridades del imperialismo norteamericano, V.I. Lenin señalaba que Norteamérica "despoja a todos, y lo hace de modo muy original. No tiene colonias"^^2^^. En efecto, los EE.UU. formalmente no estaban vinculados con colonias y optaron desde hace mucho, acudiendo a resortes económicos, por crear un "imperio invisible'', cuyo núcleo pasó a ser América Latina.
Por razones específicas de su desarrollo histórico, sobre todo como consecuencia de su aparición tardía en el _-_-_
~^^1^^ Véase V. I. Lenin. El imperialismo, fase superior del capitalismo. O. C., t. 27, p. 409.
^^2^^ V. I. Lenin. lujarme acerca de las concesiones. Reunión del activo de la organización del PC(b)R de Moscú, 6 de diciembre de 1920. O. C., t. 42, p. 67.
19 escenario mundial, los EE.UU. no estuvieron en condiciones de formar un imperio colonial semejante a los que alcanzaron conquistar las potencias euroccidentales. Al mismo tiempo, ya a comienzos de la década del 90 del siglo pasado, los Estados Unidos consiguieron obtener la primacía en el mapa industrial del mundo, lo cual les proporcionaba medios económicos más poderosos de avasallamiento que los de otros países. No estará fuera de lugar añadir que los EE.UU. no sólo no sufrieron devastaciones durante dos conflictos bélicos mundiales, sino que salieron de ellos enriquecidos.``Los multimillonarios norteamericanos ---subrayaba V. I. Lenin en su Carta a los obreros norteamericanos al definir la situación de los monopolios estadounidenses durante la primera guerra mundial--- eran, probablemente, los más ricos de todos y los que se encontraban en la situación geográfica más segura. Se han enriquecido más que nadie; han convertido en tributarios suyos a todos los países, incluso a los más ricos; han reunido como fruto del pillaje centenares de miles de millones de dólares"^^3^^. Este enriquecimiento contribuyó al crecimiento posterior de su poderío y, al mismo tiempo, posibilitó su expansión económica al exterior. En la penetración de los monopolios norteamericanos en América Latina jugó un papel de primer orden la exportación de capitales. Esta es, según la definición de Lenin, "una de las bases económicas más esenciales del imperialismo"^^4^^. Precisamente gracias a la exportación de capitales los monopolios de EE.UU. lograron asegurarse el control sobre muchas ramas fundamentales de la economía de los países del continente.
Más de 60 años atrás V.I. Lenin ya había advertido en sus trabajos que el imperialismo se caracteriza no sólo por la existencia de dos grupos principales de países: los que poseen colonias y las colonias, sino también de una serie de formas intermedias de dependencia estatal. "El capital financiero ---escribía Lenin--- es una fuerza tan considerable, puede decirse tan decisiva, en todas las relaciones económicas e internacionales que es capaz de subordinar, y en efecto subordina, incluso a los Estados que gozan de la independencia política más completa...''^^5^^
_-_-_~^^3^^ V. I. Lenin. Carta a los obreros norteamericano!:. O. C., t. 37, p. 50.
~^^4^^ V. I. Lenin. El imperialismo, fase superior del capitalismo. O. C., t. 27, p. 397.
~^^5^^ Ibídem, p. 379.
20Los países latinoamericanos que conquistaron la independencia política ya a principios del siglo pasado, al convertirse en objeto de una amplia expansión política y económica por parte de la principal potencia imperialista, empezaron a perder paulatinamente su independencia en el campo económico. Principal arma de sometimiento, utilizada por los monopolios norteamericanos, fueron las inversiones de capital privado y, ante todo, las inversiones directas.
A fines del siglo pasado las inversiones de EE.UU. en América Latina se estimaban en 310 millones de dólares y estaban compuestas, en lo esencial, por inversiones directas en Cuba, México y Costa Rica. Los otros países de la región, sobre todo los de América del Sur, se hallaban en la esfera de influencia de los capitales de Inglaterra, así como de Francia y Alemania. Las inversiones de EE.UU. eran siete veces menores que las de Gran Bretaña y casi la. mitad de las de cada una de las otras dos potencias imperialistas.
El inicio de la época del imperialismo está relacionado con una acelerada intensificación de la expansión económica de EE.UU. en América Latina. A comienzos del siglo empezaron a penetrar en el continente monopolios norteamericanos como Swift, Armour y Wilson (industrias frigoríficas en Argentina, Uruguay y Brasil), Boston Fruit y United Fruit Co. (sector agrario en América Central), y otros. En 1914 el total de la inversión privada extranjera en América Latina se estimaba en 7.600 millones de dólares, correspondiendo a EE.UU. 1.400 millones (Inglaterra 3.600 millones, __PARAGRAPH_PAUSE__ Incremento de las inversiones de EE.UU. en América Latina (millones de dólares)^^6^^ Año inversiones directas De cartera Total 1879 308 _ 308 1914 1.281 367 1.648 1918 1.987 419 2.406 1929 3.519 1.725 5.244 1940 2.771 1.040 3.811 1945 2.999 1.259 4.258 1948 4.148 1.557 5.705 1960 8.365 4.100 12.465 1970 14.683 8.200 22.883 1976 23.536 _-_-_
^^6^^ K. F. Mikesell. Inversiones extranjeras en América Latina. Washington, 1956; Statistical ahstracl of Ihe United States, Washington, 1960--76; Survey of Curren! Business, 1977, Washington, p. 42.
21 __PARAGRAPH_CONT__ Francia 700 millones y Alemania 300 millones de dólares, etc.). Al desencadenarse la crisis económica capitalista mundial de 1929--1933, los EE.UU. habían ocupado ya el primer lugar en América Latina por el monto total de sus inversiones directas que ascendieron a 3.500 millones de dólares. Si bien al iniciarse la segunda guerra mundial las inversiones directas norteamericanas, cuyo monto se redujo un poco durante la década del 30 (totalizaban aproximadamente la misma suma que las de Gran Bretaña), las posiciones de EE.U U. eran rríás firmes.Por lo tanto, el capital yanqui, ya a comienzos de la segunda guerra mundial, afianzó sensiblemente sus posiciones y, al término de la misma, empezó a elaborar teorías para ``fundamentar'' la necesidad de seguir ensanchando su expansión.
Durante la segunda conflagración bélica se produjeron importantes cambios en la estructura económica de los países de América Latina, lo cual, a su vez, creó condiciones favorables para las exportaciones de capital extranjero, V.I. Lenin, al referirse a la exportación de capitales por los países en los que el capitalismo "pasó de maduro'', indicaba al mismo tiempo que "la posibilidad de la exportación de capitales la determina el hecho de que una serie de países atrasados han sido ya incorporados a la circulación del capitalismo mundial, han sido construidas las principales líneas ferroviarias o se ha iniciado su construcción, se han asegurado las condiciones elementales de desarrollo de la industria, etc.''^^7^^
A principios de 1978, las inversiones directas privadas de EE.UU. en América Latina se estimaban en 25.000 millones de dólares, lo que representaba las dos terceras partes de todas las inversiones directas privadas extranjeras en el continente. En América Latina se encuentra concentrada la quinta parte de todas las inversiones directas privadas estadounidenses y 60% de las colocadas por EE.UU. en los países en desarrollo^^8^^.
A modo de comparación, se puede señalar que la parte de todas las inversiones extranjeras, correspondientes a EE.UU., asciende a 57%, en Oriente Medio, 36% en Asia y 25'';', en África^^9^^. América Latina representa la zona del mundo _-_-_
~^^7^^ V. I. Lenin. El imperialismo, /ase superior del capitalismo O C t. 27, p. 360.
^^8^^ Véase Sitrvey of Current Business, 1977, August, p. 42.
^^9^^ Véase N. U. Las corporaciones multinacionales en el desarrollo mundial New York, 1973, p. 3.
22 en desarrollo con mayor ``densidad'' de inversiones norteamericanas.En las exportaciones de capitales estadounidenses a América Latina crece en la actualidad el porcentaje de las inversiones directas, es decir, las que van dirigidas directamente a las empresas que se encuentran en el exterior. Los monopolios estadounidenses prefieren instalar en los países del continente sus filiales y empresas subsidiarias, adquirir los paquetes de control de las compañías latinoamericanas y asegurarse el dominio parcial o completo en importantes esferas de la actividad económica.
Gus Hall, secretario general del Partido Comunista de EE.UU., al definir la estructura económica del imperialismo norteamericano contemporáneo, subrayó que los monopolios empezaron a elaborar gran parte de su producción industrial en las múltiples empresas que poseen fuera del país. La General Electric tiene, por ejemplo, empresas radicadas en más de 100 países. "En un número cada vez mayor de corporaciones --señaló Gus Hall-- la producción doméstica ocupa menos lugar que la de las empresas ubicadas en el extranjero"^^10^^.
No se puede dejar de anotar, apreciando las perspectivas históricas de la exportación de capitales, que la producción capitalista implantada desde afuera tiende a favorecer, en primer término, al país exportador. La producción local responde primordialmente a las necesidades del mercado interno, conformando una economía nacional capaz de promover el desarrollo económico. A diferencia de ello, la producción que en uno u otro país se desarrolla sobre una base foránea se oriente en lo esencial a proporcionar los mayores beneficios al capital proveniente del exterior. Por eso, el capital monopolista extranjeio afluía tradicionalmente, ante todo, a las ramas que proporcionaban materias primas de la minería, combustible, productos alimenticios y estaban orientadas al mercado externo, y sólo en parte ínfima a las industrias destinadas a satisfacer la demanda nacional.
__ALPHA_LVL3__ 2. PARTICULARIDADES DE LA ESTRUCTURALas principales inversiones de EE.UU., históricamente, se concentraron en las esferas He la producción material: _-_-_
~^^10^^ Gus Hall. Imperiaüsm Today. New York, 1972, pp. 66--67.
23 agricultura, industrias minera y petrolera, empresas de transporte y, parcialmente, en manufacturas. Empero, todas estas ramas estaban orientadas de una u otra manera, prácticamente, al mercado externo. Aunque revestían un carácter en lo esencial exportador, estaban vinculadas con el mercado externo también por la línea de las importaciones: adquisición de maquinarias, instalaciones, combustible, etc.En la posguerra, se produjeron cambios estructurales en la economía capitalista mundial que se manifestaron, en particular, en una intensificación de la producción industrial. En este período, especialmente entre 1960 y 1975, tuvo lugar un cambio considerable en la distribución de las inversiones directas privadas de EE.UU. en América Latina por ramas de la economía y se expresó, ante todo, en el hecho de que la industria manufacturera pasó a ocupar el primer lugar como esfera de aplicación del capital norteamericano.
