[1] Emacs-Time-stamp: "2007-08-15 13:54:40" __EMAIL__ webmaster@leninist.biz __OCR__ ABBYY 6 Professional (2005.11.10) __WHERE_PAGE_NUMBERS__ top __FOOTNOTE_MARKER_STYLE__ [*]+ __EMACS_LISP__ (progn (lb-ht-force-refresh "es/1974/ATA469/") (lb-ht "1974")) PROGRESO COLECCION OCTURBRE [2] ~ [3] __AUTHOR__ NIKOLAI OSTROVSKI __TITLE__ ASI SE TEMPLO EL ACERO __TEXTFILE_BORN__ 2006-02-13T12:38:17-0800 __TRANSMARKUP__ "Y. Sverdlov"
EDITORIAL PROGRESO MOSCII
[4]Séptima edición
Traducido del TUSO por ]. Vento y A. Herráiz Ilustraciones de V. Mináev
H. OcrpoecKuá KOK 3OKaAaAac Ha ucnancKOMO _ZPJ02-9_18__ fc3oCMBJI. 014(01)-78
[5] __ALPHA_LVL1__ PREFACIOLa puerta del balcón está abierta. En la habitación, antes siempre cálida, como un nido, entra el frío de la tarde. El viento agita la cortina, que oscila, levantándose perezosamente, como una vela a medio arriar. Sobre el receptor de radio blanquea una toalla estrujada por alguien. Parece un conejo blanco que, inmóvil, presto a saltar, hubiese apretado a la espalda sus largas orejas.
Pasa por la mente el recuerdo de una clara mañana de septiembre en Sochi, dos años atrás: la casa en la calle Oréjovaya, los frutos rojizos en el pequeño jardín inundado de sol, el apacible cuarto de paredes pulcramente enjalbegadas y el simpático y familiar rostro sobre el fondo blanco de las almohadas, muy ahuecadas.
Un conejo blanco yace entre los pliegues de la manta. Los dedos cetrinos y nerviosos de Kolia^^**^^ Ostrovski acarician tiernamente las largas y sedeñas orejas del roedor. Kolia se ríe alegremente, y sus blancos dientes brillan como el azúcar. Sobre la mesa hay un montón de manzanas gruesas, jugosas y rubicundas, cuyo maravilloso aroma se esparce por toda la casita. El conejo blanco, moviendo graciosamente sus blandas orejas, lame con su rosada lengüecita la cariñosa mano del hombre.
Siento un intenso deseo de cerrar los ojos y ver otra vez la calurosa mañana de abril, llena de sol y de la fragancia de las manzanas. Al principio, el pensamiento rechaza la tristeza, como si no pudiera comprender lo acaecido y decirse categóricamente: "¡Ha ocurrido lo irreparable!".
Pero la realidad acaba venciendo: los ojos ven con despiadada claridad el rostro inmóvil ya para siempre. La lucha postrera por la vida lo ha consumido, lo ha _-_-_
^^*^^ De Recuerdos de Nikolái Ostrovski. (N. de la Edit.)
^^**^^ Kolia: diminutivo de Nikolái.
6 __RUNNING_HEADER_LEFT__ PREFACIO secado como seca las hojas el tórrido viento del desierto. Se ha compadecido únicamente de la bella y despejada frente y del abundoso y sedoso pelo castaño. La pequeña y chupada cara la corona esa frente luminosa, grande y combada como una cúpula. Parece que tras ella sigue bullendo la ardiente fantasía del artista, llena de pasión revolucionaria, de insaciable interés y de amor por la vida... Pongo la mano en la despejada frente, todavía tibia y hasta húmeda, como si, después de trabajar alegre e intensamente, Nikolái se hubiese sumido en la inmovilidad para descansar unos instantes. Se tiene la impresión de que un leve suspiro va a levantar, como si estuviera vivo, su flaco pecho, en el que relumbra la orden de Lehin.En interminable procesión, niños, jóvenes y ancianos pasan durante tres días, de la mañana a la noche, ante el féretro, cubierto de flores y coronas. Sí, es la despedida con quien abandona la tierra.
Nikolái Ostrovski no sólo vive en sus libros: él mismo es una imagen heroica, una de las personalidades más brillantes y fuertes de nuestra época.
La naturaleza fue despiadada con él: lo privó de la salud, de los brazos, las piernas y la vista. Pero él se sobrepuso a la impotencia del cuerpo, a la enfermedad incurable, a la pena, a la debilidad y al abatimiento y, como vencedor, afirmó la vida, la creación y la lucha. La voz de este ardoroso bardo de la juventud bolchevique cantó con maravillosa fuerza lírica a todo el País de los Soviets y al mundo entero la combativa y luminosa canción de la lucha y la victoria del socialismo.
¡Fuera los recuerdos dolorosos! Dejémoslos a un lado, rechacemos ese tributo inevitable a lo efímero de la existencia física y pongamos los ojos en el inagotable y poderoso manantial de la vida...
Un ventoso y frío día de comienzos de la primavera de 1932 fui a ver a Nikolái Ostrovski, que vivía a la sazón en Moscú, en Miortvi Pereúlok^^*^^.
El piso, grande, estaba atestado de vecinos. Ruido y apreturas. La gente iba y venía por los pasillos, los niños gritaban, y en algún sitio tecleaba tediosamente una má_-_-_
^^*^^ Hoy calle de Nikolái Ostrovski. (N. de la Edit.)
7 __RUNNING_HEADER_LEFT__ PREFACIO quina de escribir, recordando el picotear del pájaro carpintero.Cualquiera hubiese dicho: "¡Madre mía!... ¡Las condiciones se las traen! ¡Como especiales para un escritor!"
Se abrió la puerta.
En la cama yacía un hombre tapado hasta el pecho con mantas y chales. Vi una abundosa mata de pelo castaño, una frente despejada y un rostro exangüe, flaco, demacrado, sobre el fondo de unas altas almohadas.
Sus finos párpados temblequearon levemente. Las pestañas, espesas, proyectaban unas sombras azulosas sobre las chupadas mejillas. Las manos, delgadas, céreas, casi transparentes, yacían sobre la manta.
Sabía yo que Nikolái Ostrovski era inválido, pero no me lo imaginaba tan acabado.
Me pareció tan débil, tan impotente, que resolví súbitamente marcharme, para no molestarle, y dejar para otro día nuestra conversación.
En aquel instante entró en el cuarto una anciana delgada y animosa, de ojos castaños y rostro cordial y sonriente.
— ¿Quién ha venido, madre? —dijo una voz sorda y joven, que sonaba con fuerza.
La madre se lo dijo.
— ¡Ah!... ¡Magnífico! ¡Acerqúese, acerqúese!
Una sonrisa encantadora dejó ver sus dientes niveos. Cada rasgo de su semblante parecía iluminado y evidenciaba juventud y optimismo. En los primeros instantes se me antojó que sus grandes ojos negros también brillaban expresivos. Pero pronto advertí que el brillo aquel se debía al denso color de la retina. Sin embargo, durante la conversación me olvidaba a menudo de que los ojos de Kolia no veían: tan atento y alegre era su semblante, reflejaba, como un espejo, la tensión de su pensamiento.
Hablábamos del primer libro de la novela "Así se templó el acero'', que se disponía a publicar la revista "La Joven Guardia"^^*^^. Nikolái preguntó, con ansia, qué impresión nos habían producido sus personajes.
— Creo que Pavka^^**^^ es un muchacho aceptable —dijo _-_-_
^^*^^ Anna Karaváeva, conocida escritora soviética, era en los años del 30 redactara de la revista La Joven Guardia. (N. de la Edit.)
^^**^^ Pavka: diminutivo familiar de Pável.
8 con humor, y en sus labios apareció una sonrisa deslumbrante—. No pienso ocultar que a Nikolái Ostrovski lo une con Pavka Korchaguin la más estrecha amistad. Pavka es obra de mi mente y de mi sangre... Pero... ¿sabe lo que me interesa?, ¿no parece mi novela una simple autobiografía?. .. ¿La historia de una vida, por decirlo así?... ¿Eh?Su sonrisa se apagó de pronto, sus labios se apretaron, y su semblante adquirió una expresión severa y dura.
— Planteo adrede la cuestión tan categóricamente porque quiero saber si lo que hago está bien, si es bueno y útil para la sociedad. Hay multitud de casos que son interesantes sólo de por sí. Uno puede incluso admirarlos, como si estuviese ante un escaparate, pero, en cuanto se aparta, se olvida. Eso debe temerlo todo escritor, sobre todo si es novel, como yo.
Le dije que sus temores, en ese aspecto, eran infundados.
Me cortó blandamente:
— Convengamos en que ño hay que tranquilizarme por bondad. A mí se me pueden decir las cosas sin andarse por las ramas, con toda crudeza. Soy militar, desde que era chico sé mantenerme en la silla... y ahora tampoco saldré despedido por las orejas...
Aunque sus labios temblequearon y su sonrisa era tierna y turbada, vi de pronto con la mayor claridad que su espíritu era fuerte, inquebrantable. Me sentí muy feliz de poder darle un alegrón.
Le hablé de toda una galería de personajes de la literatura rusa y occidental que habían venido a mi mente mientras trababa conocimiento con Pável Korchaguin. Muchos, cincelados por artistas geniales, habían contribuido a forjar la voluntad y la conciencia de generaciones. Tras aquellas imágenes de la literatura rusa y mundial se hallaban la historia de las relaciones sociales, las tragedias de la sociedad y del individuo, y la gloria secular de las realizaciones supremas de la cultura humana.
Ante aquella galería de personajes grandes y gloriosos, Pável Korchaguin podía sentirse seguro, imbuido del sentimiento de su propia dignidad. Aquel joven templado en el crisol de la guerra civil no tenía por qué sentirse confundido y turbado ante los eméritos ``ancianos''. 9 Tampoco tendría que inclinar la cabeza e implorar, por decirlo así, un hueco en los vergeles de la literatura. Poseía algo que no tenían los demás: en su joven corazón alentaban una fuerza inagotable y una insaciable pasión de lucha, y en su mente se encendían las ideas más avanzadas y nobles acerca de la libertad y la dicha del género humano.
Naturalmente, Pável Korchaguin era enemigo inconciliable de cualquier Rastignac^^*^^, pero el amor a la libertad de los héroes de Pushkin, Byron o Stendhal era afín a su espíritu. Claro que donde más almas afines — hermanos mayores y amigos— encontraría Pavka Korchaguin sería entre los personajes de Máximo Gorki.
Nos tuteábamos ya, la conversación saltaba a veces de un tema a otro, pero volvíamos inevitablemente a la novela. Nikolái manifestó gran interés por las correcciones que Mark Kólosov^^**^^ y yo hacíamos en el texto. Cuando le dije que habíamos tachado algunas frases " preciosistas'', se echó a reír alegremente y se burló con malicioso humor de las palabras y giros desafortunados. Luego dijo de pronto, serio y pensativo:
— ¿Sabes de dónde salen esas frases torpes? Dirás que de la falta de cultura. Y tendrás razón, pero no te olvides que hay otra causa: mi soledad en la labor creadora. .. He empezado solo, por mi cuenta y riesgo. ¡Qué alegría me da saber que, en adelante, tendré camaradas en mis actividades literarias!