Estructura de las inversiones directas de EE.UU. en América Latina, por sectores (%)^^11^^ Sectores 1929 1950 1960 1970 1973 Minería Petróleo Industria manufacturera Agricultura Transporte y servicios públicos Comercio Finanzas y otros 21,0 14,1 12,5 10,4 10,2 17,0 27,7 25,1 25,6 25,6 6,7 17,6 22,1 36,2 37,5 23,0 11,7 25,6 20,9 12,2 3,4 5,4 6,5 1 3 2.6Por otra parte, la anterior división de las actividades de los más grandes monopolios preferentemente por zonas geográficas es suplantada por el criterio que se atiene a la producción comercializada o a la exportación de materia prima. Precisamente en América Latina las corporaciones yanquis empezaron a aplicar esta práctica.
Si se aquilata el papel de las inversiones extranjeras en el financiamiento total de la economía latinoamericana en la década del 60, se puede apreciar que el mismo es relativamente bajo: 10%. Sin embargo, el significado real de la influencia económica de EE.UU. es mucho más elevado. Y ello se debe, en primer lugar, al hecho de que las inversiones _-_-_
~^^11^^ Cálculos basados en dalos extraídos de: Statistical Abstrae! of t/ie United States, 1950--1973; Survey of Curren! Business. Washington, 1950--1975.
24 estadounidenses se encuentran colocadas en las ramas fundamentales de la economía de América Latina.Los monopolios de EE.UU. en la agricultura de América Latina. Aunque la agricultura representa una de las esferas más antiguas de aplicación del capital norteamericano, en este sector, comparado con otros, las inversiones de EE.UU. no son de gran cuantía. Representan de 6 a 8% del total de las inversiones estadounidenses y, por lo general, en los informes estadísticos no figuran aparte, sino que se incluyen en el rubro ``otras inversiones''. El reducido papel de este sector se debe a que, históricamente, la agricultura de la región, gracias a las favorables condiciones climáticas y los salarios sumamente bajos de los peones que aseguraban ínfimos costos de producción y elevadas ganancias, se fue desarrollando como una rama extensiva de la economía. La situación cambió muy poco incluso con el avance de la revolución científico-técnica.
Gran parte de las inversiones norteamericanas en el agro se encuentran colocadas en las plantaciones. Desde hace mucho se concentraron en el cultivo de bananos en América Central y en la producción de azúcar en los países del Caribe. Es sintomática la distribución de los capitales estadounidenses en la agricultura de los países de América Latina: están invertidos en las ramas que no compiten con la producción norteamericana. En lo esencial, están radicados en la producción de cultivos tropicales. Por lo tanto, la esfera de aplicación del capital norteamericano en el sector agrario de América Latina constituye una especie de complemento a la agricultura de EE.UU.
El significado de las inversiones estadounidenses en la agricultura está determinado por el hecho de que el sector agrario constituye la base de la economía de muchos países latinoamericanos. Los ingresos de divisas, producidos por las exportaciones agrícolas, fijan las posibilidades del ahorro y sirven como fuente principal de pago en las adquisiciones de maquinarias e instalaciones en el mercado externo, es decir, condicionan los ritmos de la industrialización y, en grado considerable, la situación de las cuentas corrientes con el exterior. Hay que señalar, además, que, a diferencia de la industria, en la agricultura casi no existen grandes empresas estatales (hay solamente tierras que no se cultivan, pertenecientes al Estado). Ello significa que el capital extranjero no encuentra aquí adversarios económicos y políticos o 25 competidores serios. Especialmente grande es el significado de las inversiones de EE.UU. en los países de América Central y del Caribe, para los que la agricultura sigue siendo la base de sus economías. Por otra parte, en América Latina están concentradas las inversiones más grandes realizadas por EE.UU. en la agricultura del exterior. Los activos de las compañías agrícolas, controladas por EE.UU. en América Latina, figuran entre los de mayor cuantía en el mundo.
La existencia de plantaciones pertenecientes a los monopolios norteamericanos constituye un obstáculo al desarrollo de las fuerzas productivas del agro latinoamericano. El empleo por el capital extranjero de maquinarias modernas y nuevos métodos de cultivo en sus plantaciones hace que los insumos de trabajo por unidad de producción sean aquí mucho más bajos que en las propiedades de los campesinos pequeños y medios. Mientras tanto, los precios del mercado capitalista mundial, con el desarrollo de las plantaciones, fueron orientándose a los insumos de las empresas capitalistas. En consecuencia, los propietarios pequeños e, incluso, medios, al vender sus productos, no consiguen compensar los gastos reales de su trabajo. Con el avance de la revolución científico-técnica la brecha entre el rendimiento en las plantaciones de los productores pequeños y medios va creciendo y, junto a ello, aumenta la incapacidad de éstos de resistir la competencia.
La penetración del capital yanqui en el sector agrario operó en diversas formas y, ante todo, a través de la compra directa de tierras. Monopolios estadounidenses como la United Fruit Co., Standard Fruit and Steamship, Astral y otros se apoderaron de centenares de miles de hectáreas, por lo general, de las tierras más fértiles. Estas compañías establecieron en América Latina las más grandes plantaciones del mundo, en las que emplean la fuerza de trabajo barata de decenas de miles de peones latinoamericanos.
Pese a que la United Fruit se vio obligada en el período posbélico a vender parte de sus tierras, sigue siendo hasta el presente la compañía norteamericana agrícola más grande de la región. Las dimensiones exactas de sus propiedades son imposibles de precisar, por cuanto muchas de ellas están inscritas a nombre de dueños ficticios. Este monopolio con sede en Boston fue constituido ya en 1899 y, desde entonces, se dedica a la producción de banana (65°„ del total de las ventas), caña de azúcar, cacao, abacá y otros cultivos 26 tropicales, así como a la cría de ganado mayor. A fin de encubrir sus actividades, que eran muy resistidas, en 1970 la United Fruit se fusionó con la ACMÉ Corporation, fundada en 1928. Así surgió un nuevo monopolio, la United Brands, con sede en Nueva York, pasando la United Fruit a ser una de sus filiales. Las cuentas de la United Fruit fueron englobadas a las del nuevo monopolio, lo cual dificulta las posibilidades de determinar la envergadura de sus operaciones en América Latina.
La segunda compañía agrícola más grande es la Standard Fruit and Steamship, fundada en 1926. Junto con sus filiales posee en Honduras, Guatemala, Costa Rica y Nicaragua enormes extensiones de tierras, vías férreas y caminos, ganados, etc. El paquete de control de las acciones de esta compañía pasó en 1968 al monopolio norteamericano Castle and Cooke Inc., fundado en 1894, con sede en Honolulú (Islas Hawai). Desde entonces todas las cuentas se incluyen en forma global en el balance del nuevo monopolio, lo que permite a la Standard Fruit encubrir el verdadero alcance de sus actividades en América Latina.
Los monopolios de EE.UU. aparecen entre los principales poseedores de tierras no sólo en los países más chicos del continente, sino también en los más grandes. En México, a pesar de la reforma agraria realizada ya en 1910--1917, las compañías norteamericanas son propietarias directas o indirectas de tierras en muchas zonas del país, incluso poseen o arriendan tierras ejidales. Tienen extensas propiedades ganaderas o agrícolas en Argentina, especialmente en las provincias de Mendoza, Buenos Aires y Santa Fe, ejerciendo su dominio a través de testaferros o sociedades anónimas con rótulos argentinos. Las compañías yanquis son dueñas de grandes posesiones también en Brasil.
Mientras esas compañías acaparan enormes predios, decenas de miles de familias campesinas carecen de tierra. Por ejemplo, 75% de la población rural de Honduras no tiene parcelas propias y se ve obligada a trabajar en las plantaciones pertenecientes a dueños locales o extranjeros.
El poderío de los monopolios estadounidenses reside no sólo en la posesión de grandes extensiones de tierras, sino también en la concentración en sus manos de la industrialización de la materia prima agrícola, así como la comercialización en el mercado interno, el transporte y la exportación del producto. La United Brands actúa en América 27 Latina a través de una amplia red de filiales que suman más de 160 empresas (agrícolas, industriales, energéticas, de transporte, comercio y otras).
No sólo las compañías agrícolas estadounidenses figuran entre los más grandes propietarios de tierras en América Latina, sino también las industriales. Grandes plantaciones caucheras, especialmente en América Central, se encuentran, por ejemplo, en manos de cuatro monopolios de EE.UU. que dominan en la industria del caucho: Goodyear Tire and Rubber Co., Firestone Tire and Rubber Co., United States Rubber y Goodrich Co. Superficies extensas se encuentran en poder de empresas elaboradoras de papel, ante todo, de la International Paper. Muchos parajes boscosos, debido a la explotación rapaz de los recursos forestales, se convirtieron en sabanas.
Es grande la influencia ejercida por las compañías industriales de EE.UU. que colocan su producción en el sector agrario. Por ejemplo, los monopolios International Harvester, Ford, General Motors y otros, a los que los campesinos compran máquinas y aperos de labranza, regulan a través de sus operaciones comerciales y política de precios la producción agrícola. La influencia de los monopolios norteamericanos deriva también del hecho de que éstos se adueñaron de la comercialización de lo que producen las explotaciones agrícolas locales, especialmente las pequeñas. Estas, al no tener posibilidades de salida al mercado externo, dependen totalmente de las empresas exportadoras que establecen la calidad del banano y, por lo tanto, el precio del mismo. Con frecuencia el fruto del trabajo de miles de campesinos es adquirido a precios irrisorios.
Las compañías estadounidenses obstaculizan por todos los medios la creación de empresas nacionales de comercialización y transporte. A tal objeto utilizan sus tradicionales vínculos comerciales y la presión directa. Los grupos locales de productores de banano, que unificaban sus esfuerzos para fletar barcos refrigeradores sin acudir a las empresas norteamericanas, por lo general fracasaban en sus intentos. Cuando tales intentos llegaban a conocimiento de los agentes de los monopolios, éstos acudían a la ayuda de las autoridades portuarias de las ciudades de destino que retenían el buque en la rada durante varios días hasta que el fruto se deterioraba, causando grandes pérdidas a los productores.
La penetración del capital yanqui en el sector agrario 28 de América Latina no sólo deformó la producción en el mismo, sino que repercutió negativamente también en el proceso de industrialización. Los monopolios de EE.UU. frenaron el cultivo de las plantas industriales y el desarrollo de los tipos de materia prima agrícola indispensables para la industria local. Por otra parte, al adueñarse de grandes extensiones de tierras en las que pueden haber yacimientos de minerales útiles, las compañías norteamericanas obstaculizan los trabajos de prospección y el desarrollo de la industria extractiva nacional.
Los monopolios de EE.UU. en la industria extractiva. Los Estados Unidos, aunque poseen enormes recursos minerales y una industria minera desarrollada, manifiestan al mismo tiempo sumo interés por las reservas de combustibles y materias primas de otros países. Ocupando el primer lugar en el mundo capitalista por el volumen de su producción industrial y de consumo de los más diversos recursos naturales, EE.UU. satisfacen totalmente su demanda por cuenta de su propia industria extractiva, sin embargo, sólo en unos cuantos rubros (carbón, magnesio, molibdeno, fosfatos). Parte considerable, a veces la más grande de la demanda interna de muchas variedades de materias primas, es cubierta por las importaciones.
América Latina desde antaño atraía al capital estadounidense como fuente importante de materia prima variada y barata para la industria^^12^^.
Estos valiosos recursos iban principalmente al mercado de EE.UU., proporcionando a sus compañías doble ventaja: en primer lugar, al abastecer a la industria y a la energética estadounidenses con las materias primas necesarias y, en segundo lugar, al permitirles comercializar una producción de bajo costo. Esto último resultaba posible, en gran parte, gracias a la proximidad geográfica entre América Latina y EE.UU., lo que permitía economizar en el transporte de cargas pesadas.
Aunque las primeras grandes inversiones de EE.UU. en _-_-_
^^12^^ En 1975 correspondían a América Latina el 98'',, de los recursos mundiales (en los marcos del sistema capitalista) de salitre, el 69% de niobio, el 47'',, de berilio, el 39'',, de plata, el 38'',, de antimonio, el 37'',, de cobre, el 25'',, de estaño, el 24'',, de azufre y molibdeno. el 23'',, de bauxita, el 22% de mineral de hierro, el 21'',, de grafito, el 18'',, de fluorita, el 15'',, de manganeso y alrededor del 10'',, de cinc, plomo, níquel, wolframio, barita, mercurio, platino y tantalio.
29 América Latina se hallaban vinculadas a la producción de alimentos y materia prima para la industria ligera, más exactamente a la de azúcar, café, bananas y algodón, ya a comienzos de siglo, las inversiones realizadas en la industria extractiva comenzaron a superar el capital invertido en las plantaciones agrarias. Entre 1929 y 1955 la participación de las inversiones colocadas en el sector agrario se redujo de 23% del total de las inversiones de EE.UU. en América Latina a 9%, mientras que la parte de las realizadas en la industria de extracción aumentó de 27 a 43%. En grado mayor incrementaron las inversiones en la industria del petróleo. Durante las décadas del 50 y el 60 la extracción de minerales y petróleo constituyó la esfera principal de aplicación del capital norteamericano.Después de que en enero de 1976 la industria petrolera de Venezuela pasara a manos del Estado (anteriormente fue nacionalizada la extracción de mineral de hierro y de gas), y a raíz de la relativa reducción de la esfera de actividades del capital estadounidense en la industria minera de algunas nuevas naciones independizadas del Caribe, las posiciones de las compañias norteamericanas en estas ramas fueron debilitándose.
Sin embargo, más adelante la situación cambió notoriamente. El rápido incremento de la producción manufacturera hizo crecer la demanda de minerales y combustible. Aumenta el coeficiente de importación de EE.UU. en los rubros de petróleo, mineral de hierro, bauxita y cinc.
Con la crisis mundial de productos primarios y energética se eleva la importancia para Estados Unidos de los recursos naturales de América Latina, especialmente de los hidrocarburos líquidos. Una serie de compañías petroleras y mineras norteamericanas han intensificado los trabajos de prospección en los países del continente. A su vez, los círculos gobernantes de las repúblicas latinoamericanas atenúan las restricciones impuestas por las leyes sobre control nacional de los recursos naturales y procuran atraer al capital extranjero a las actividades de prospección y explotación de las riquezas de materias primas y combustibles.
El interés del capital estadounidense por los países latinoamericanos se debe también al hecho de que los monopolios petroleros de EE.UU., en momentos en que crece la influencia de la OPEP, empezaron a prestar especial atención a las zonas petrolíferas no controladas por esta organización.
Es importante señalar que el interés de los monopolios 30 de Estados Unidos por los recursos minerales de los países del continente se debe también en gran parte a que EE.UU. quieren reservar sus propios recursos, especialmente ante la posibilidad de una ulterior agudización de las crisis energética y de materias primas.
La alta rentabilidad de la industria extractiva de los países de América Latina explica los motivos que la hacen tan codiciable. Una de las causas de su bajo costo de producción reside en que la renta establecida en la mayoría de las repúblicas del área es escasa. Por ejemplo, la renta minera en Brasil, país que posee riquísimas reservas de materia prima, asciende sólo a un tercio de la establecida, en término medio, en el mundo capitalista y sólo a 4'',, de la renta minera de Estados Unidos^^13^^. Más grande aún es la diferencia si se considera algunos países de América Central y del Caribe.
Los costos relativamente bajos de la producción se deben también a que en las ramas de extracción de producios primarios y de combustible se emplea, como regla, la fuerza de trabajo menos calificada y remunerada, a excepción de algunos sectores de la clase obrera ocupados en la rama del petróleo y en la extracción de minerales raros.
La nacionalización del petróleo debilitó, pero no socavó las posiciones de los monopolios de EE.UU. en esta rama de la industria de la región. Pese a las medidas tomadas por el Gobierno ecuatoriano, tendientes a limitar la actividad de las empresas petrolíferas extranjeras (después de haber sido descubiertos grandes yacimientos de petróleo, su producción alcanzó, en 1974, a 10 millones de toneladas), éstas siguen ocupando lugar preponderante en la rama, controlan las tres cuartas partes de la producción de petróleo, mientras que la Compañía Estatal Petrolera de Ecuador (CEPE) produce sólo un 25'';', del total^^14^^. En Perú, después de la nacionalización en 1968 de la International Petroleum, el grupo de Rockefeller, no obstante, sigue ejerciendo gran influencia.
Los monopolios manifiestan sumo interés por las riquezas petrolíferas de Bolivia. Después del golpe de Estado de Banzer en agosto de 1971, retornó al país la tristemente célebre GuirOil para actuar bajo el rótulo de Union Oil Company of Bolivia. En marzo de 1973 fue suscrito un ``contrato de _-_-_
^^13^^ Véase Minería, metalurgia, 1973, N 337, p. 28.
^^14^^ Véase Mining Animal Revien; 1975. London, p. 345.
31 operaciones" que empezó a ser puesto en ejecución.El capital de EE.UU. se interesa también por los recursos petrolíferos de los países de América Central. La Texaco, a través de su subsidiaria Panamá Exploration, consiguió un contrato para prospección y extracción de petróleo sobre una superficie de 4.500.000 de hectáreas en la costa caribeña de Panamá^^15^^.
El la economía moderna adquiere gran importancia la extracción de metales no ferrosos y raros.
La Anaconda Co., el monopolio más poderoso de producción de cobre en el mundo capitalista, controla el 40% de las reservas descubiertas y el 12% de la producción de cobre de los países capitalistas. Explota no sólo una serie de importantes minas de este metal, sino que domina también en la extracción de minerales polimetálicos en México y de bauxita en Jamaica. En Argentina y Brasil posee grandes empresas subsidiarias de comercialización.
La Aluminum Company of America (ALCOA), segunda en importancia empresa monopolista productora de aluminio, elabora el 20% del total fabricado en los países capitalistas y el 35% del de Estados Unidos. Mantiene estrechos vínculos con el trust más grande, ALCAN Aluminum, que participa con un 21% en la producción mundial capitalista de ese metal y con un 90% en la de Canadá. ALCOA tiene explotaciones en los principales países de América Latina productores de bauxita: Jamaica, Guyana, República Dominicana, Brasil, y posee en algunos de ellos (Jamaica y Brasil) grandes plantas de fundición. Cabe señalar que la mayor parte de la bauxita va a parar a las plantas de aluminio que se encuentran en Estados Unidos.
La dominación del capital extranjero en una serie de importantes ramas de la industria extractiva de América Latina afecta enormemente el desarrollo industrial de los países de la región, privándolos de valiosos productos primarios. Conforme a una ``tradición'' establecida desde hace mucho y la que los trusts petroleros norteamericanos quisieran perpetuar, la producción del sector extractivo no se encuadra en los planes de desarrollo industrial del país dado. Los monopolios, partiendo exclusivamente de sus propios intereses comerciales, extraen tanto cuanto consideran necesario, realizan o no trabajos de prospección según su albedrío y, con _-_-_
~^^15^^ Véase Petroleum Economist, London, 1975, N 4, p. 155.
32 frecuencia, tratan de no construir plantas de transformación locales. Explotando los recursos minerales, se apoderan de los territorios más valiosos y de mayores perspectivas. La exportación no regulada de la producción minera perjudica no sólo al país en cuestión, sino también a la integración regional.Las compañías extranjeras obstruyen la realización de trabajos de prospección intensiva, prefiriendo explotar únicamente las reservas que se encuentran a poca profundidad y no requieren inversiones costosas. Principalmente les interesa la producción primaria, destinada a la exportación, que puede ser utilizada en las empresas industriales estadounidenses.
Como resultado de la dominación del capital extranjero en la industria extractiva, los países de la región no lograron hasta ahora resolver el problema del abastecimiento de sus industrias y de su energética con materia prima mineral y combustible propios. Hasta el presente siguen siendo importantes compradores de estos productos, lo cual repercute seriamente en sus economías, especialmente en condiciones de la crisis energética y de materias primas.
La expansión norteamericana en la industria extractiva de los países de América Latina convirtió esta rama en escenario de una cruenta pugna entre los monopolios extranjeros y el capital nacional. La lucha por el control sobre los recursos naturales propios se ha transformado en una de las principales consignas del movimiento liberador contemporáneo en el continente.
Los monopolios de EE.UU. en industria manufacturera. Una serie de premisas objetivas contribuyeron a acentuar el interés de los monopolios estadounidenses por la industria manufacturera de la región. Entre ellas se pueden mencionar cierta ampliación, después de la segunda guerra mundial, del mercado interno con el correspondiente incremento de la demanda real, una determinada intensificación del proceso de acumulación en base a las reservas de divisas ahorradas en el período de la guerra, todo lo cual abría mayores posibilidades para la actividad empresarial, así como determinada elevación del nivel de capacitación de la fuerza de trabajo.