Preguntó qué tal le había salido la composición de la novela en su conjunto y de los distintos pasajes, así como el diálogo y las descripciones de la naturaleza, si había logrado pintar un realce a las cualidades de los personajes y qué ``fallos'' tenía en cuanto a lenguaje, comparaciones, metáforas, epítetos, etc., etc.
Sus preguntas evidenciaban que no sólo había leído y meditado en torno a los problemas de la creación artísticas, sino también que en muchos de ellos poseía opiniones bien maduras.
_-_-_^^*^^ Joven ambicioso y arribista, personaje de las novelas de Balzac. (N. de la Edit.)
^^**^^ Escritor y crítico. En los años del 30 fue subdirector jefe de la Editorial "La Joven Guardia''. (N. de la Edit.)
10El tiempo pasaba sin que nos diésemos cuenta. Reiteradas veces había querido despedirme, temerosa de que Nikolái pudiera fatigarse. Pero cualquier palabra u observación que considerábamos finales, encendían de nuevo la plática. Esta, como he dicho, pasaba de un tema a otro, como suele suceder cuando conversan dos personas que acaban de conocerse, pero retornaba siempre a la novela, a sus futuros capítulos, y al trabajo del autor, que estaba preparando la segunda parte.
Nikolái me habló de sus preocupaciones, se marcaba plazos y tareas, y yo, a la vista de aquella energía verdaderamente inagotable y de su optimismo me olvidaba incluso de darle ánimos, de confortarlo.
¿Para qué? Me sentía infinitamente feliz de que en nuestra revista, en "La Joven Guardia'', hubiese aparecido un escritor komsomol veterano, un artista bolchevique, de extraordinario temple ideológico y moral y talento lozano y poderoso.
Por eso, lejos de querer limitarle, sentía el deseo de ayudarle a ampliar sus planes: tenía ante mí una persona fuerte, voluntariosa y bien templada.
Me parece estar oyendo su voz profunda, henchida de felicidad y orgullo:
— ¡De nuevo estoy en filas!... ¡Eso es lo principal! ¡De nuevo estoy en filas!... ¡Qué vida tan maravillosa se me abre!...
Mientras regresaba yo a casa, sonaban en mis oídos, como la melodía de una canción, aquellas palabras: "¡Qué vida se me abre!"
En los encuentros que siguieron, hasta que Nikolái partió para Sochi, se reveló ante mí con mayor profundidad todavía el modo de pensar y el carácter de aquel hombre tan magnífico y valeroso.
La vida en Moscú, en aquel piso superpoblado, no era nada fácil. Además de los sufrimientos físicos, que no había aprendido de golpe a ocultar con tanto arte, lo agobiaban las preocupaciones y los disgustos. El presupuesto de la familia era ultramodesto. Por más que Olga sipovna se esforzaba por ocultar al hijo las constantes dificultades monetarias, por más que se afanaba en torno a él, siempre animosa y bromista, Nikolái, con su fina y aguda intuición, lo adivinaba todo.
11— Le digo:'"Lo comprendo todo, todo, madre, así que no vengas con argucias, no pintes de color de rosa nuestra situación financiera''. Y ella me responde: "Mira, no te metas en mis asuntos de vieja''. En fin, se pone a bromear, y yo no quedo a la zaga.
Pero había cosas de las que, pese a su firmeza, no podía desentenderse con bromas: por ejemplo, la habitación, húmeda y fría. Estando tan enfermo no podía continuar viviendo en ella.
La redacción de "La Joven Guardia" pidió al Comité Central del Komsomol que enviara a Nikolái Ostrovski a Sochi. En el verano de 1932, el escritor salió para el Sur acompañado de su familia.
La víspera me escribió la siguiente carta:
"Querida camarada Anna: Mañana, a las 10, salgo para el Sur. Han hecho todo lo posible para que reúna fuerzas y pueda continuar desplegando la ofensiva. Quiero vivir en Sochi hasta finales de otoño. Resistiré mientras quede pólvora".
Por ``ofensiva'' sobreentendía su trabajo en el segundo libro de la novela "Así se templó el acero''. Y aquello no eran palabras hueras, sino la denominación real del complejo, difícil y a veces torturante proceso al que Nikolái Ostrovski llamaba "mi trabajo".
Yo recordaba a menudo sus manos flacas y amarillentas, que descansaban siempre sobre la manta, aquellas manos de ciego, nerviosas y sumamente sensibles. Una terrible artritis (fue una de las causas de su muerte) se había adueñado, invencible, de su pobre cuerpo.
En cierta ocasión (poco antes de su partida para Sochi), me dijo, bromeando como siempre:
— Los hombros y los codos me parece que no son míos, es una sensación muy extraña...
Luego se sonrió entre triste y burlón, levantó sobre la manta las manos, movió los dedos y agregó:
— Esto es todo lo que me queda, toda mi hacienda. Y con ellas tengo que arreglarme.
Antes, parcamente, como siempre que hablaba de su enfermedad, me había contado que, durante cierto tiempo, escribió con ayuda de una pauta de cartón.
— No resulta muy cómodo, y lo peor es que no se ve nada, pero se puede utilizar.
12A comienzos de agosto de 1932, Nikolái me envió una carta desde Sochi. La había escrito con lápiz, valiéndose de una pauta de cartón. Las líneas, excesivamente rectas, y las letras, inclinadas de modo poco natural, me hicieron imaginarme qué esfuerzo físico y de voluntad le habría costado aquello. Decía así: "5 de agosto. Sochi. Primórskaya, 18.
Querida camarada Anna: Vivo, en compañía de mi madre, a orillas del mar. Me paso horas y más horas escribiendo en el jardín, al pie de un roble, aprovechando los días buenos (lo que sigue es ininteligible)... la cabeza la tengo clara. Me apresuro a vivir, camarada Anna, para no tener que lamentar días perdidos; la ofensiva, detenida por la necia enfermedad, de nuevo se despliega. Deséame la victoria".
La fuerza y la tensión de la ``ofensiva'' se percibe en esa línea: "Me apresuro a vivir para no tener que lamentar días perdidos".
Nikolái enfermó a poco de llegar a Sochi. La enfermedad le parecía una ``necia'' pérdida de tiempo y un obstáculo, completamente insoportable, en el camino hacia su meta. Su indomable voluntad ayudaba al organismo, quebrantado, a sobreponerse a la dolencia.
Apenas repuesto, Nikolái ponía de nuevo a prueba su firmeza y escribía una carta "de su puño y letra''. Me lo imaginé tendido a la densa sombra del roble, sin querer siquiera pensar en el descanso, dictando horas y más horas a sus secretarios voluntarios. Tenía la frente perlada de sudor, sus tupidas cejas se movían con excitación, los párpados le temblaban, y sus finos dedos pellizcaban la manta. Tosía a menudo, estaba ya cansado de dictar, pero su mente, anhelosa de trabajo después de los "días perdidos" por causa de la enfermedad, tendía ansiosamente a recuperar las jornadas de inactividad forzosa. La frente le ardía, el corazón se le quedaba en suspenso: veía el campo de batalla, la tierra trepidaba, estremecida por los cascos de los fogosos caballos, y los intrépidos jinetes volaban como un torbellino, aniquxlando a los enemigos del pueblo trabajador. Nikolái Ostrovski veía el Moscú de los primeros años de construcción pacífica, el Congreso del Komsomol en el Gran Teatro y los encuentros con los amigos de combate.
13"De prisa, de prisa... Me apresuro a vivir..."
La publicación del segundo libro de "Así se templó el acero" se inició en el número de "La Joven Guardia" correspondiente a enero de 1933.
Las cartas de aquella época evidencian que Nikolái pagó el "despliegue de la ofensiva" muy caro, con cada gota de su sangre, con todos sus nervios.
"Me dedico al estudio. Solo me resulta difícil. No dispongo de los libros necesarios. No hay gente calificada, pero, de todos modos, me doy cuenta de que se ensancha mucho el marco de mi diminuta experiencia y aumenta mi bagaje cultural... ¿Cómo he vivido los tres últimos meses? He quitado mucho tiempo al estudio de la literatura para entregarlo a la juventud. De un artesano solitario me he convertido en un hombre de masas. En mi casa se celebran reuniones del Buró del Comité. Dirijo un círculo de activistas del partido y soy el presidente del consejo distrital de cultura. Resumiendo, me he acercado a la labor práctica del partido y soy ya un muchacho útil. Verdad es que consumo muchas energías, pero, en compensación, la vida es más alegre. Me rodean los komsomoles.
He organizado un círculo literario y lo dirijo lo mejor que puedo. El Comité del Partido y el del Komsomol prestan una gran atención a mi trabajo. Los activistas del partido me visitan con frecuencia. Percibo el pulso de la vida. He sacrificado conscientemente estos meses a la práctica local para palpar lo del día de hoy, lo actual".
Más adelante decía:
"No obstante, leo mucho. He leído "La piel de zapa'', de Balzac, ``Recuerdos'', de V. N. Fígner, ``Preludio'', de Guerman, "El último de los udegués'', "Peldaño abrupto'', "Anna Karénina'', "Herencia literaria'', todos los números de "Crítica literaria'', "Nido de hidalgos'', de Turguénev, etc.".
Un camarada a quien di a leer la carta —no recuerdo quién— exclamó atónito:
— Oye, ¡pero si es un héroe! Si no supiera quién escribe, creería que se trata de un joven con una salud a prueba de bomba.
Cuan grave fue su enfermedad lo supimos más tarde. A comienzos de 1934 escribió:
14".. .He estado a punto de morir... Durante todo un mes se desarrolló una lucha enconada. Ahora todo eso ha quedado atrás y recupero fuerzas día tras día.. ."
La novela "Así se templó el acero" se iba haciendo más y más popular entre las masas de lectores, y Ostrovski recibía cada día más cartas en las que le decían que era muy difícil conseguir su libro.
"Camarada Anna: Quiero pediros a ti y a Mark Kólosov que ayudéis a hacer una edición masiva del libro. Recibo decenas de cartas de las organizaciones del Komsomol de Ucrania y de otras regiones. En todas se quejan de lo mismo: el libro no se puede conseguir, se ha sumergido en el mar de lectores. Casi todos leen la novela en la revista "J.G.''. Un ejemplo: en la ciudad de Shepetovka no hay ni un solo ejemplar del libro".
La novela no sólo adquirió gran difusión, sino que era popular en el verdadero sentido de la palabra-. La solicitaban en todas las bibliotecas, se hablaba de ella en todas las reuniones juveniles, y sus personajes eran los más queridos.
Los visitantes acudían en verdadera peregrinación a la casita de Nikolái Ostrovski en Sochi, en la calle Oréjovaya. Miles de personas entraban en el pequeño jardín en el que yacía el escritor. Cuando fui a verle en octubre de 1934, me dijo, con su habitual humor:
— ¿Sabes?, como escritor tengo una suerte loca: como ves, no tengo que ir en busca de héroes, ellos mismos vienen a verme. Mi única desgracia es que no puedo verlos. Pero eso hace que los sienta con mucha mayor fuerza y me emocione más su presencia. Por otra parte, puedes estar bien segura de que no se me escapa nada interesante.
Oigo hablar de su trabajo a multitud de personas: metalúrgicos, mineros, fundidores de acero, electricistas, maquinistas de locomotora, fogoneros, contadores, maestros, actores y pintores. ¡Y qué gente tan magnífica dirige nuestros koljoses!.. . ¡Hay jefes de equipo koljosianos que le muestran a uno la vida como si la tuvieran en la palma de la mano! ¡Qué caracteres! El alma rebosa de gozo al ver los conocimientos y la experiencia de la vida que poseen. ..
El realista, el hombre entregado al trabajo práctico 15 hablaba siempre en él, pues no en vano había pasado en su vida por una escuela tan dura. Al mismo tiempo que señalaba con júbilo y orgullo todo bello rasgo de los demás, percibía con mucha mayor agudeza que muchos videntes toda mezquindad de espíritu. La chabacanería, la estulticia y la vanidad, en todas sus manifestaciones, le ofendían como si las sufriera directamente.
En una carta del año 1934 comentaba:
".. .Aunque, a decir verdad, mi vida es ahora mucho más alegre y ``feliz'' que la de muchos que vienen a verme, seguramente, por curiosidad. Poseen un cuerpo sano, pero su vida es incolora y triste. Aunque sus ojos ven, su mirada es indiferente y, sin duda, aburrida. Seguramente me creen infeliz y se dicen: "No quiera Dios que i me vea en su sitio'', pero yo pienso en su indigencia y en que por nada del mundo me cambiaría por ellos".
¿Qué se puede añadir a estas líneas tan elocuentes?
Antes, decía ya: "el día me resulta corto''. Comenzaba siempre la jornada acariciando planes, lleno de desbordante energía, optimismo y noble tesón.
Era difícil, no digo ya quebrantar, sino hacer vacilar en él, por poco que fuera, aquella fuerza de la vida. Si sufría algún contratiempo, los amigos siempre se enteraban por casualidad, pasado ya algún tiempo.
Nikolái ansiaba regresar a Moscú para estar más cerca de sus amigos.del campo literario, de las fuentes de información y de las consultas que necesitaba y para ponerse a escribir su nueva novela, "Nacidos de la tempestad".
A comienzos de diciembre de 1935, logramos que destinaran a Nikolái un apartamento en la calle de Gorki, 40.
A pesar de nuestras amistosas represiones, Nikolái "no se apeaba del burro'', como decíamos en broma: trabajaba quince horas diarias, derrochaba gran cantidad de energías en el trato con multitud de personas y dormía poco. Cuando, durante mi última visita a Sochi, lo "reprendí" por ello, imprimió a su rostro una cómica expresión de culpabilidad, se puso a suspirar y balbuceó excusas absurdas.
Por unos instantes conservé la seriedad, pero acabé soltando la carcajada, y todo mi sermón se perdió en vano.
— Ya ves que soy incorregible —dijo Nikolái.
16Pero la tensión y el derroche de energías trajeron sus consecuencias: en agosto de 1935, la salud de Nikolái empeoró mucho súbitamente.
"Por mi tenacidad, la vida me devolvió una felicidad inmensa, maravillosa, magnífica, y olvidé todas las advertencias y amenazas de mis esculapios. Me olvidé de que mis fuerzas físicas son muy exiguas. Una vertiginosa cadena sin fin humana: jóvenes komsomoles, personas destacadas de las fábricas y las minas, heroicos constructores de nuestra felicidad, atraídos hacia mí por "Así se templó el acero'', reanimaron el fuego, que parecía extinguirse. Y de nuevo volví a ser un apasionado agitador y propagandista. Olvidaba a menudo hasta mi puesto en la formación, en el que se me había ordenado que trabajara más con la pluma que con la lengua.
La salud pérfida, traicionó otra vez: rodé inesperadamente al borde de un peligroso abismo.
A pesar del peligro, no pereceré tampoco esta vez, aunque sólo sea porque no he cumplido aún la tarea que me ha marcado el Partido. Mi deber es escribir "Nacidos de la tempestad''. Y no sólo escribirlo, sino poner en el libro todo el fuego de mi corazón. Debo escribir el guión de la versión cinematográfica de "Así se templó el acero''. He de escribir un libro para los niños: "La infancia de Pavka''. Y escribiré sin falta una obra acerca de la dicha de Pável Korchaguin. Eso, trabajando intensamente, me llevará cinco años. Por eso debo orientarme a vivir esos cinco años, como mínimo. ¿Te sonríes? Mira, no hay más remedio. Los médicos se sonríen también, con desconcierto y asombro. No obstante, el deber está por encima de todo. Así que me pronuncio por cinco años más, como mínimo. Dime, Anna, ¿dónde encontrarás un loco que auiera marcharse de la vida en una época tan maraviosa como la nuestra?
Quiero regresar a Moscú en otoño... Saludos a todos los amigos de "La Joven Guardia" ".
En su carta, nuestro amigo se equivocó en una sola cosa: ¡Ni siquiera me pasó por la cabeza "sonreír"! La vitalidad y la fuerza de resistencia eran en él tan grandes, y su optimismo tan contagioso, que no abrigué ninguna duda de que cumpliría su plan "mínimo''. Así sería, sin falta. ¿Podía, acaso, ocurrir lo contrario?
17En noviembre de 1935, recibí una carta de Nikolái en la que me anunciaba muy contento:
".. .Dentro de unos días vendrá un miembro del gobierno para hacerme entrega de la orden. Eso retrasará mi partida. Además, todavía tengo que obtener la autorización médica para trasladarme a Moscú, ya que me siento algo indispuesto otra vez. Cuando todo se ponga en claro te escribiré con detalle y te diré la fecha exacta".
Nos afanábamos para preparar el apartamento que Nikolái había de ocupar en la calle de Gorki, 40.
Un buen día, en medio del ajetreo y las prisas habituales de la jornada en la. redacción, me dijeron que me llamaban por teléfono desde Sochi. En la calle soplaba la nevasca. El viento ululaba en la chimenea, de algún sitio llegaban música, silbos y chasquidos, toda una mezcolanza cacofónica de vagos sonidos y voces.
De pronto, la voz sorda y profunda de Kolia Ostrovski vibró joven, clara y tan cercana como si me estuviese hablando desde Arbat:
— Sí, sí... Salgo para Moscú... Llegaré el 11 de diciembre. En cuanto nos veamos celebraremos en el vagón mismo una reunión del "Estado Mayor Central"... Me contarás todas tus novedades y yo te pondré al corriente de las mías... ¡Trabajo que no quieres ver!...
Recuerdo el 11 de diciembre, aquel día invernal en el que un. pequeño grupo de camaradas fuimos a Sérpujov para recibir allí a Kolia Ostrovski. Nevaba. La locomotora, alta y vocinglera, irrumpió de pronto en la espesa niebla.
Cuando el tren se detuvo, nos precipitamos hacia un vagón oficial verde claro. Una mujer joven y carirredonda saltó al andén.
— Diga, ¿va en este vagón Nikolái Ostrovski?
— Sí, en este vagón —respondió, sonriente, la mujer.
__NOTE__ This paragraph was NOT included in OCR output, but should have been included. (2006.02.01) __NOTE__ OCR output inserted a paragraph after "oscuro" below, which did not belong. (2006.02.01)El compartimento en el que yacía Kolia estaba oscuro y caliente.
La débil luz del pasillo proyectaba en el rostro de nuestro amigo unas sombras azulosas. Kolia parecía haber adelgazado, pero se reía tan contagiosamente, sus dientes brillaban tanto y su cara flaca, de finas facciones, era tan expresiva, que, como siempre, me olvidé de su enfermedad.
18— ¡Aquí tenéis a un soldado que se reincorpora a filas! —dijo en broma Nikolái, pero en su voz percibí una nota de jubiloso orgullo.
Nos habló de sus encuentros con los jóvenes durante el viaje.
Aprovechando unos instantes en que nos quedamos solos, me dijo con voz entrecortada:
— No puedes imaginarte cuan grande era mi deseo de ver las caras de esos maravillosos jóvenes... ¡Sentía con tanta fuerza su presencia, me eran tan cercanos y queridos, que, a veces, me parecía que los estaba viendo!... Naturalmente, en aquellos instantes pensaba que no había mozo más feliz que yo. Pero, si los hubiese visto, habría podido expresar con mayor fuerza a mis queridos komsomoles todo el cariño que les tengo.
Traté de imprimir un giro distinto a la conversación, pero Kolia movió las cejas con expresión tenaz: por lo visto quería acabar de expresar sus pensamientos.
— ¡Anda y entiende, a veces, la sicología de los médicos! —continuó, y una sonrisa irónica y paciente a la vez apareció fugaz en sus labios—. Resulta que a un ciego se le puede hacer una operación para que vea cinco o seis días, pero no más... Creo que se llama resección de la pupila. En fin, no es eso lo importante. Naturalmente, he renunciado a ese favor. La gente no comprende que con esas cosas no me empuja adelante, sino atrás. He sabido sobreponerme a todas las emociones negativas relacionadas con mi ceguera, pero los médicos, movidos por su amor al hombre, están dispuestos a donarme sufrimientos todavía mayores. Veros a todos vosotros, queridos amigos, y luego, ¿qué?... No; yo he vencido la oscuridad, me he habituado a vivir despreciando esa tara física, por lo tanto, queridos camaradas médicos, no me creéis sobrecargas complementarias.
Durante el camino lo dejamos solo varias veces, paita no fatigarlo. Pero, mientras conversábamos en el pasillo, del oscuro compartimento nos llegaba de vez en cuando alguna palabra alegre e ingeniosa, intercalada siempre muy a propósito.
Días después nos vimos en el nuevo apartamento de Kolia.
19En la espaciosa habitación, de techo muy alto, hacía calor: dos grandes estufas eléctricas mantenían allí la temperatura del mediodía estival: unos veinticinco o veintiséis grados sobre cero.
Kolia vestía una camisa ucraniana blanca, con bordados, y, como siempre, yacía sobre altas almohadas. Nunca le había visto con tan buen aspecto. La camisa aquella le favorecía mucho. Un leve rubor teñía sus chupadas mejillas; su sedoso pelo castaño se ondulaba sobre la despejada frente; los dientes le brillaban, y una sonrisa muy especial, reconcentrada y feliz, iluminaba su semblante. Todos los que nos hallábamos entonces en la habitación, sus amigos, que tanto cariño le teníamos, nos mirábamos unos a otros alegremente: tan grande, maravillosa e inagotable era la vitalidad reflejada en sus facciones.
La conversación se mantenía casi a gritos, salpicada de bromas. De pronto, uno de los presentes preguntó a Kolia si las visitas no armaban mucho ruido.