Una de las características peculiares de las inversiones norteamericanas en la industria manufacturera de la región es su concentración principalmente en las nuevas ramas, las más dinámicas, que se distinguen por rendir altas tasas de __PRINTERS_P_33_COMMENT__ 3---659 33 ganancías. En lo esencial, estas nuevas industrias dinámicas requieren considerables inversiones. Por eso aquí se observa una peculiar correlación de fuerzas: las empresas más grandes se concentran en manos de los monopolios extranjeros o bien del sector estatal latinoamericano. En calidad de ejemplos se puede citar la metalurgia ferrosa y no ferrosa, la petroquímica y la rama de construcciones navales.
En la industria manufacturera ocupan considerable lugar las empresas que continúan el ciclo productivo de las compañías de la rama extractiva. Muchas plantas estadounidenses de la metalurgia no ferrosa funden la materia prima obtenida de las explotaciones mineras que les pertenecen.
En las manufacturas, el capital extranjero centró su atención en el desarrollo de las ramas mas rentables y que permiten recobrar más pronto los capitales invertidos. Incluso en la construcción de maquinaria se dio preferencia a la producción de artículos de consumo, más exactamente, a los de uso duradero.
Al mismo tiempo, el capital yanqui penetra activamente en los últimos años también en las ramas que elaboran medios de producción con el objeto de afianzar sus posiciones en la industria manufacturera de los principales países del continente. Los monopolios extranjeros, fundamentalmente los de EE.UU., se esfuerzan cada vez más por apoderarse de los puestos de mando en las ramas modernas y técnicamente más avanzadas. Los expertos de la CEPAL estiman que el capital extranjero controla en los tres países más grandes de la región ---Argentina, Brasil y México--- del 50 al 75% de la producción en las llamadas industrias dinámicas^^16^^.
La industria latinoamericana se encuentra en proceso de formación y, al mismo tiempo, tiene que enfrentarse a un problema tan grave como el de la subutilización de la capacidad instalada. Inclusive en los países más grandes del área no trabajan a plena capacidad empresas modernas en industrias como la de construcciones mecánicas, naviera, construcción de máquinas herramienta y electrotécnica. De 20 complejos metalúrgicos que funcionaban en América Latina a comienzos de los setenta, 9 utilizaban la capacidad instalada en menos del 50%. Una de las causas de semejante situación deriva de la aguda competencia en el mercado interno por _-_-_
~^^16^^ Véase Comercio exterior, 1974, N 5, p. 443.
34 parte de las subsidiarias de los monopolios estadounidenses. Como señalaban los expertos de la CEPAL, la inversión directa, ya sea independiente o asociada con las empresas nacionales, aunque representa un aporte de capital y tecnología, crea una competencia excesivamente grave para los inversionistas locales, que son paulatinamente desplazados de la actividad industrial más promisoria en el plano financiero. Por lo tanto, el aporte primario de capital suele limitar bruscamente las posibilidades futuras para la acumulación de capitales por el empresariado nacional^^17^^.Como resultado de la penetración del capital extranjero en la industria manufacturera de los países latinoamericanos, las filiales y subsidiarias de los monopolios en esta rama se transfoi man en grandes, a veces en los más importantes, compradores de maquinaria e instalaciones en el mercado exterior. El grueso de sus adquisiciones, en este caso, lo adquieren en sus casas matrices, quedando así al margen del intercambio global latinoamericano. El incremento de semejante ``comercio interno" entre las subsidiarias de los monopolios y sus casas matrices debilita el control nacional sobre las importaciones de maquinaria e instalaciones, que representan uno de los rubros más importantes del comercio exterior de cualquier Estado.
La irrupción de los monopolios de EE.UU. en la rama manufacturera de América Latina condujo a una brusca agudización de las contradicciones de carácter interno y externo, engendró un modelo deformado de industrialización. La expansión del capital estadounidense en esta esfera tuvo como consecuencia la marginación de las empresas nacionales y el empeoramiento de su situación económica. En especial fueron afectadas las empresas pequeñas y medianas, parte de las cuales quedaron condenadas a la ruina. El hecho de que los monopolios de EE.UU. se transformaron en elemento consustancial de la estructura industrial de los países de América Latina muestra que las contradicciones internas y externas se han entrelazado estrechamente. El antagonismo entre la burguesía nacional y el capital norteamericano en esta rama adquiere cada vez más carácter de contradicción interna.
Los monopolios de EE.UU. en las ramas de la
_-_-_
~^^17^^ Véase Economic Buüetin for Latín America, New York, vol. XVI,
1969, N 2.
Las empresas norteamericanas en un comienzo invertían grandes recursos en obras de infraestructura por cuanto esta esfera en América Latina se había desarrollado muy poco. Más adelante, a medida que las economías de los países latinoamericanos iban creciendo, el peso principal en el financiamiento de las obras que requerían inversiones mayores y reportaban escasas utilidades recayó sobre los presupuestos nacionales de la región.
Actualmente resulta en gran parte desventajoso crear una infraestructura en base a la propiedad capitalista privada y, por eso, los monopolios cargan sobre el Estado el mantenimiento de las esferas menos rentables de la economía y en las que el capital invertido se recobra con lentitud. No es casual que en los programas de largo plazo de muchos países latinoamericanos las inversiones en obras de infraestructura ocupen un lugar preponderante.
El hecho de que la mayoría de los elementos básicos de la infraestructura requiere grandes gastos y no proporciona inmediatas y suculentas ganancias explica la actitud relativamente ``serena'' del capital monopolista de Estados Unidos frente a la nacionalización de unas u otras empresas en este sector. Más aún, el capital extranjero, incluso, se esfuerza a veces en ceder este tipo de propiedad, a cambio de la consiguiente compensación, a los gobiernos latinoamericanos. Una serie de empresas de energía pasó en el período posbélico de manos de los monopolios norteamericanos bajo control nacional. En los años 60 fue nacionalizada la 36 enereética en México. Una ley dictada el 13 de setiembre de 1972 implantó el control estatal sobre esta rama también en Perú.
En algunos casos, los mismos monopolios estadounidenses, tomando en cuenta la nueva distribución de fuerzas en la región, venden las propiedades que poseen en las ramas de la infraestructura. Un ejemplo lo da la American and Foreign Power Co. que entra en la esfera de influencia del grupo financiero Morgan. En la primera década de posguerra este monopolio tenía grandes plantas eléctricas casi en todos los países de América Latina, pero en 1960--1970 vendió casi todos sus activos en México, Brasil, Costa Rica y algunos otros países, lo cual debilitó notablemente el control que ejercía sobre la rama electroenergética. La nacionalización de la propiedad norteamericana cambió considerablemente no sólo la correlación entre el capital estadounidense y el nacional, sino también entre la propiedad privada y la estatal.
Las compañías estadounidenses desempeñan un papel sumamente grande en la navegación (el transporte de más del 90% de las cargas del comercio exterior de América Latina se efectúa por vía marítima). Los monopolios de Estados Unidos poseen grandes empresas navieras que actúan en muchas líneas internacionales, incluso en las que enlazan entre sí a los propios países latinoamericanos. Por otra parte, muchos de los buques que navegan bajo bandera de las repúblicas de América Latina en realidad pertenecen a Estados Unidos. Las compañías yanquis petroleras, bananeras, de la industria frigorífica y otras disponen de buques especializados. La United Brands posee flota propia que incluye buques frigoríficos, tiene su propio servicio de transporte terrestre y aéreo.
Los monopolios estadounidenses ocupan fuertes posiciones en el comercio interno de los países latinoamericanos, especialmente en el mayorista. Muchas empresas comerciales, desde gasolineras hasta modernos supermercados, pertenecen al capital de EE.UU. A pesar de que en la mayoría de los países productores de petróleo de la región existen empresas estatales petroleras, la red de suministro del combustible sigue en manos del capital extranjero, norteamericano en lo esencial. Baste recordar que los monopolios del petróleo representan en sí complejos de producción y venía totalmente integrados. Inclusive la nacionalización de la propiedad de uno u otro concesionario pone bajo control nacional sólo los primeros eslabones de toda la red vinculada con la 37 industria petrolera, quedando las refinerías y la venta al consumidor en manos de los monopolios
Las posiciones económicas de' fas monopolios de EE.UU. en el comercio exterior de los países de América Latina. El comercio exterior, en esencia, fue la primera esfera que atrajo los intereses norteamericanos. Precisamente el deseo de asegurarse la producción de materia prima y alimentaria barata de América Latina encendió el interés de los monopolios de Estados Unidos por el comercio de exportación e importación con los países de la región.
El afán de los consorcios estadounidenses por exportar más a los países del continente, estableciendo a la vez tarifas aduaneras y cuotas proteccionistas de su mercado interno, condujo a un balance desfavorable para muchos Estados de la región en su comercio con EE.UU.
Al analizar las posiciones del capital norteamericano en el comercio exterior de los países de América Latina es necesario tener en cuenta esta importante circunstancia: la profundización de la división internacional capitalista del trabajo encuentra su expresión en el carácter complejo de muchas operaciones económicas internacionales, condicionado por la ampliación del intercambio directo entre empresas concretas; en el incremento del intercambio interno entre las filiales y sus casas matrices. Mientras que 10 ó 20 años atrás el comercio exterior entre EE.UU. y América Latina se expresaba esencialmente en un acto limitado de compra-venta de uno u otro producto, hoy día la concertación de un contrato representa con frecuencia sólo el inicio de un conjunto de amplios vínculos económicos entre las casas matrices y las compañías subsidiarias, entre proveedores y clientes, comenzando por el proyecto y la elaboración tecnológica y terminando con la instalación, el ajuste, la prueba y puesta en funcionamiento del equipo y de su mantenimiento técnico. En consecuencia, los índices cuantitativos del intercambio exterior resultan de hecho mucho más bajos que los del intercambio real.
Las posiciones de los monopolios de EE.UU. en el comercio exterior de América Latina son determinadas no sólo y no tanto por la participación de Estados Unidos en las exportaciones y en las importaciones de los países de la región, cuanto por el papel que su capital juega en las organizaciones de comercio exterior de estos países.
Analizando la estructura del comercio exportador de 38 las repúblicas latinoamericanas, se puede advertir que las subsidiarias de los monopolios estadounidenses ocuparon posiciones importantes o incluso decisivas en las exportaciones de productos tan esenciales como café, metales no ferrosos, algodón, cueros, etc. En las exportaciones de petróleo, que cobran primordial relieve con el avance de la crisis energética, monopolios como la Exxon, que actúa en muchos países productores de petróleo de la región, Mobil Oil, Texas y otros tienen enorme peso merced a sus empresas exportadoras subsidiarias.