— ¡Qué va! ¡Hay que celebrar con alegría el estreno del nuevo apartamento! —respondió, riéndose...
En cierta ocasión pasé a verle por la tarde, cuando él acababa de terminar su jornada de trabajo... Vestía la habitual guerrera militar de paño y parecía fatigado. Le pregunté cuántas horas había trabajado aquel día.
— Poco, muy poco... —respondió, para engañarme, pero luego acabó confesando—: Unas diez horas. ¿No te parece bien? No sabes qué ansia sentía, cómo echaba de menos el trabajo... ¡Te juro que más que un enamorado a su novia!... Además, ya sabes tú lo que siente uno después del trabajo... La secretaria se marchó, me puse a pensar en la escena siguiente, y lo vi todo con tanta claridad, que me hubiese puesto otra vez a dictar... En tales instantes no hay persona más feliz que yo... Pero ¿no soy, acaso, un mozo feliz?... ¡Lo soy, ya lo creo!...
Recordó que, en cierta ocasión, estando en Sochi, lo había visitado una periodista norteamericana.
— Se me agarró como una garrapata: dígame esto, explíqueme lo otro... ¡Era una individua la mar de latosa!. .. Luego quiso ``controlar'' el funcionamiento de mi corazón, mi estado de salud, etc., etc. Yo la escuchaba con toda paciencia, pero, al final, le pregunté para qué 20 quería tantos datos de mí, pecador. Se puso a divagar: "Sabe, por consideraciones de humanismo, de amor y compasión al prójimo...'' Comprendí que quería presentarme como un héroe, como un estoico apartado de las preocupaciones terrenas... y me entraron ganas de meterle una buena bronca... Pero me limité a decirle que no había que enfocar así la "descripción" de mi vida y le expliqué por qué me creía útil a la sociedad.
Nikolái no podía soportar la compasión ni, la condescendencia y no toleraba que se le tratara sentimentalmente, como a un enfermo. Se hubiera burlado duramente de cualquiera que se hubiese puesto a compadecerle lloriqueando. Pero era muy sensible y captaba en seguida el menor cambio de humor de sus familiares y amigos.
Conocía el secreto de dar ánimos a los demás. Al hacerlo, decía palabras muy sencillas, pero más fuertes que cualquier ardoroso discurso de simpatía. Procuraba poner en claro la razón de los disgustos de los demás y luego aconsejaba con palabras parcas, señalando con mucho tacto por qué, en su opinión, no había que criar mala sangre.
Esta capacidad de calar en todo objetiva y seriamente, pero con pasión, era una de sus mayores virtudes.
Todos los que le vieron, aunque sólo fuera una vez, saben cómo trabajaba. Siento mucho no haber estado en Moscú las semanas que antecedieron a su muerte. Sus secretarias me contaron con qué intensidad, pese a estar mortalmente enfermo, trabajó en los últimos días de su vida. Ellas se cansaban, escribiendo al dictado en dos y tres turnos, pero él no se daba punto de reposo, y, con la tenacidad de un combatiente, se apresuraba a dar fin a la primera parte de su novela "Nacidos de la tempestad''. Había prometido al Comité Central del Komsomol terminar la novela para mediados de diciembre, y cumplió su palabra.
Tenía el día rigurosamente programado. Por la mañana trabajaba con gran intensidad unas cuantas horas: dictaba a la secretaria y, luego, le hacía releer varias veces lo escrito... Seguía un breve descanso, para la comida, y, después, otra vez al trabajo. Luego venía la lectura de los periódicos y las novedades literarias o los clásicos. Le gustaba oír leer con expresividad. En su 21 rostro se reflejaba en tales ocasiones una atención concentrada e ingenua, casi infantil. Terminaba el día oyendo la radio: música y las noticias de última hora.
Un día, sus amigos oímos en su habitación un concierto que era algo así como un regalo de Radio Moscú. Lo componían obras que gustaban particularmente a Nikolái. Cuando el concierto terminó, dijo blanda y pensativamente:
— Ahí tenéis la felicidad... ¿Podía sospechar yo que alguna vez oiría un concierto dedicado a mí?, ¿eh?...
Después nos pusimos a charlar de música. Nikolái recordó que en la infancia se detenía a veces bajo las ventanas de las casas en las que tocaban el piano.
— Es un instrumento que siempre me atrajo y maravilló. Claro que yo no podía siquiera soñar en tener un piano, pero, cuando aprendí a tocar el acordeón, me sentía orgulloso de que mis manos hicieran sonar una u otra canción. ¡Qué cariño le tenía al acordeón!... En el frente no me separé de él... ¡Cómo ayuda la canción en el combate!
Se puso a recordar los "tristes años" en que trabajaba de ``chico'' en la cantina de la estación de su ciudad natal.
— Era un trabajo muy duro: trae esto, llévate lo otro, corre, vuela... Sí, veía la vida muy desde abajo, ¿sabes?, como se ven las botas sucias de los transeúntes por las ventanas de un sótano. ¡No podría contar la gente perdida que desfiló ante mis ojos!
La conversación pasó a las imágenes femeninas de "Nacidos de la tempestad''. Kolia se puso a hablar con mayor calor todavía que antes. Quería mostrar en la novela un amor y una amistad grandes, profundos, una actitud verdaderamente moral y humana hacia la mujer cantarada.
— Puede haber amistad sin amor, pero el amor sin amistad, sin camaradería, sin intereses comunes, es mezquino. .. Eso no es amor; es, simplemente, placer egoísta, un juguete. En fin, es cosa ya del pasado y lo puedo decir sin que sea jactancia: en mis mocedades, las chicas me miraban... pero, desgraciadamente, yo era tímido y torpe... Me miraba alguna Marusia o alguna Olesia, de 22 ojos azules o negros... Huelga decir cuan grato es mirarse en esos ojos...
Se rió larga y sordamente, entregándose por un instante a los recuerdos.
— ¿Sabes?... —dijo al cabo de unos instantes—. Tonia Tumánova me escribió una carta hace poco, es decir, no Tonia... En fin, ya me entiendes, la que fue el prototipo de Tonia. Imagínate, no me ha olvidado...
Nikolái se calló súbitamente y, durante unos minutos, guardó silencio y permaneció inmóvil, sumido en sus pensamientos; sus tupidas pestañas negras temblequeaban levemente. Luego, pareció sacudirse su ensimismamiento y se puso a hablar de Tonia Tumánova. No había tenido suerte. El ingeniero con el que se había casado resultó ser una persona débil y mala. Se separaron, y ella vivía sola. Era maestra, y sus dos hijos iban a la escuela.
— Era una chica buena y cordial, pero no valía para la lucha. Eso ocurría a muchos: no sabían luchar por la causa común y no lograron encarrilar su vida.
Un día, apenas vi a Nikolái, me di cuenta de que estaba muy pálido y parecía sentirse indispuesto. Después de "cerrarse a la banda" por cierto tiempo, respondió a mi insistente pregunta:
— Me duelen los ojos... Por lo visto debe ser una inflamación. Sobre todo me duele el ojo derecho, me vuelve loco... ¿Nunca se te ha metido en el ojo carbonilla? Pues mira, yo siento a veces como si tuviera el ojo lleno de ese maldito polvo... que se revuelve allí, y lastima el ojo, lo desgarra... Hace poco me vio un profesor...
Guardó silencio unos instantes, dejó escapar una tos seca y continuó con voz ahogada:
— Propone, para evitarme sufrimientos... extirparme los globos de los ojos... "¿Qué? —le pregunté—, ¿me coserán los párpados o me pondrán ojos artificiales... de cristal?" ¡Fu!
Su rostro se crispó. Se mordió con fuerza el labio, cerró los ojos y pareció contraerse, como reuniendo todas sus fuerzas movido por el tenaz deseo de aguantar, de vencer el dolor.
— Le dije que yo debía pensar no sólo en mí, sino también en las personas con quienes me comunicaba... 23 —continuó Kolia, tras un penoso silencio—. "Mire, le dije, ¿cree que a mis amigos les agradará ver a un galán. .. con esos... ¡diablos!... ojos artificiales?...'' ¡No puedo!... "No, le dije, por más que sufra a veces, me quedo con mis ojos, que, aunque ciegos, son negros. ¿Cierto?"
Sus dedos, finos, nerviosos, que siempre parecían hablai su propio lenguaje, apretaron mi mano. Lo que más temía yo en aquellos instantes era "ponerme llorona'', pues él no lo soportaba. Tomé en mis manos sus dedos fríos, como ateridos, y, bromeando, en el tono más tierno que pude, le dije que si fuera, por ejemplo, rojo como el cobre y narigudo como el chico del cuento de Perrault no le querríamos menos.
Se sonrió. Le gustaba bromear y sabía hacerlo, se alegraba de las chanzas de los demás y se reía tan contagiosamente, que sólo un hipocondríaco sin remedio habría podido permanecer impasible.
— Necesito tirar otros cinco años —decía sencilla y seriamente—, pues el segundo y el tercer libro de " Nacidos de la tempestad" suponen un trabajo colosal.
Guardó silencio unos instantes, exhaló un leve suspiro y dijo con aire soñador:
— Sí... habría que vivir otros cinco años... y luego... en fin... Si quedaba fuera de combate, por lo menos sabría que la ofensiva había triunfado.
``Ofensiva'', ``combate'', "tesón'', ``victoria'' y ``filas'' eran sus palabras predilectas, y las pronunciaba con mucho énfasis y pasión. Un día se lo dije. Se sonrió y frunció lentamente sus pobladas y largas cejas, como hacía siempre que se sumía en profundos y gratos pensamientos.
— ¿Cómo no me van a gustar esas palabras, cuando son para mí la expresión principal de la vida?....
Recuerdo qué dicha iluminaba su rostro cuando el Ministerio de Defensa le hizo entrega de la cartilla militar.
— ¡Me consideran un combatiente en filas!... No todo está perdido para mí...
En cierta ocasión hablamos de la amistad. De pronto, Kolia preguntó por qué Mark Kólosov y yo le visitábamos poco, relativamente. Había mucha gente que iba 24 a verle casi cada día. Le dije que no estimaba necesario visitarle a menudo, cada día. En primer lugar, no queríamos fatigarle, pues el trato con la gente consumía muchas energías físicas y espirituales. En segundo lugar, no queríamos quitar tiempo a otros, para quienes era muy útil tener relaciones con él, por ejemplo, los jóvenes. ¿Acaso lo importante era el número de visitas? El artista necesitaba incluso quedarse solo, meditar, pensar sin que nadie le estorbara, conversar con sus personajes vis a vis, por decirlo así. Para él, tales horas eran especialmente importantes y necesarias, ya que tenía que dedicarse a la creación artística "en compañía'', y eso era doblemente difícil, por no decir más. Teníamos en cuenta todas esas circunstancias y por ello seguiríamos ateniéndonos a nuestra costumbre de no prodigar las visitas. En cuanto a nuestra amistad y cariño, habíamos dado, en mi opinión, bastantes pruebas de ellos, ¿no era cierto?
— ¡Cierto, cierto! —confirmó emocionado.
La conversación no tardó en tomar otro giro. No recuerdo cómo pasó a versar sobre la vasta correspondencia de Nikolái. Se animó, recordó muchas cartas muy interesantes, originales documentos humanos que " alegraban el alma'', y, luego, me explicó que tenía bien ordenada toda su correspondencia.
— Si alguna vez tienes que revisar mis papeles, lo encontrarás todo con gran facilidad, cada papel tiene su sitio... Me gusta el orden, soy militar...
Todos los que le conocimos de cerca sentiremos siempre, al recordarle, la amargura de la pérdida irreparable, como si nos hubieran arrancado parte del corazón. La agudeza del dolor la mitigará el tiempo, naturalmente, pero su profundidad no amenguará nunca.
A Nikolái Ostrovski no se le puede olvidar. Nunca lo olvidarán sus amigos y nunca lo olvidarán millones de lectores. Jamás se borrará de la memoria su imagen, saturada de elevado valor y de fidelidad a la causa del socialismo. Era un hombre de raro encanto, y de una simpatía y una pureza verdaderamente conmovedoras.
1936
ANNA KARAVAEÜA
[25] __RUNNING_HEADER_RIGHT__— ¡Los que hayan estado'en mi casa a dar la lección antes de la fiesta, que se levanten!
El hombre de carnes flaccidas, negra sotana y pesada cruz colgando del cuello, miró amenazador a los alumnos.
Sus malignos ojillos parecían querer atravesar a los seis que se habían levantado de los bancos: cuatro niños y dos niñas. Los pequeños miraban con temor al hombre de la sotana.
— Vosotras, sentaos —indicó el pope a las niñas con un ademán.
Ellas se sentaron rápidamente, dejando escapar un suspiro de alivio.
Los ojillos del padre Vasili se concentraron en las cuatro figurillas que continuaban en pie.
— ¡Acercaos, palomitas!
El padre Vasili levantóse, apartó la silla y se aproximó a los muchachos, apretujados en un solo haz.
— ¿Quién de vosotros, malvados, fuma? Los cuatro respondieron quedamente:
— Nosotros no fumamos, padre. El rostro del pope se congestionó.
— Conque no fumáis, canallas, entonces ¿quién ha echado tabaco en la masa? ¡Ahora veremos si fumáis o no! ¡Volveos los bolsillos! ¡Ea, vivo! ¿Estáis sordos? ¡Volveos los bolsillos!
Tres de los niños comenzaron a poner sobre la mesa el contenido de sus bolsillos.
El pope escudriñaba atentamente las costuras, buscando el menor rastro de tabaco, pero no encontró nada, y la emprendió con el cuarto, un muchachito de ojos negros, camisa gris y pantalones azules, con remiendos en las rodillas.
— ¿Qué haces ahí parado como un pasmarote?
28 __RUNNING_HEADER_LEFT__ NIKOLAI OSTROVSKIEl niño de ojos negros, mirándole con odio contenido, respondió sordamente.
— No tengo bolsillos —pasó sus manos por las costuras del pantalón.
— ¡Ah, conque no tienes bolsillos! ¿Crees que no sé quién pudo hacer la marranada de estropearme la masa? ¿Te imaginas que ahora vas a continuar en la escuela? No, pichón, de ésta no escaparás de rositas. La vez pasada, tu madre, a fuerza de ruegos, pudo conseguir que quedaras aquí, pero ahora es la definitiva. ¡Fuera de la clase! —y agarrando cruelmente de la oreja al chiquillo, lo empujó al corredor y cerró la puerta tras él.
La clase quedó muda, expectante. Nadie comprendía por qué expulsaban a Pavka Korchaguin de la escuela. Sólo Seriozha Bruszhak, amigo y camarada de Pavka, le había visto espolvorear con tabaco la masa pascual del pope, cuando los seis alumnos retrasados en los estudios le esperaban en la cocina de su casa para dar las lecciones suplementarias.
Después de ser expulsado de la clase, Pavka se sentó en el último peldaño de la entrada. Pensaba en cómo presentarse en casa y qué decir a su madre, siempre tan diligente, que desde por la mañana hasta bien avanzada la noche trabajaba de cocinera en casa del inspector de arbitrios.
Las lágrimas le ahogaban.
"¿Qué voy a hacer ahora? Y todo por culpa de ese maldito pope. ¿Para qué diablos le echaría yo tabaco en la masa? Seriozha me incitó. "Venga —dijo—, echémosle tabaco en la masa a ese tío víbora''. Y se lo echamos. A Seriozha no le pasará nada, pero a mí, seguramente me expulsarán".
La enemistad con el padre Vasili databa ya de mucho tiempo. En cierta ocasión, Pavka se peleó con Mishka Levchukov y le castigaron a quedarse sin comer. Para que no hiciera diabluras en la clase vacía, el maestro llevó al travieso muchacho al grupo de los mayores, a la segunda clase. Pavka se sentó en el último banco.
El maestro —un hombre enjuto, con chaqueta negra— hablaba de la Tierra y de los astros. Pavka oía, con la boca abierta de asombro, que hacía ya muchos millones de años que existía la Tierra, y que las estrellas eran 29 __RUNNING_HEADER_RIGHT__ ASI SE TEMPLO EL ACERO semejantes a ella. Hasta tal punto quedó maravillado de lo oído, que sintió deseos de levantarse y decirle al profesor: "En la Historia Sagrada no está escrito así'', pero temió que ello le costara algún contratiempo desagradable.
En la lección de Historia Sagrada, el pope siempre daba a Pavka la nota de sobresaliente. El niño se sabía de carrerilla todos los himnos religiosos, el Nuevo y el Antiguo Testamento y lo que Dios había creado cada día. El muchacho decidió preguntar al padre Vasili. En la primera lección de Historia Sagrada, apenas el pope.se hubo sentado en el sillón, alzó la mano, y una vez recibido permiso para hablar, se levantó.
— Padre, ¿por qué dice el maestro de la clase de los mayores que la Tierra existe desde hace millones de años, y no cinco mil, como reza la Historia Sa... —e inmediatamente se cortó, asustado por el chillido del padre Vasili:
— ¿Qué estás hablando, canalla? ¡Así es cómo tú estudias la Historia Sagrada!
Sin que Pavka hubiera tenido tiempo de decir ni pío, el pope le agarró de ambas orejas y comenzó a golpearle la cabeza contra la pared. Un minuto más tarde, molido y lleno de miedo, el muchacho fue arrojado al corredor.
La madre también propinó a Pavka una buena tunda.
Al día siguiente, la mujer fue a la escuela y, a fuerza de ruegos, logró que el padre Vasili readmitiera a su hijo. Desde aquel entonces, Pavka odiaba al pope con toda su alma. Le odiaba y le temía. Pavka, que no perdonaba a nadie los pequeños ultrajes recibidos, tampoco perdonó al pope la inmerecida paliza, y, lleno de rencor, encerróse en sí mismo.
El padre Vasili infirió al muchacho otros muchos pequeños agravios: lo sacaba al corredor por motivos fútiles, teníale semanas enteras en un rincón de la clase, y no le preguntaba la lección ni una sola vez. Por todo esto, antes de Pascua, Pavka tuvo que ir a examinarse con los atrasados en casa del pope. Allí en la cocina fue precisamente donde el muchacho espolvoreó con tabaco la masa de la mona de Pascua.
Aunque nadie le había visto, el pope supo en seguida quién había sido el autor de la jugarreta.
30.. .La lección terminó, los niños salieron corriendo al patio y rodearon a Pavka, que callaba sombrío. Seriozha Bruszhak no salió de la clase; sentíase también culpable, pero no podía hacer nada en favor de su compañero.
Por la abierta ventana de la sala de profesores asomó la cabeza de Efrem Vasílievich, director de la escuela, y su gruesa voz de bajo hizo estremecerse a Pavka.
— ¡Decidle a Korchaguin que se presente a mí inmediatamente!
Y Pavka, con el corazón palpitante, dirigióse hacia la sala de profesores.
__b_b_b__El dueño de la fonda de la estación —un hombre viejo y pálido, con ojos de un color incierto— echó una rápida mirada a Pavka, que se encontraba un poco apartado.
— ¿Cuántos años tiene?
— Doce —respondió la madre.
— Bueno, que se quede. Las condiciones son: ocho rublos al mes y la comida los días de trabajo. Trabajará un día sí y otro no; además, no debe robar.
— ¿Pero qué dice usted? No robará, se lo aseguro —dijo asustada la madre.
— Bueno, que comience hoy mismo a trabajar — ordenó el amo, y volviéndose a la dependienta, que se encontraba a su lado, tras el mostrador, le dijo—: Zina, acompaña al muchacho al fregadero, dile a Frósenka que le dé el trabajo que hacía Grishka.
La dependienta dejó sobre el mostrador el cuchillo con el que estaba cortando jamón, con un movimiento de cabeza indicó a Pavka que la siguiera y atravesó el comedor en dirección a la puerta lateral que conducía al fregadero. Pavka caminaba tras ella. La madre le acompañaba presurosa, cuchicheándole de prisa:
— Pórtate bien, Pavlusha, no me hagas quedar mal.
Y, siguiendo al hijo con una triste mirada, encaminóse hacia la salida.
En el fregadero se trabajaba febrilmente: sobre la mesa de cocina se elevaba una verdadera montaña de 31 platos, tenedores y cuchillos, que varias mujeres secaban con paños echados al hombro.
Un muchacho de cabellos rojizos y alborotados, algo mayor que Pavka, afanábase en atender dos enormes samovares.
El fregadero estaba lleno del vapor que despedía la gran tina con agua caliente en que se fregaba la vajilla. Al principio, Pavka no pudo distinguir los rostros de las mujeres que allí trabajaban. Y permaneció de pie sin saber qué hacer ni en dónde meterse.
La dependienta Zina se acercó a una de las mujeres que fregaban la vajilla y, poniéndole la mano sobre el hombro le dijo:
— Aquí tienes, Frósenka, a un nuevo chico en sustitución de Grishka. Explícale lo que hay que hacer.
Dirigiéndose a Pavka y señalando a la mujer a quien acababa de dar el nombre de Frósenka, agregó:
— Esta es la jefa. Haz cuanto ella te diga. —Y, volviéndose, se dirigió hacia el comedor.
— Bueno —respondió en voz baja Pavka y miró interrogante a Frosia. Esta, enjugándose el sudor de la frente, le miró de arriba abajo, como apreciando sus cualidades, y, subiéndose la manga, que se había resbalado más abajo del codo, dijo con voz sonora y extraordinariamente agradable:
— Tu trabajo, querido, no es nada difícil; consiste en alimentar esta caldera desde por la mañana, y debes procurar que en ella haya siempre agua hirviendo. Como es natural, tienes que partir la leña; y esos samovares, que ves ahí, también corren a tu cargo. Después, cuando sea necesario, limpiarás cuchillos y tenedores, y tirarás el agua sucia. Trabajo basta, querido, hasta para sudar la gota gorda —dijo la mujer, recargando el acento en la ``a'' con el dejo peculiar de la gente de Kostromá. Esto y su rostro subido de color con su chata naricilla, hicieron que Pavka se sintiera más alegre.