El café ocupa el segundo lugar, después del petróleo, en la estructura de las exportaciones de América Latina. Entre las compañías exportadoras de café más grandes que operan en la región, incluidos países como Brasil y Colombia (principales exportadores del producto), figuran las subsidiarias de monopolios estadounidenses como Anderson, Clayton and Co.; American Coffe; Folckart Brothers, y León Israel and Brothers. El control que ejercen, reforzado por la posesión de plantaciones propias de café, se extiende también a la bolsa comercial de Santos (Brasil), permitiéndoles, en esencia, determinar las condiciones del comercio exportador de café.
Las subsidiarias de los monopolios estadounidenses que operan en la industria manufacturera de los países latinoamericanos también empezaron a participar activamente en los negocios de exportación. General Motors, Ford, Chrysler, General Electric, IBM y otras exportan automóviles, aparatos eléctricos, instalaciones para oficinas, etc., en nombre de los países latinoamericanos.
Algunas fuentes estimaban las exportaciones de las subsidiarias norteamericanas que operan en América Latina en 4.500 millones de dólares a mediados de la década del 60, lo cual representaba 35% de todas las exportaciones latinoamericanas.
Muchas compañías exportadoras de los países de la región pertenecen a monopolios yanquis o son controladas por éstos. Constituyen un sector aparte del comercio exterior y desarrollan sus actividades según directivas del capital monopolista de EE.UU. Estas compañías sostienen una lucha continua por las cuotas comerciales, licencias, asignaciones de divisas y, en definitiva, determinan la orientación geográfica del comercio exportador de América Latina. Los principales bancos comerciales de Estados Unidos, ante todo los 39 neoyorquinos, participan activamente en el financiamiento de las operaciones de estas firmas.
Las compañías estadounidenses que actúan en las ramas extractiva y manufacturera de los países de la región necesitan instalaciones, materia prima, combustible, repuestos y bloques importados y se cuentan entre los importadores principales en los países latinoamericanos.
Además, en América Latina operan numerosas sucursales comerciales de los monopolios norteamericanos radicados en Estados Unidos, pero que exportan sus productos a los países de la región. Los monopolios que dominan en la construcción de maquinaria, en la industria electrotécnica, en la construcción de tractores, en la química y otras tienen en América Latina compañías comerciales especializadas.
Mientras que las firmas nacionales de la industria y el comercio y, en primer lugar, las compañías estatales tienden a orientarse hacia otros mercados, las subsidiarias de los monopolios de Estados Unidos actúan en el sentido de perpetuar la dependencia de América Latina respecto al mercado ``tradicional'' de EE.UU. Las operaciones entre las subsidiarias estadounidenses y sus casas matrices empezaron a ocupar lugar cada vez mayor en todo el comercio exterior. Lo expuesto explica en gran parte el hecho de que, a pesar de los grandes esfuerzos que los países latinoamericanos realizan para cambiar la geografía de su intercambio comercial, no se hayan alcanzado resultados reales de consideración.
El papel del capital de EE.UU. en el sistema bancario y financiero de los países de América Latina. Una de las premisas más importantes para la expansión económica de los monopolios de Estados Unidos radica en el incremento extraordinario de la actividad de los bancos que crea favorables condiciones para el funcionamiento de sus empresas en el exterior. V. I. Lenin indicaba que ``nuestro concepto de la fuerza efectiva y de la significación de los monopolios actuales sería en extremo insuficiente, incompleto, reducido, si no tomáramos en consideración el papel de los bancos"^^18^^. Algunos bancos de EE.UU. operan en América Latina desde el período anterior a la guerra. Sin embargo, comenzaron a infiltrarse con especial intensidad en el sistema crediticio y financiero _-_-_
~^^18^^ V. I. Lenin. El imperialismo, fase superior del capitalismo. O. C., t. 27, p. 325.
40 de los países de la región en la década del cincuenta y, en especial, en la del sesenta^^19^^, desplazando rápidamente a sus viejos competidores, los bancos ingleses.La importancia que el capital monopolista de Estados Unidos concede a sus bancos en el ensanchamiento de sus posiciones económicas en América Latina se expresa por el hecho de que en la región se encuentran concentradas más de la mitad de las filiales de los bancos estadounidenses que operan en el exterior. Después de los bancos centrales de emisión, los de EE.UU. son los más grandes en los países de América Latina.
El capital estadounidense se encuentra representado en la esfera bancaria de América Latina en tres formas: a) a través de sus filiales (sin capital propio considerable, pero con apoyo exterior); b) por las empresas subsidiarias; c) mediante la participación de los bancos norteamericanos en el capital accionario de los bancos locales. Utilizando estas formas, el capital bancario de EE.UU. compite con los bancos nacionales en el mercado monetario interno. Muchos gobiernos latinoamericanos se han convertido en grandes deudores de los bancos norteamericanos que operan en los respectivos países.
En los años 60, las posiciones del capital de EE.UU. en el sistema bancario de una serie de países de América Latina tendieron a reforzarse. La forma principal de su penetración pasó a ser la compra del paquete de control de las acciones de los bancos nacionales. En el empleo de tales tácticas se distinguen el Chase Manhattan Bank, Bank of America, Crédit Lyonnais y otros^^20^^.
El First National City Bank, controlado por las familias Rockefeller y Stellman, ocupa el primer lugar en EE.UU. por el monto de sus operaciones en el exterior. En 1974, en América Latina (en más de 20 países) actuaban 62 de las 85 filiales que tiene el banco en el extranjero, incluidas varias filiales en Argentina, Brasil, Venezuela, Colombia, México, Panamá y Uruguay.
El Chase Manhattan Bank, uno de los más grandes del mundo y centro financiero del imprerio petrolero de los Rockefeller, posee filiales en Argentina, Brasil, República Dominicana, Venezuela, México, Panamá, Trinidad y Tobago, así _-_-_
^^19^^ Véase Nueva Era, Buenos Aires, 1973, N 6, p. 40.
^^20^^ Véase The Economist para América Latina, Londres, 10.XII.1969.
41 como en las Islas Vírgenes y en las Bahamas. En las décadas de 1960--1970 desplegó intensa actividad en América Latina adquiriendo acciones de bancos locales. El First National Bank of Boston, el Bank of America y otros también poseen múltiples filiales en los países del área. Ño es casual que en la XIV sesión de la CEP AL, en 1971, se haya sometido a discusión especial el problema del capital extranjero en el sistema de las finanzas de América Latina.Los bancos de EE.UU., poseedores de colosales recursos financieros, ejercen enorme influencia en la política crediticia de los Estados del continente. En condiciones de aguda escasez de capitales con frecuencia orientan la política inversionista dando preferencia a las subsidiarias de los monopolios de EE.UU. o a las compañías mixtas^^21^^.
Los bancos, para facilitar un empréstido o crédito a largo plazo, imponen generalmente como condición el derecho de designar sus representantes en la administración de la compañía que recibe el préstamo. Por eso, la aparición de nuevos miembros en la dirección de una compañía que no son ni accionistas, ni funcionarios de la misma sirve comúnmente de indicio que en ella se ha acentuado el control por parte de unas u otras organizaciones financieras foráneas. Los bancos, con frecuencia, intervienen abiertamente en los asuntos de las firmas latinoamericanas que se enfrentan con dificultades financieras.
El sistema bancario y financiero representa una de las más ventajosas esferas de aplicación del capital extranjero en la economía latinoamericana, especialmente en los últimos años. Según manifestó a comienzos de 1976 A. W. Clausen, presidente del Bank of America, ``las operaciones en el exterior han sido la esfera que creció más aceleradamente en nuestros negocios de los últimos seis o siete años''. Si en 1970 proporcionaban el 19% de todas las ganancias del banco, en 1975 rendían ya el 45%^^22^^. Cabe señalar que uno de los motivos que posibilitan obtener ganancias a los bancos estadounidenses es la debilidad del sistema crediticio y financiero de los países de América Latina, la escasez de capitales y, como consecuencia, el alto costo de los créditos. Incluso en un país como Argentina, donde el sistema bancario ha _-_-_
~^^21^^ Véase Edmundo Sánchez Aguilar. México: deuda externa Y operación de la banca americana privada. Boston, 1973.
~^^22^^ Véase International Herald Tribune, Paris. 1.III.1976.
42 cobrado relativo desarrollo, las tasas de interés en el mercado monetario privado alcanzan del 25 al 27%.Aprovechando los privilegios de que disponen en el mercado monetario y recaudando recursos a bajo interés, los bancos de Estados Unidos tienen la posibilidad de monopolizar la colocación más ventajosa de los medios que acumulan. Sólo en grado mínimo contribuyen a incrementar la producción material, concentrando sus operaciones fundamentales en el financiamiento del comercio exterior y en el movimiento de divisas. El comercio exterior en la mayoría de los países latinoamericanos es financiado casi totalmente por los bancos extranjeros, entre los cuales preponderante papel juega la banca norteamericana.
__ALPHA_LVL3__ 3. LOS MONOPOLIOS TRANSNACIONALES DE ESTADOS UNIDOS EN EL CONTINENTEUna de las peculiaridades de la expansión económica de EE.UU. en América Latina consiste en que la llevan a cabo, en lo esencial, un reducido grupo de poderosos monopolios. Estos desempeñan el papel de principal fuerza de choque del capital monopolista estadounidense en el continente latinoamericano.
Los monopolios que actúan en América Latina se cuentan entre los más grandes no sólo de EE.UU., sino de todo el mundo capitalista. De las 10 compañías internacionales más poderosas del sistema capitalista, 8 son estadounidenses: Exxon, General Motors, Ford, General Electric, IBM, Mobil Oil, Chrysler y Texaco. (Las dos restantes son la anglo-holandesa Royal Dutch Shel y la holandesa Unilevers.) El total de las ventas de Exxon y General Motors, los monopolios más grandes del mundo capitalista, que asciende a más de 30.000 mil millones de dólares en cada una, supera el producto interno de muchos países latinoamericanos. Como han señalado los expertos de la ONU. el poderío de los monopolios transnacionales es tan grande que puede atentar contra la soberanía nacional, socavando la capacidad de los Estados para cumplir sus tareas en política interior y exterior^^23^^.
Las actividades de las corporaciones transnacionales estadounidenses en América Latina son, como regla, de índole multisectorial. Ello emana directamente de las _-_-_
^^23^^ Véase Multinational Corporations in World Development. New York, 1973, p. 2.
43 particularidades básicas de su estructura actual que se caracteriza por una gran diversidad. El análisis comparativo de los monopolios estadounidenses y eurooccidentales más importantes (a finales de los años 60 y comienzos de la década del 70) indica que en los EE.UU. el porcentaje de compañías vinculadas a un sólo rubro o con preponderancia de un sólo producto es mucho menor que en Europa Occidental. La actividad multisectorial permite a las corporaciones yanquis ejercer más amplio y efectivo control sobre un conjunto de ramas de la economía latinoamericana. Tal circunstancia se debe en determinado grado a que, gracias al desarrollo de los medios de comunicación y al progreso científico-técnico, las casas matrices pueden ejercer un control más estricto sobre sus empresas ``periféricas''. La gran diversificación de actividades en el plano geográfico y en la producción permite a las transnacionales ejercer su influjo no sólo sobre el desarrollo económico de los países de la región, sino también sobre los procesos sociopolíticos.El grado de diversificación funcional de las corporaciones estadounidenses que actúan en América Latina puede ser estimado por el hecho de que algunas de ellas en la actualidad, además de desempeñarse en la esfera productiva, cumplen también funciones netamente bancarias. La Gulf Oil, uno de los monopolios petroleros más grandes, invierte en operaciones de fmanciamiento de otras empresas hasta el 40% de sus activos. Monopolios como Esso, General Motors, General Electric, ALCOA y otros proceden de manera semejante. Muchas veces las operaciones de crédito de las compañías industriales superan el monto de las operaciones análogas de los bancos.
Los monopolios norteamericanos que invierten sus capitales en América Latina ostentan, por lo general, la supremacía no sólo en el terreno tecnológico, sino también en lo referente a organización y manejo de la producción. Sus actividades se distinguen por un alto grado de centralización.
Las formas de centralización más rígidas se dan en el manejo de las compañías de construcción de maquinarias, de automóviles y electrotécnicas, cuyas empresas están enlazadas por una red combinada de suministros. Las subsidiarias o filiales representan en sí, con frecuencia, una parte del mecanismo productivo de la compañía matriz. Las fábricas con una especialización cerrada no pueden funcionar sin estar enlazadas con la empresa principal; es por eso que 44 aquí sus actividades se encuentren estrictamente reglamentadas. No menos severo es el control que las casas matrices ejercen en los consorcios petroleros y de la industria química, puesto que la extracción y elaboración de materia prima mineral y de combustible se han constituido en un proceso único e integrado en escala internacional.
Uno de los métodos más conocidos que emplean las corporaciones norteamericanas en su expansión en los países de América Latina es la organización de empresas de ensamblaje, lo que hace posible conservar los lazos de dependencia respecto al mercado de EE.UU., aunque en nuevas formas. El sistema de ensamblaje, además de que permite ahorrar en gastos de transporte y de aduana, brinda la posibilidad de modernizar la producción, adaptándola a las condiciones concretas del mercado local, y asegurar a los consumidores las necesarias piezas de repuesto, es decir, atarlos al mercado de EE.UU.
Los monopolios de EE.UU., transnacionales por el carácter de su actividad, establecieron en territorio de América Latina complejos industriales multinacionales, basados en la división del trabajo no sólo entre las compañías matrices y las subsidiarias, sino también entre las propias empresas subsidiarias ubicadas en diferentes países.
El hecho de que las corporaciones estadounidenses cuentan con empresas subsidiarias en varios países del área a la vez, teniendo en un país dado varias empresas, con frecuencia de diferente especialidad, les asegura gran capacidad de maniobra, condicionada por el carácter global de sus actividades. Surge así, por ejemplo, la posibilidad de suministrar alguna mercancía o grupo de mercancías de varios países al mismo tiempo o de establecer diferentes precios para un mismo artículo, o bien al revés, la de fijar un mismo precio para diferentes artículos, así como de saldar las cuentas en diferentes monedas, etc.
La actividad internacional de las corporaciones se apoya en el poderío económico y político-militar del imperialismo de EE.UU., de su aparato estatal. Los monopolios estadounidenses, ampliamente respaldados por el mecanismo estatalmonopolista de EE.UU. ejercen fuerte presión no sólo sobre la economía de los países latinoamericanos, sino también sobre sus círculos gobernantes. Las decisiones de las corporaciones que formalmente versan sobre cuestiones de la producción, afectan en realidad directamente muchos e importantes aspectos 45 del rumbo económico y, a veces, político de los países en cuyo territorio se encuentran tales o cuales empresas subsidiarias. Por ejemplo, algunas cuestiones que, nominalmente, revisten carácter técnico (dónde y qué se ha de construir, de dónde y qué se ha de importar, a dónde y qué se va a exportar) de hecho predeterminan muchos aspectos cardinales de la política económica de los países latinoamericanos. Con frecuencia, los gobiernos de estos últimos se ven obligados, si no a someterse totalmente a los intereses de los monopolios yanquis, por lo menos a tenerlos en cuenta, tomar en consideración sus objetivos. A veces, los respectivos círculos oficiales se ven obligados a ser meros registradores pasivos de lo que se proponen alcanzar las compañías norteamericanas. El hecho de que muchas decisiones importantes son tomadas directamente en la casa matriz ejerce influencia funesta en la aplicación de la política económica general de los Estados latinoamericanos y, en particular, en el desarrollo de la planificación a largo plazo.
Los monopolios yanquis en América Latina aventajan también en el plano financiero a las compañías nacionales. La rentabilidad de sus empresas, como regla, es mucho mayor que la de las empresas latinoamericanas. No sólo se debe a que las compañías extranjeras operan en las ramas que reportan mayores utilidades, sino también a que tienen producción mejor organizada y acceso al crédito extranjero más barato.
La estructura orgánica representada por el esquema `` casa matriz --- filial --- empresa subsidiaria" brinda a los monopolios internacionales de EE.UU. una serie de ventajas financieras. Por ejemplo, los precios de transferencia fijados por los monopolios estadounidenses son muchas veces bien diferentes de los precios mundiales y de las firmas latinoamericanas (en Colombia, en particular, los precios de los productos farmacéuticos y de los artículos de goma son más elevados en 50%)^^24^^. Los sobreprecios o los subprecios, fijados ilegalmente y prácticamente inaccesibles al control oficial, permiten a las compañías matrices de EE.UU. encubrir la importación de utilidades obtenidas en los países de la región, así como la subvención financiera a sus empresas subsidiarias.
_-_-_~^^24^^ Véase Stopford J., Wells L. Managing the Multinational Enterprise. Organizarían of the Firm and Ownership of the Subsidiarles. New York, 1972, p. 161.
46La política de financiamiento de la penetración económica se ha convertido en importante factor de la expansión internacional de los monopolios estadounidenses. Cabe señalar que los métodos de autofinanciamiento, ante todo, a través de las reinversiones fueron trazados por los consorcios estadounidenses hace mucho y aplicados en América Latina antes que en otras regiones del mundo capitalista.
Con el objeto de fortalecer su base financiera, las corporaciones internacionales de EE.UU. no sólo utilizan el ahorro interno de sus subsidiarias, sino que acuden también al de los países en los que éstas actúan. El amplio empleo de los recursos nacionales locales tiende a cambiar la correlación de fuerzas entre el capital nacional y el extranjero en favor de éste.
La creciente explotación del mercado monetario interno en condiciones de escasez de recursos financieros domésticos y elevado flujo de capitales hacia el exterior (en concepto de remesas de utilidades y ganancias de las compañías norteamericanas, pagos por servicios internacionales, fuga del capital latinoamericano, etc.) frena el proceso de acumulación del capital y obstaculiza la formación, sobre base nacional, de las ramas de la industria, ante todo la de construcción de maquinarias; reduce las posibilidades de aprovechar la ciencia y la técnica en el fomento de la producción y retiene el crecimiento de la productividad social del trabajo. El hecho de que la nueva etapa en la industrialización de América Latina se basa precisamente en la constitución de ramas que requieren grandes inversiones de capital, mientras que la irrupción de los monopolios yanquis en el proceso de acumulación interna socava las fuentes de financiamiento, significa la desaceleración del crecimiento de la industria en los países de la región.
La exportación de capital a otros países no sólo es una exportación de valores monetarios directos. Con frecuencia reviste la forma de exportación de maquinaria e instalaciones, pero.no para un país dado o para determinada rama de la industria, sino precisamente para las subsidiarias de los monopolios de Estados Unidos. De hecho se beneficia no tanto el país importador de capitales, cuanto las compañías norteamericanas.
Tales inversiones, especialmente las destinadas a la industria nacional, están representadas, con frecuencia, por instalaciones obsoletas que en las compañías matrices de 47 EE.UU. fueron cambiadas por otras más modernas. Semejantes equipos no tendrían cabida en el mercado mundial, mientras que en América Latina pueden reportar aún no pocas utilidades. A los monopolios norteamericanos, en este caso, no les preocupa que las empresas en América Latina que utilicen equipos usados u obsoletos tengan elevados gastos de producción: este factor tiende a ser neutralizado por compensarse con el bajo nivel salarial de los obreros locales. Por ejemplo, cuando en la década del 60 las compañías estadounidenses establecieron fábricas de automóviles en México, pudo verse que las mismas fueron dotadas deliberadamente con maquinaria de viejo diseño y bajo rendimiento. En la fábrica de motores de General Motors en Toluca todo el equipo era nuevo, es decir, fue elaborado especialmente para esta empresa, pero diseñado adrede con baja capacidad de rendimiento. La productividad del trabajo en las prensas de la fábrica de automotores de General Motors, instalada en Buenos Aires, resultó ser varias veces inferior en comparación a la que se registra en las establecidas en EE.UU.^^25^^.
En las condiciones de la revolución científico-técnica, los monopolios transnacionales de Estados Unidos procuran implantar una ``nueva división del trabajo''. Su política consiste en trasladar a otros países, en particular, a los de América Latina, los tipos de producción más pesados, los que más contaminan el medio ambiente y consumen mayores cantidades de agua potable.
El capital monopolista de EE.UU., aprovechándose del atraso general y de la dependencia de la economía latinoamericana respecto al mercado estadounidense, procura orientar el proceso de industrialización por un cauce que le resulte favorable. Esto se manifiesta particularmente en el hecho de que se contribuye al fomento preferente de las ramas de la producción que resultan poco ventajosas para los monopolios yanquis o juegan papel auxiliar en relación con las empresas que están bajo su control. Al estimular la industria extractiva y ciertas ramas de la manufacturera, los consorcios yanquis frenan al mismo tiempo el desarrollo en América Latina de las ramas más modernas, se adjudican el derecho a la actividad monopólica en los sectores económicos vinculados con la aplicación de los avances de la ciencia, que _-_-_
^^25^^ Véase The Nation, New York, 1969, N 22, p. 695.