"Se ve que es una buena mujer'', decidió Pavka para su coleto y, animándose, se dirigió a Frosia.
— ¿Y qué debo hacer ahora, tía?
Lo dijo y quedó cortado. La explosión de risa de las mujeres que trabajaban en el fregadero ahogó sus últimas palabras.
32— ¡Ja-ja-ja!... A Frósenka le ha salido un sobrino...
— ¡Ja-ja! —reía Frosia más fuerte que las otras.
A causa del vapor, Pavka no había podido ver bien el rostro de Frosia, que sólo tenía dieciocho abriles.
Ya completamente turbado, se volvió hacia el muchacho de los samovares y preguntó:
— ¿Qué debo hacer ahora?
Pero el chico cogió la pregunta con sofocada risa:
— Pregúntaselo a la tía, ella te lo dirá todo, como un libro; yo estoy aquí de paso. —Y, dándole la espalda, corrió hacia la puerta que conducía a la cocina.
— Ven aquí, ayuda a secar los tenedores —oyó Pavka a una de las mujeres, ya entrada en años, que estaba fregando.
— ¿A qué vienen esos relinchos? ¿Qué de particular ha dicho el chico? Toma—ordenó a Pavka, dándole un paño—, sujeta una punta con los dientes y la otra con una mano, de manera que quede bien tirante, y pasa las púas del tenedor por el borde del paño, procurando que no quede ni rastro de suciedad. Aquí son muy rigurosos en esto. Los señores examinan los tenedores, y si los encuentran sucios, la dueña, en un dos por tres, te pone de patitas en la calle.
— ¿Cómo la dueña? —dijo Pavka, sin comprender—. Si aquí es el dueño quien me ha admitido.
La fregona rompió a reír.
— Aquí el dueño, hijito, no pinta nada, es un trasto viejo. La dueña es la cabeza de todo el negocio. Hoy no está, pero... ya lo verás cuando lleves unos días trabajando.
La puerta del fregadero se abrió y entraron tres camareros con montones de vajilla sucia.
Uno de ellos, ancho de espaldas, bizco, de cara grande y angulosa, apremió:
— ¡Vivo, vivo! Va a llegar el tren de las 12, y vosotros estáis remoloneando.
Y mirando a Pavka, inquirió:
— ¿Quién es éste?
— Es el chico nuevo —respondió Frosia.
— ¡Ah, el chico nuevo! —dijo—. Pues mira —su pesada mano cayó sobre el hombro de Pavka y le empujó hacia los samovares—, siempre debes tenerlos listos, y, 33 como ves, el uno se ha apagado y el otro apenas respira. Por hoy, pase, pero si se repite mañana, te daré en los hocicos. ¿Comprendes?
Sin responder palabra, Pavka la emprendió con los samovares.
Así comenzó su vida de trabajador. Pavka nunca se había esmerado tanto como en aquel su primer día de trabajo. Comprendió que allí no estaba en casa, donde se podía desobedecer a la madre. El bizco le había dicho claro que, si no obedecía, le rompería los hocicos.
Saltaban chispas de los barrigudos samovares, de cuatro cubos de capacidad, cuando Pavka soplaba en ellos utilizando, a guisa de fuelle, su bota colocada sobre el tubo de la chimenea. Agarrando los cubos con las inmundicias, volaba al basurero, echaba leña a la caldera del agua, ponía a secar en los hirvientes samovares los paños mojados, hacía cuanto le mandaban. Bien entrada la noche, Pavka, cansado, bajó a la cocina. La vieja fregatriz Anisia, mirando a la puerta que se había cerrado tras de Pavka, dijo:
— Vaya un chico más raro; se agita como un loco. Se ve que lo han enviado a trabajar por necesidad.
— Es un chaval diligente —dijo Frosia—, no hay que arrearle para que trabaje.
— Pronto se cansará —respondió Lusha—, al principio todos se esmeran...
A las siete de la mañana, agotado por la noche de insomnio y el interminable ajetreo, Pavka entregó los samovares hirviendo al chico de turno, un muchacho mofletudo y de ojillos descarados.
Después de asegurarse de que todo estaba en orden y de que los samovares hervían, el muchacho hundió las manos en los bolsillos, escupió por entre los dientes, y con aires de desdeñosa superioridad, mirando a Pavka con sus ojos albinos, dijo en un tono que no admitía objeciones:
— ¡Eh, tú, papanatas! Mañana ven a relevarme a las seis.
— ¿Por qué a las seis? —preguntó Pavka—. El relevo es a las siete.
— Los que hayan de relevarse, que se releven, pero tú ven a las seis. Y si le das demasiado a la sinhueso, 34 te voy a poner un ojo a la funerala. ¡Valiente títere, acaba de entrar a trabajar y ya está dándose tono!
Las fregatrices que habían entregado el trabajo observaban con interés la conversación de los dos chicos. El tono insolente y la conducta provocadora del muchacho enfurecieron a Pavka. Dio un paso hacia su compañero de faena, disponiéndose a alumbrarle una buena bofetada, pero el miedo a ser despedido, ya en el primer día, le contuvo. Ensombreciéndose, dijo:
— Cuidadito con meterte conmigo, pues te vas a quemar los dedos. Mañana vendré a las siete, y sé pegarme tan bien como tú; conque, si quieres probar, estoy a tu disposición.
Su adversario dio un paso atrás, retrocediendo hacia la caldera y mirando con asombro al enfurecido Pavka. No esperaba una réplica tan categórica, por lo que se desconcertó un poco.
— Bueno, eso lo veremos —masculló.
El primer día había terminado sin novedad, y Pavka se dirigió a casa con el sentimiento del hombre que se ha ganado honradamente su descanso. Ahora, también él trabajaba, y nadie le diría que era un zángano.
El sol matinal se elevaba perezoso por detrás de la mole de la serrería mecánica. Pronto se vería la casita de Pavka, situada a continuación de la finca de Leschinski.
"Seguramente, se ha levantado ya mi madre, y yo regreso del trabajo'', pensó Pavka, y apretó el paso, silbando. "No ha resultado tan mal el que me hayan echado de la escuela. De todas formas, el maldito pope no me hubiera dejado vivir, y ahora puedo reírme de él'', razonaba Pavka, mientras se acercaba a casa. Al abrir el postigo, recordó: "Y a ese tipo de las cejas blancas le tengo, sin falta, que romper la cara".
La madre trajinaba por el patio, atareada con el samovar. Al ver a su hijo, le preguntó inquieta:
— ¿Qué tal?
— Bien —respondió Pavka.
La madre quería prevenirle algo. Pavka comprendió: en la ventana del cuarto, abierta de par en par, se veía la ancha espalda de su hermano Artiom.
— ¿Cómo, ha venido Artiom? —preguntó confuso.
35— Llegó ayer y va a quedarse aquí. Trabajará en el depósito de máquinas.
Pavka, un poco cohibido, abrió la puerta de la habitación.
La enorme figura que estaba sentada a la mesa, de espaldas a él, se volvió, y por debajo de las cejas, negras y pobladas, los severos ojos del hermano miraron a Pavka.
— ¡Ah, ha llegado el tabaquero! ¡Bien, bien, salud! La conversación con su hermano no auguraba a Pavka nada bueno.
"Artiom ya lo sabe todo —pensó Pavka—. Artiom puede reñirme y zurrarme la badana".
Pavka temía un poco a Artiom.
Mas, por lo visto, el hermano mayor no estaba en plan de pelea; sentado en el taburete y acodado sobre la mesa, tenía clavados en Pavka sus ojos, que miraban entre burlones y despectivos.
— ¿Así pues, dices que ya has terminado los estudios en la universidad, has dominado toda la ciencia y ahora te dedicas a quitar basura? —dijo Artiom.
Pavka fijó sus ojos en la tabla agrietada del piso, examinando atentamente la cabeza de un clavo que sobresalía; pero Artiom se levantó y dirigióse a la cocina.
"Según parece, de ésta escaparé sin cataplasmas'', pensó Pavka, lanzando un suspiro de alivio.
Mientras bebían té, Artiom preguntó tranquilamente a su hermano lo ocurrido en la clase.
Pavka se lo contó todo.
— ¿Y qué va a ser de ti en adelante, si continúas siendo tan sinvergüenza? —dijo con pena la madre—. ¿Qué vamos a hacer con él? ¿A quién habrá salido? ¡Dios mío, cuánto me ha hecho sufrir este muchacho! —se lamentaba.
Artiom, apartando la taza vacía, dijo a Pavka.
— Bien, hermanito. Ya que la cosa ha sido así, ándate con ojo, no hagas pillerías en el trabajo, y cumple todo lo que haga falta, porque si te echan de ahí te pondré la cara como un mapa. Recuérdalo. Basta ya de hacer rabiar a la madre. Dondequiera, diablos, que te metes, siempre la lías; en todas partes haces de las tuyas. Pero ahora, basta ya. Trabajarás un añito, y pediré que te tomen de aprendiz en el depósito de máquinas; porque en 36 aquellas basuras no te harás un hombre. Hay que aprender un oficio. Eres aún pequeño, pero dentro de un año lo pediré, y quizás te admitan. Yo me traslado aquí y aquí trabajaré. Mamá no servirá más. Ya ha doblado bastante el espinazo delante de toda clase de canallas, pero tú ten cuidado, Pavka, sé un hombre.
Se levantó, irguiéndose en toda su enorme estatura, se puso la chaqueta que colgaba del respaldo de la silla y dijo a la madre:
— Me voy, por una horilla, a solucionar unos asuntos. —E indinándose al cruzar el umbral, salió.
Ya en el patío, anunció a Pavka, al pasar por la ventana:
— Te he traído unas botas y una.navaja; la madre te las dará.
__b_b_b__La fonda de la estación estaba abierta noche y día.
En el nudo ferroviario se cruzaban seis líneas. La estación hallábase siempre abarrotada de viajeros, y sólo por dos o tres horas —durante la noche, en el intervalo entre dos trenes— se apaciguaba el movimiento. Allí convergían y se separaban en diferentes direcciones centenares de trenes militares. Llegaban del frente e iban para él. De allá, con hombres mutilados y destrozados; para allá, con un torrente de gente nueva enfundada en monótonos capotes grises.
Pavka se pasó dos años enfangado en aquel trabajo. La cocina y el'fregadero fue cuanto vio en los veinticuatro meses. En la enorme cocina del sótano bullía un trabajo febril. Se afanaban allí más de veinte personas. Diez camareros iban y venían del comedor a la cocina.
__b_b_b__Pavka ya no ganaba ocho rublos, sino diez. En aquellos dos años'había crecido, haciéndose más fuerte. Durante dicho plazo le ocurrieron muchas peripecias. Habíase ahumado en la cocina, trabajando de pinche durante medio año, para ir a caer de nueve en el fregadero por haberle echado el todo poderoso jefe de cocina, a quien no le gustaba aquel muchacho intratable, del que, en cualquier momento, se podía esperar una cuchillada si 37 se le daba un capirotazo. Por ello le habrían despedido de la fonda hacía mucho, pero le salvaba su inagotable capacidad de trabajo. Pavka, sin cansarse, podía trabajar más que nadie.