48 determinan las perspectivas del progreso científico-técnico y tienen importancia decisiva en el sistema moderno de producción. __ALPHA_LVL3__ 4. LOS MONOPOLIOS DE EE.UU. Y EL CAPITAL PRIVADO LATINOAMERICANOYa en los comienzos de su expansión, las compañías estadounidenses consideraron con razón que sin el apoyo interno necesario en los países de América Latina, sin consolidar este apoyo, les resultaría difícil ensanchar la esfera de sus actividades en condiciones que respondan en lo máximo a sus intereses. Estos nuevos ``colonizadores'', al abrirse camino en el área latinoamericana, necesitaban contar con una base social. Pasaron a constituirla la oligarquía terrateniente y la burguesía comercial, locales que se orientaban hacia el mercado externo. Estos dos principales aliados del capital norteamericano se pronunciaban contra el sistema proteccionista que de alguna manera afectaba sus intereses comerciales desbrozando así el camino para la penetración extranjera. Desplegaron una activa lucha contra la burguesía industrial de tendencia nacionalista y se convirtieron de esta manera en los principales testaferros de la política de los empresarios yanquis que se esforzaban por conservar en la región las atrasadas relaciones de producción existentes.
Más adelante, con el desarrollo de las fuerzas productivas, la base social que favorecía a los monopolios norteamericanos se fue ensanchando, abarcando a sectores de la burguesía financiera e industrial proimperialista. Es importante señalar, sin embargo, que esta alianza antes de la segunda guerra mundial revestía carácter más bien político.
Después de la contienda, con el incremento de las fuerzas productivas en América Latina y el fortalecimiento de la burguesía nacional, se delinearon nuevas tendencias en la evolución de la base social del capital yanqui. Estas tendencias se debían a que, merced al auge del movimiento liberador y del ``nacionalismo económico'', los monopolios norteamericanos tuvieron que acudir a métodos de expansión más flexibles. A fin de conquistar el mercado interno desde adentro, empezaron a practicar la alianza económica con la burguesía latinoamericana. Los sectores más dinámicos del capital local, representados por la gran burguesía y, en parte, por la media, comenzaron a tener participación en, las empresas estadounidenses. Este proceso, en particular, fue favorecido __PRINTERS_P_49_COMMENT__ 4---659 49 por la circunstancia de que, durante los años bélicos, la burguesía latinoamericana había acumulado considerables recursos financieros posibles de ser utilizados para el posterior fortalecimiento de la actividad empresarial local.
Las empresas mixtas pasaron a ser la forma más característica y difundida de la ``colaboración'' entre el capital extranjero y el capital local. La práctica de establecer empresas mixtas, utilizada en gran escala, tuvo importantes consecuencias socioeconómicas para los países de la región. Se produce una diferenciación en las filas del empresariado latinoamericano, la formación de la llamada ``burguesía de las filiales" que se desnacionaliza cada vez más. Los monopolios estadounidenses, haciendo partícipe de sus ganancias a la burguesía local, la transforman en su socio menor. Esta participación, a la vez, engendra en los empresarios latinoamericanos el interés por la actuación exitosa del capital estadounidense, por el ensanchamiento de su influencia económica. La aparición de las empresas mixtas, en consecuencia, consolidó la posición de los inversionistas extranjeros en la economía latinoamericana por una parte y, por la otra, frenó considerablemente el crecimiento independiente, imponiendo su sello a los procesos más importantes que se operaban en la economía de los países de la región, sobre todo, en la industrialización. El proceso de industrialización capitalista en América Latina adquirió no sólo un carácter económicamente deformado, sino también un sentido proimperialista etamente visible.
Un importante papel en la subordinación del empresariado local al capital yanqui desempeña el sistema, ampliamente difundido, de subcontratos y subproveedores.
La economía de los países latinoamericanos tiene entre sus rasgos lo que se ha dado en llamar dualismo económico, es decir, se caracteriza por la coexistencia de la gran producción moderna con la pequeña producción, incluso semiartesanal. Semejante estructura económica permite a los monopolios de EE.UU. combinar las ventajas de la producción en gran escala con el bajo costo de la fuerza de trabajo en las empresas pequeñas e, incluso, medias (a veces los salarios en las pequeñas empresas ascienden a la mitad de los vigentes en las grandes) que les suministran piezas y conjuntos. Por otra parte, las empresas pequeñas, como regla, conocen bien el mercado local y a los consumidores.
La explotación intensiva de toda una red, inclusive, 50 de talleres artesanales que trabajan por contrato permite rebajar los costos de producción de los artículos acabados que lanzan las fábricas equipadas con técnica avanzada. En Brasil, por ejemplo, a mediados de la década del 50, cuando empezó a surgir la industria de automotores, había alrededor de 850 empresas que fabricaban piezas de automóviles para 18 compañías de la rama, controladas en su mayoría por el capital estadounidense. Más adelante el número de subcontratos fue creciendo. La Willys, subsidiaria de la Chrysler, tiene 250 subproveedores locales que fabrican para ella cojinetes, ejes, cajas de cambio, etc. En Argentina la International Harvester tiene 1.200 agentes y subproveedores. En México, la industria automotriz, en la que una serie de empresas pertenece al capital de EE.UU.. trabaja en base al sistema de subcontratos.
Las compañías norteamericanas, por lo tanto, aparecen en el papel de principales proveedores de trabajo, en cuyos éxitos y prosperidad están interesados los productores locales. Los monopolios estadounidenses asumen un papel rector en la determinación del carácter y los montos de la producción, en la orientación de los mercados de venta y la formación de los precios. En base al sistema de subcontratos las empresas nacionales, pequeñas y medias, dependientes de los encargos de las grandes compañías foráneas, son sometidas , a su control. Sus actividades quedan subordinadas a la orientación de los monopolios y a sus pedidos. El sometimiento de la pequeña empresa por el gran capital no representa un perfeccionamiento de la división interempresarial del trabajo, sino un proceso tendiente a robustecer el poderío económico de los monopolios yanquis. El sistema de subcontratos de hecho significa, con frecuencia, una ``fusión imperceptible" con la que esa pequeña empresa, desde el punto de vista jurídico, sigue siendo independiente, pero en el plano económico depende totalmente de los consorcios o, inclusive, se convierte en parte de uno de ellos.
El sistema de subcontratos, ampliamente utilizados por los monopolios, origina también importantes consecuencias sociales. Tal sistema permite a los consorcios librarse de la necesidad de efectuar despidos en masa en los períodos de depresión, por cuanto facilita la posibilidad de incorporar a la producción toda una pirámide de subproveedores sin incluirlos en el personal de la compañía. En condiciones de favorable coyuntura en el mercado, los vínculos con la empresa __PRINTERS_P_51_COMMENT__ 4* 51 pequeña y media proporcionan a los monopolios estadounidenses ganancias complementarias. Durante los períodos de crisis, en cambio, las empresas pequeñas y medias son precisamente las que amortiguan el golpe, cargando sobre sí el peso principal y permitiendo a los monopolios estadounidenses mantenerse estables. No menos importante es el hecho de que el número reducido de personal, ocupado en una u otra compañía norteamericana, crea la apariencia de que ésta ejerce poco influjo sobre el curso de los procesos económicos en el país, limita las posibilidades del movimiento organizado y masivo de los trabajadores y permite al consorcio resistir con más éxito la presión de los sindicatos.
Hasta hace poco la principal base social de apoyo de los monopolios yanquis en América Latina estaba representada por la oligarquía terrateniente y la burguesía comercial, industrial y financiera proimperialista o conformista que se turnaban en el poder y eran los principales ejecutores de la política de los monopolios estadounidenses. Sin embargo, con el avance de la revolución científico-técnica, el apoyo que podían brindar estas clases tradicionales, representativas de relaciones de producción caducas, se hizo evidentemente insuficiente. En la década del 60, por iniciativa de los administradores de la Alianza para el Progreso, se hizo un esfuerzo por ``racionalizar'' el desarrollo de la economía capitalista en la región, reforzar la base social y propender a la creación de empresas conjuntas. Se hacía especial hincapié en atraer a la llamada clase media, es decir, a las capas sociales medias. Las compañías estadounidenses empezaron a vincular a sus negocios no sólo a capitalistas locales, sino también a empleados y a intelectuales, científicos y técnicos latinoamericanos para establecer una aparente colaboración con los cuadros nacionales.
El capital yanqui ocupa importantes posiciones tanto en las compañías comerciales e industriales, como en las asociaciones y uniones empresariales. Estas asociaciones empresariales juegan gran papel en la vida política interna de los países de América Latina, ejerciendo enorme influencia en la formación de la política económica interior y exterior. El hecho de que en esas asociaciones actúen, a la par con las compañías domésticas, las empresas norteamericanas, generalmente las más grandes de ellas, es un testimonio de la influencia que el capital de EE.UU. ejerce en la política nacional. En algunas uniones empresariales representantes de 52 las compañías yanquis ocupan puestos en los órganos directivos. Puede servir de ejemplo la Confederación Nacional de Cámaras de Industria de México que es una de las asociaciones empresariales más grandes del país. En Argentina el capital norteamericano penetró en la Unión Industrial, la más antigua de las asociaciones industriales del país; en la Asociación Nacional de Bancos, en la Asociación de Bancos de Buenos Aires y otras entidades.
La alianza de los monopolios de Estados Unidos con la gran burguesía latinoamericana tuvo consecuencias negativas para el desarrollo y funcionamiento de las empresas nacionales medias y pequeñas. La intensa penetración del capital estadounidense en las nuevas ramas de la economía obligó a considerables grupos del empresariado nacional a desplazarse al ámbito de las operaciones especulativas, los sometió al control foráneo o bien los colocó en una situación en la que resultaba imposible utilizar los avances técnicos u organizar con amplitud sus negocios. En cuanto a la gran burguesía, como lo señaló la Declaración de la Conferencia de los Partidos Comunistas de América Latina y el Caribe, de La Habana, ``el proceso económico de los países de América Latina ha ido determinando que la parte más alta de sus burguesías locales resultara de tal modo vinculada al imperialismo y dependiente de éste para su propio crecimiento y vigorización que, de hecho, se ha convertido en integrante del mecanismo de dominio imperialista en sus propios países''^^26^^.
_-_-_^^26^^ Boletin de Información, Praga, 1975, N 12, p. 43.
[53] __ALPHA_LVL2__ CAPITULO II. LA POLÍTICA ECONÓMICA DE ESTADOSEn la política económica de EE.UU. en América Latina, después de la guerra, se pueden distinguir claramente tres etapas. La primera abarca un período que comprende los años de posguerra y se prolonga hasta fines de la década del 50; la segunda etapa corresponde a la década del 60 y, la tercera, se inicia a comienzos de los años 70.