En las horas de gran movimiento en la fonda, corría como un loco con las bandejas, saltando, de cuatro en cuatro o de cinco en cinco, los peldaños de la escalera de la cocina.
Por las noches, cuando cesaba la aglomeración en los dos comedores, los camareros se reunían abajo, en las pequeñas despensas de la cocina. Comenzaba un juego de azar desenfrenado, al ``punto'' y al ``nueve''. En más de una ocasión, había visto Pavka billetes sobre las mesas. Aquella cantidad de dinero no le asombraba, pues sabía que cada uno de los camareros, en sus horas de servicio, recibía de treinta a cuarenta rublos de propinas. De cincuenta en cincuenta kopeks, rublo a rublo, acumulaban esa cantidad. Y después se emborrachaban y se jugaban el dinero, porfiadamente, a las cartas. Pavka se irritaba contra ellos.
"¡Maldita canalla! —pensaba—. Ahí tienes a Artiom, mecánico-ajustador de primera, y gana cuarenta y ocho rublos al mes, y yo, diez, mientras que éstos se sacan otros tantos al día. ¿Y por qué? Sirven y retiran. Se lo beben y lo pierden a las cartas".
Pavka les consideraba, como a los dueños, extraños y hostiles. "Aquí, los muy bribones, trabajan de lacayos, mientras que sus mujeres e hijitos viven en las ciudades como los ricos".
A veces, traían a sus hijos vestidos con uniforme del liceo, y hasta a sus mujeres, que, a causa de la abundancia, eran orondas como toneles. "Y quizás tengan más dinero que aquellos señores a quienes sirven'', pensaba Pavka. Tampoco le extrañaba lo que ocurría por las noches en los rincones de la cocina y en las despensas de la fonda; Pavka sabía bien que todas las dependientas y fregonas trabajaban allí poco tiempo, a no ser que se vendieran por unos rublos a cuantos tenían poder y fuerza en el establecimiento.
Pavka pudo ver lo más profundo de la vida, su fondo, el pozo, y, ávido de todo lo nuevo y desconocido, percibió el hedor del moho, de la humedad cenagosa.
38Artiom no consiguió que su hermano entrara a trabajar de aprendiz en el depósito: no admitían a los menores de quince años. Pavka esperaba con impaciencia el día en que saldría de la fonda: el enorme y ahumado caserón de piedra le atraía.
Frecuentemente, iba allí a ver a Artiom, examinaba con él los vagones y trataba de ayudarle en algo.
Cuando Frosia se marchó del trabajo, terminó por dominarle el tedio.
Ya no estaba allí la muchacha riente y alegre. Y Pavka advirtió, con mayor agudeza, cuan grande era el afecto que le había tomado. Al llegar por la mañana al fregadero y oír los gritos regañones de las mujeres evacuadas, experimentaba cierta sensación de vacío y soledad.
Una noche, durante las horas de calma, mientras echaba leña a la caldera, Pavka se sentó en cuclillas frente a la abierta portezuela del fogón. Con los ojos entornados, miraba el fuego: ¡qué agradable era el cálido aliento del fogón! En el fregadero no había nadie.
Su pensamiento retornó de pronto a lo ocurrido a Frosia hacía poco, y ante sus ojos resurgió nítidamente la escena.
El sábado, durante el descanso de la noche, Pavka bajaba a la cocina. En un recodo, picado por la curiosidad, se encaramó a lo alto de la leña para mirar al interior de la despensa, donde, habitualmente, se reunían los jugadores.
El juego estaba en todo su apogeo. Salivánov, cárdeno de emoción, tenía la banca.
En la escalera resonaron unos pasos. Pavka volvió la cabeza y vio descender a Prójoshka. Pavka se metió debajo de la escalera, para esperar a que aquél entrara en la cocina. Bajo la escalera todo estaba sumido en la oscuridad, y Prójoshka no podía verle.
Prójoshka torció hacia abajo y Pavka vio su espalda ancha y su cabezota. Alguien más descendía con paso apresurado y ligero, y Pavka oyó una voz conocida:
— Prójoshka, espera.
Prójoshka se detuvo y, volviendo la cabeza, miró hacia arriba.
39— ¿Qué quieres? —gruñó.
Los pasos resonaron hacia abajo, y Pavka reconoció a Frosia.
La muchacha cogió de la manga al camarero y, con voz quebrada y contenida, le dijo:
— Prójoshka, ¿dónde está el dinero que te dio el teniente?
Prójor retiró el brazo con brusquedad.
— ¿Qué? ¿El dinero? ¿Acaso no te lo he dado? — replicó con voz irritada y áspera.
— Pero él te dio trescientos rublos —en la voz de Frosia se percibían sollozos ahogados.
¿Trescientos rublos, dices? —profirió con sarcasmo Prójoshka—. ¿Y qué, quieres recibirlos? ¿No será demasiado caro, señorita, para una fregona? Me parece que con los cincuenta que te he dado, ya está bien. ¡Ni que fueras una marquesa! Incluso damas más finas, con instrucción, no cobran tanto. Da las gracias: has dormido con un hombre una noche y te has embolsado cincuenta rublos en plata. ¿Me crees idiota? Te daré aún unos diez o veinte rublos, y basta; y si no eres tonta, aún ganarás más: yo te recomendaré a otro. —Y pronunciando displicente las últimas palabras, Prójoshka volvió la espalda y se metió en la cocina.
— ¡Canalla, víbora! —le gritó Frosia al ver que se marchaba y, apoyándose en la leña, comenzó a sollozar ahogadamente.
Imposible describir los sentimientos que embargaron a Pavka, cuando en la oscuridad, de pie debajo de la escalera, oyó esta conversación y vio a Frosia, temblorosa, dándose de cabezazos contra los leños. Pavka no delató su presencia; agarrado convulsivamente a los soportes de hierro de la escalera, callaba, mas por su mente pasó con precisión y claridad:
"También a ésta la han vendido los malditos. ¡Ay, Frosia, Frosia!..."
El odio a Prójoshka, escondido en el fondo de su corazón, tornóse más fuerte y profundo, y todo cuanto le rodeaba le producía repugnancia, haciéndosele aborrecible. "¡Ah, si tuviera fuerza, mataría a ese granuja de una paliza! ¿Por qué no seré grande y forzudo como Artiom?"
Las llamitas del hogar surgían v se apagaban; 40 temblaban sus lengüecillas rojas, trenzándose en un largo bucle azulado. Y a Pavka le parecía que alguien, malicioso y burlón, le mostraba la lengua.
En el recinto remaba el silencio; tan sólo se oía el crepitar del fogón y el rítmico golpeteo de las gotas desprendidas del grifo.
Klimka acababa de dejar en el escurridor la última cacerola, que había fregado hasta sacarle brillo, y estaba enjugándose las manos. En la cocina no había nadie. El cocinero de turno y las cocineras dormían en el guardarropa. La cocina solía quedar en calma, por tres horas nocturnas, y Klimka siempre las pasaba arriba, con Pavka. El pinche había hecho muy buenas migas con el muchacho de negros ojos, encargado de la caldera. Una vez arriba, Klimka vio a Pavka, sentado en cuclillas ante el fogón abierto. Pavka percibió en la pared la sombra de la conocida figura desgreñada y dijo sin volverse:
— Siéntate, Klimka.
__NOTE__ Lots of bold to be deleted. (2006.02.01)El pinche se encaramó a los apilados leños, echóse sobre ellos, y mirando a Pavka, que continuaba sentado en silencio, sonrió:
— Qué, ¿estás haciendo brujerías con el fuego?
Pavka apartó con esfuerzo la mirada de las lengü ecillas rojas. Dos ojos enormes y brillantes se clavaron en Klimka. El pinche vio en ellos una tristeza muda. Era la primera vez que Klimka veía esta expresión en los ojos de su camarada.
— Qué extraño estás hoy, Pavka... —Y luego de permanecer callado unos instantes, preguntó—: ¿Te ha ocurrido algo?
Pavka se levantó y tomó asiento al lado de Klimka.
— No toe ha pasado nada —respondió con voz sorda—. Me es muy duro estar aquí, Klimka. —Y las manos que descansaban sobre sus rodillas se crisparon.
— ¿Qué te pasa hoy? —insistió Klimka, incorporándose ligeramente.
— ¿Dices que hoy? Siempre lo he estado, desde que vine a parar a este trabajo. ¡Fíjate en lo que se hace aquí! Trabajamos como camellos, y en señal de agradecimiento, te pega en la boca todo el que se le antoja, sin que tengas defensa de nadie. Los dueños nos alquilaron para que les prestáramos servicio a ellos, pero todo aquel que es lo 41 suficientemente fuerte para ello tiene derecho a zumbarnos. Pues aunque revientes, no puedes contentar a todos, y aquel a quien no has satisfecho, te sacude. Tú te esmeras para hacerlo todo como es debido, para que nadie pueda tomarla contigo, corres por todos lados, echando los bofes, pero, es igual, a alguien no le llevas las cosas a tiempo y éste te larga un par de pescozones. Klimka le interrumpió asustado:
— No grites así, puede entrar alguien y oírte. Pavka se levantó impetuoso:
— ¡Que me oigan! De todas formas me marcharé de aquí. Más vale quitar la nieve de la vía, mientras que esto... esto es un hoyo, todos son un atajo de ladrones. ¡Cuánto dinero tienen todos! Y a nosotros nos tratan como a bestias, con las muchachas hacen lo que les viene en gana; y la que es buena y no se entrega, la arrojan a la calle en un dos por tres. ¿Dónde van a meterse? Recluían evacuadas sin hogar y hambrientas. Ellas se agarran al cacho de pan; aquí, al menos, pueden comer, y por el hambre acceden a todo.
Pavka decía esto con tal cólera, que Klimka, temiendo que alguien oyera la conversación, se levantó de un salto y cerró la puerta de la cocina, mientras Pavka continuaba dando rienda suelta a la ira acumulada en su alma.
— Tú, Klimka, callas cuando te pegan. ¿Por qué callas?
Pavka se sentó en el taburete cercano a la mesa y, con aire de fatiga, apoyó la cabeza en la palma de la mano. Klimka echó leña al fuego y sentóse también junto a la mesa.
!
— ¿Hoy no vamos a leer? —preguntó a Pavka.
— No tenemos ningún libro —respondió Pavka—, el quiosco está cerrado.
— ¿Qué, acaso no venden hoy? —dijo Klimka asombrado.
— Los gendarmes se han llevado al vendedor. Han encontrado algo allí —replicó Pavka.
— ¿Por qué se lo han llevado?
— Dicen que por política.
Klimka miró a Pavka, sin comprender.
— ¿Y qué significa eso de política?
42Pavka se encogió de hombros.
— ¡El diablo sabe! Dicen que se llama política a todos los que van contra el zar.
Klimka se encogió asustado.