Cada una de las etapas se caracteriza por la combinación de diversos factores; los cambios en la correlación de fuerzas actuantes en la palestra mundial, por la situación concreta que en los diferentes períodos se daba en el continente latinoamericano, por los fines y tareas que se planteaba el capital monopolista de Estados Unidos.
En la primera etapa el afianzamiento de las posiciones internacionales del capital monopolista norteamericano constituyó el factor decisivo de la política latinoamericana de EE.UU.
La segunda guerra mundial condujo al fortalecimiento del poder económico de los monopolios estadounidenses y consolidó el predominio absoluto de EE.UU. en el mundo capitalista.
El desarrollo de la industria tuvo como consecuencia la expansión de las exportaciones de mercancías y servicios. Al mismo tiempo, los excedentes de capital acumulados indujeron a los monopolios a buscar en el exterior las esferas en las que podían invertir ventajosamente. Ante todo, se prestó atención a la adquisición de fuentes de materia prima barata para la industria.
Durante la segunda guerra mundial y, más aún, en los años 50 en una serie de países de América Latina se 54 desenvolvió la industria manufacturera. Esta circunstancia tendió a convertir a las repúblicas latinoamericanas en mercados relativamente amplios para los suministros de instalaciones, medios de transporte y otros artículos industriales.
La guerra reforzó en sumo grado las posiciones de EE.UU. en América Latina y debilitó a sus competidores. Las inversiones de las compañías yanquis a fines de 1950 aumentaron en 70% con relación al período anterior a la contienda. Las inversiones de Inglaterra y de otros países europeos, en cambio, disminuyeron considerablemente. Creció la dependencia de los Estados latinoamericanos respecto al mercado de EE.UU. Alrededor del 40% de las exportaciones latinoamericanas en 1948 y cerca del 45% en 1956 tenían como destino los EE.UU. La potencia del norte seguía manteniendo posiciones claves también en las importaciones de América Latina: en 1948 más de la mitad de las mismas procedía de Estados Unidos. La gran dependencia respecto al mercado yanqui aseguraba a EE.UU. el control sobre el comercio exterior de los países del continente.
En suma, los EE.UU. pasaron a ocupar después de la segunda guerra mundial una posición dominante en la economía de América Latina.
En su política económica Estados Unidos se atenían al considerado de que su capital privado se encontraba allí en condiciones de afrontar por sí solo todos los problemas y, por eso, no necesitaba de mayores auxilios por parte del Estado. Una prueba de ello es, por ejemplo, la correlación entre la inversión privada y la gubernamental en América Latina que en 1946 era del 93 y 7%, respectivamente. En otras áreas del orbe esta correlación era del 67 y 33%,.
Las conferencias interamericanas sobre problemas económicos que se celebraron a finales de las décadas del 40 y del 50 se limitaron, en general, a tomar resoluciones que obligaban a las repúblicas latinoamericanas a favorecer las condiciones para la inversión y reinversión del capital extranjero y eliminar las trabas para la repatriación de utilidades. Al mismo tiempo los EE.UU. no aceptaban compromiso alguno de ayudar al desarrollo socioeconómico de los países de América Latina.
Los Estados Unidos preferían mantener con las repúblicas latinoamericanas relaciones económicas bilaterales y evitaban la concertación, en cualquiera de esas conferencias, de compromisos multilaterales, temiendo que resoluciones de esa 55 índolé podrían posibilitar la formulación, por el sistema interamericano en su conjunto, de planes concretos de desarrollo de los países de la región tendientes a superar el atraso económico.
En la segunda etapa Estados Unidos se enfrentaron con un notable ascenso de la lucha antimperialista en América Latina y el debilitamiento del sistema interamericano. En los fundamentos de esa ampliación de la lucha estaba la protesta contra la política imperialista de los monopolios, política de saqueo abierto, y contra la injerencia de Estados Unidos en los asuntos internos de los países de América Latina.
El trastorno más grande que sufrió en tiempo alguno la política de EE.UU. en el hemisferio occidental fue la Revolución Cubana. Por primera vez en uno de los países americanos (en un país, además, pequeño) el capitalismo fue eliminado y sustituido por el nuevo régimen social, el socialismo.
La Revolución Cubana, originada por causas objetivas inmanentes en uno u otro grado al proceso del desarrollo social de la mayoría de los países latinoamericanos, dio ``un poderoso estímulo para la lucha de los pueblos de América Latina por la plena liberación nacional''^^1^^. Animados por el ejemplo de Cuba, los pueblos del continente se pronunciaron resueltamente por la realización de transformaciones sociales profundas, emprendieron la vía de la lucha antimperialista y de liberación nacional.
En el período considerado se intensificó la pugna interimperialista por los mercados de América Latina. Creció la competencia por parte de los países de Europa Occidental y de Japón, provocando inquietud entre los monopolios de EE.UU. Bajo la presión del capital europeo y japonés se advirtió una tendencia al debilitamiento de las posiciones económicas de monopolios estadounidenses; el período de su supremacía total en el continente latinoamericano había terminado.
En los años 60 la burguesía nacional de América Latina, especialmente la que no se hallaba vinculada al capital extranjero, empezó a manifestarse activamente contra la incesante penetración del capital estadounidense, contra la concesión de ventajas y preferencias ilimitadas a las compañías yanquis.
_-_-_~^^1^^ Documentos programáticos de ¡a lucha por la paz, la democracia y el socialismo. Moscú, 1961, p. 63 (ed. en ruso).
56El ascenso del movimiento liberador en América Latina a finales de los años 50 y comienzos de la década del 60 obligó a EE.UU. a buscar nuevos métodos de lucha contra éste. Hubo intentos de enarbolar, en contraposición a las ideas revolucionarias, un programa de reformas parciales por cuya realización se pronunciaba también parte de la burguesía nacional latinoamericana.
La política de Estados Unidos respecto a América Latina en esta etapa tendía, en lo esencial, a fortalecer el papel del Estado en la expansión económica, a intensificar la acción gubernamental encaminada a vigorizar los esfuerzos del capital privado estadounidense, a utilizar con mayor amplitud los métodos económicos en combinación con las medidas políticas y militares tradicionales.
Ello tuvo su expresión, en particular, en el programa reformista burgués de la Alianza para el Progreso que contó con el apoyo de los representantes de los círculos monopolistas de EE.UU. que habían invertido capitales en los países de América Latina.
Mediante una serie de concesiones a los círculos dirigentes de los países latinoamericanos y la realización de algunas obras sociales mínimas, las esferas monopolistas de EE.UU. pudieron sembrar entre ciertas capas de la burguesía nacional, al igual que entre las capas medias de América Latina, especialmente entre los sectores de la población no propensa, por sus prejuicios y falta de madurez social, a los cambios revolucionarios, la ilusión de que se avecinaba una nueva era de cooperación interamericana.
A comienzos de los años 60 los inversionistas norteamericanos chocaron con una serie de graves dificultades producidas por la política restrictiva de los países de la región. Por eso la Alianza para el Progreso tuvo por objeto eliminar las causas que estorbaban el libre movimiento de los capitales estadounidenses hacia América Latina.
Apenas transcurrido un año de la proclamación de la Alianza para el Progreso, la comisión de asuntos exteriores del Senado de EE.UU., en mayo de 1962, introdujo una serie de enmiendas al proyecto de ley sobre ayuda exterior presentado por Kennedy. Según esas enmiendas, los países que nacionalicen o expropien bienes de EE.UU. o adopten sanciones contra sus propietarios serían privados de la ayuda norteamericana. Ello se manifestó en la práctica por la presión de que fue objeto Argentina después de anular los contratos sobre 57 exportación de petróleo, concertados con los monopolios yanquis, lo mismo que Perú cuando se propuso nacionalizar sus riquezas petrolíferas.
El programa de la Alianza para el Progreso, como era previsible, no resolvió los acuciantes problemas socioeconómicos de los países de América Latina. Los hechos reales demostraron que la ``ayuda'' del imperialismo a otras naciones aparece más bien como un instrumento de la política de EE.UU. que como un deseo de contribuir verdaderamente a la solución de las dificultades que afrontan las repúblicas del continente.
Ya a fines de la década del 60 se hizo evidente no sólo el fracaso de las reformas burguesas proclamadas por la Alianza, sino más aún la necesidad imperiosa de transformaciones profundas y la imposibilidad de llevarlas a cabo sin una consecuente lucha contra la opresión imperialista.
La crisis de las relaciones interamericanas, que había ido madurando durante muchos años, adquirió caracteres particularmente agudos a fines de los años 60 cuando el sentimiento antiyanqui cundió casi por todas las capas de la sociedad latinoamericana, abarcando inclusive sectores nacionalistas del empresariado, del clero y los militares. Se acentuó el afán de la burguesía nacional por debilitar la dependencia respecto al capital extranjero y afianzar su posición económica y política.
La especialización de los países de la región en la producción de materia prima y alimentos, fomentada por los monopolios de EE.UU. durante los primeros años de posguerra, constituye un obstáculo para el desarrollo económico y social de las naciones latinoamericanas. Bajo la presión de las fuerzas progresistas, círculos gobernantes en América Latina se vieron obligados a tomar algunas medidas en defensa de los intereses nacionales y manifestarse por la revisión de las relaciones económicas, comerciales y políticas con EE.UU.
En muchas reuniones y asambleas interamericanas celebradas a finales de la década del 60, especialmente en las que se trataron temas referentes a la situación económica de América Latina y a las relaciones económicas y comerciales con EE.UU., se manifestó una clara tendencia hacia la constitución de un bloque único de naciones latinoamericanas para enfrentar al vecino del norte. En 1969, por ejemplo, en la sesión ordinaria de la Comisión especial de coordinación latinoamericana quedó redactada la ``Carta Latinoamericana de 58 Consenso" en la que fueron expuestas las demandas de los países de la región al gobierno de Estados Unidos. Estas demandas planteaban elevar los montos de la ayuda que debía concederse, ante todo, sobre base multilateral con reconocimiento del derecho de cada país receptor de determinar por sí mismo las prioridades y fines de su utilización, reducir las tasas de interés con que se gravan los préstamos, subordinar a las leyes e intereses nacionales la actividad de las empresas privadas extranjeras, establecer precios remunerativos para los artículos que exporta América Latina.
La tercera etapa se caracteriza por un ingente proceso de cambios políticos y socioeconómicos en América Latina. Las profundas transformaciones democráticas producidas en una serie de países del continent