— ¿Acaso hay gente así?
— No sé —respondió Pavka.
La puerta se abrió, y Glasha, soñolienta, asomó al fregadero.
— ¿Por qué no dormís, muchachos? Podéis dar unas cabezadas, por una hora, hasta que llegue el tren. Vete, Pavka, yo cuidaré de la caldera.
__b_b_b__Pavka dejó de trabajar allí antes de lo que esperaba y de manera no prevista por él.
Un frío día de enero, Pavka, después de haber terminado su turno, disponíase a marchar a casa, pero el muchacho que tenía que relevarle no había aparecido. Fue a ver a la dueña y le dijo que se marchaba a casa, pero la mujer no le dejó. Pavka, cansado, tuvo que trabajar otro día entero, y a la noche no podía tenerse en pie. Durante el descanso, había que llenar las calderas y hacerlas hervir para la llegada del tren de las tres.
Pavka abrió el grifo: no había agua. Seguramente, la bomba no funcionaba. Dejó el grifo abierto, echóse sobre la leña y se durmió: el cansancio le había vencido.
Unos minutos más tarde, el grifo cloqueó y oyóse un gorgoteo; el agua empezó a caer en el depósito, llenólo hasta los bordes, lo rebasó y corrió por los baldosines del piso del fregadero, donde, como de ordinario, no había nadie. Cada vez caía más agua, inundando el piso y saliendo a la sala por debajo de la puerta.
Los arroyuelos corrían por detajo de los bártulos y maletas de los dormidos pasajeros. Nadie se dio cuenta de ello, y sólo cuando el agua hubo mojado a un pasajero que dormía en el suelo y éste se levantó de un salto, gritando, todos se abalanzaron a sus maletas, al tiempo que se formaba gran alboroto.
Y el agua subía y subía.
Prójoshka, que acababa de retirar la vajilla sucia de una de las mesas de la segunda sala, se lanzó embalado al oír los gritos de los pasajeros y. saltando los charcos, 43 corrió hacia la puerta y la abrió violentamente de par en par. El agua, contenida hasta entonces por la puerta, irrumpió con fuerza en la sala.
Aumentó el griterío. Los camareros de guardia corrieron al fregadero. Prójoshka se abalanzó sobre el dormido Pavka.
Uno tras otro, llovieron los golpes sobre la cabeza del muchacho, completamente atontado por el dolor.
A causa del sueño, Pavka no comprendía nada. En sus ojos surgían brillantes relámpagos, y un dolor agudo se extendía por todo su cuerpo.
Molido, se arrastró con dificultad hasta su casa.
Por la mañana, Artiom, sombrío y ceñudo, preguntó a Pavka sobre lo ocurrido.
Pavka le contó todo tal y como aconteciera.
— ¿Quién te ha pegado? —preguntó sordamente Artiom.
— Prójoshka.
— Bien, quédate en la cama.
Artiom se puso la pelliza y, sin pronunciar palabra, salió.
__b_b_b__— ¿Puedo ver al camarero Prójor? —preguntó a Glasha un obrero desconocido.
— Ahora entrará, espere —respondió la mujer.
La enorme figura se reclinó en el marco de la puerta.
— Está bien, esperaré.
Prójor, llevando en la bandeja toda una montaña de vajilla, empujó la puerta con el pie y entró en el fregadero.
— Ese es —dijo Glasha, señalando a Prójor.
Artiom avanzó unos pasos, y dejando caer pesadamente su mano sobre el hombro del camarero, le preguntó, mirándole a la cara:
— ¿Por qué has pegado a mi hermano, a Pavka?
Prójor quiso liberar su hombro, pero un puñetazo terrible le derribó por tierra; trató de levantarse, pero un segundo mazazo, más terrible aún que el primero, lo dejó clavado en el suelo.
Las mozas, asustadas, se apartaron a un lado con espanto.
44Artiom volvióse de espaldas y se dirigió a la salida.
Prójoshka se revolvía en el suelo, con la cara partida, bañada en sangre.
Artiom no regresó por la tarde del depósito de máquinas.
La madre se enteró de que estaba detenido en el cuartelillo de los gendarmes.
A los seis días, Artiom regresó a casa por la noche, cuando la madre dormía ya. Se acercó a Pavka, que estaba sentado en la cama, y le preguntó cariñoso.
— ¿Qué, hermanito, te has repuesto ya? —inquirió, sentándose á su lado—. Hay cosas peores. —Y, luego de unos instantes de silencio, añadió—: No tiene importancia, irás a la fábrica de electricidad: ya he hablado de ti. Allí aprenderás un oficio.
Pavka apretó fuertemente, con ambas manos, la enorme diestra de Artiom.
__b_b_b__ __ALPHA_LVL2__ Capítulo segundoEn la pequeña ciudad irrumpió, como un torbellino, la fulminante noticia: "¡Han echado al zar!"
Los vecinos no querían creerlo.
De un tren, llegado penosamente a través de la tormenta de nieve, saltaron al andén dos estudiantes, con fusiles terciados sobre los capotes, y un destacamento de soldados revolucionarios, con brazaletes rojos. Detuvieron a los gendarmes de la estación, a un viejo coronel y al jefe de la guarnición. Y en la ciudad se convencieron. Por las nevadas calles, en procesión interminable, millares de personas marcharon a la plaza.
Todos escuchaban con avidez las nuevas palabras: libertad, igualdad, fraternidad.
Pasaron los días bulliciosos, ebrios de excitación y de alegría. Llegó la calma, y sólo la bandera roja sobre el edificio del Ayuntamiento —donde se habían hecho los amos los mencheviques y los del Bund— hablaba del cambio operado. Todo lo demás continuó igual que antes.
A fines de invierno, acantonó en la pequeña ciudad un regimiento de caballería de la Guardia. Por la mañana iba en escuadrones a la estación, a la caza de desertores huidos del frente Suroeste.
45Los soldados de caballería de la Guardia, altos y fornidos, tenían cara de bien cebados. Los oficiales, príncipes y condes en su mayoría, llevaban áureas charreteras y en los pantalones de montar plateados ribetes; todo como en tiempos del zar, como si no hubiera habido revolución.
Para Pavka, Klimka y Seriozha Bruszhak tampoco había cambiado nada. Sus amos continuaban siendo los de antes. Sólo en el lluvioso mes de noviembre comenzó a ocurrir algo anormal. En la estación aparecieron hombres nuevos, en su mayoría soldados del frente, con el peregrino apodo de ``bolcheviques''.
Nadie sabía de dónde procedía aquel nombre tan sonoro e imponente.
A los de la Guardia les era difícil detener a los desertores del frente. Cada vez con mayor frecuencia saltaban los cristales de la estación, hechos añicos por disparos de fusil. Los hombres se desgajaban del frente en grupos enteros y, cuando se intentaba detenerles, se oponían a bayonetazo limpio. A principios de diciembre comenzaron a llegar por trenes enteros.
Los soldados de la Guardia invadieron la estación con el propósito de contener aquella avalancha, pero les quitaron las ganas con ráfagas de ametralladora. Hombres habituados a mirar cara a cara la muerte se volcaron de los vagones.
Los hombres grises del frente rechazaron hasta la ciudad a los soldados de la Guardia. Los rechazaron y volvieron a la estación, para continuar su camino convoy tras convoy.
__b_b_b__En la primavera del año 1918, los tres amigos volvían de casa de Seriozha Bruszhak, donde habían estado jugando a las cartas, al "sesenta y seis''. Por el camino torcieron hacia el jardín de Korchaguin. Se echaron en la hierba. Estaban aburridos. Todas las ocupaciones cotidianas les fastidiaban. Comenzaron a pensar en cómo pasar mejor el día. De pronto, a sus espaldas resonaron los cascos de un caballo, y en el camino hizo su aparición un jinete. El caballo salvó la cuneta que separaba la carretera de la empalizada del jardín. El jinete hizo una seña con la nagaika a Pavka y a Klimka, que estaban tumbados en la hierba:
— ¡Eh, chavales, acercaos!
46Pavka y Klimka se levantaron de un salto, y acercáronse corriendo a la empalizada. El jinete estaba todo lleno de polvo del camino, que cubría su gorra .echada para atrás, la guerrera caqui y los pantalones del mismo color. De su fuerte correaje de soldado colgaban un revólver y dos granadas alemanas.
— ¡Traedme un poco de agua, muchachos! —pidió el jinete, y, cuando Pavka hubo corrido a casa por el agua, se dirigió a Seriozha, que no le quitaba ojo—: Dime, muchachín, ¿qué poder hay en la ciudad?
Seriozha, presuroso, comenzó a contar al jinete todas las novedades.
— Hace ya dos semanas que no tenemos ningún poder. Nuestro único poder son las patrullas de autodefensa. Todos los vecinos salen, por turno, a guardar la ciudad durante las noches. ¿Y quién es usted? —preguntó el chico a su vez.
— Vaya, si sabes mucho, te harás pronto viejo — respondió el jinete, mientras una sonrisa retozaba en sus labios.
Pavka salió corriendo de la casa con una jarra de agua en las manos.
El jinete la apuró ávidamente, de un solo trago; luego devolvió la jarra a Pavka, tiró de las riendas y partió al galope, hacia la linde del pinar.
— ¿Quién será? —preguntó perlejo Pavka a Klimka.
— ¿Qué sé yo? —respondió éste, encogiéndose de hombros.
— Seguramente habrá otro nuevo cambio de poder. Por eso se largaron ayer los Leschinski. Si los ricos huyen, es porque van a venir los guerrilleros —así, rotundamente, con aplomo, explicó Seriozha este problema político.
Sus argumentos eran tan convincentes, que Pavka y Klimka coincidieron en el acto con él.
Antes de que los muchachos pudieran extenderse al particular, resonaron en la carretera cascos de caballo. Los tres se abalanzaron a la empalizada.
Del bosque, por detrás de la casa del inspector forestal, que apenas divisaban los muchachos, avanzaban gentes, carretas, y muy cerca, por la carretera, una quincena de hombres a caballo, con fusiles cruzados sobre la silla. En cabeza cabalgaban dos: uno de edad madura, con 47 guerrera caqui, correaje de oficial y prismáticos colgando sobre el pecho, y, a su lado, aquel que hacía unos instantes habían visto los chicos. El hombre maduro llevaba una cinta roja en la guerrera.
— ¿No te decía yo? —exclamó Seriozha, dando con el codo a Pavka en el costado—. Mira, una cinta roja. Son guerrilleros. ¡Que me quede ciego si no son guerrilleros!. .. —Y, gritando de alegría, saltó, como un pajarillo, por encima de la empalizada.
Ambos amigos le siguieron. Ahora los tres se encontraban en el borde de la carretera, mirando a los que se acercaban.
Los jinetes estaban ya próximos. El que conocía a los muchachos les saludó y, señalando con la nagaika la casa de los Leschinski, preguntó:
— ¿Quién vive en esa casa?
Pavka, esforzándose por no quedar a la zaga del caballo, le contaba:
— Ahí vivía el abogado Leschinski. Ayer huyó. Por lo visto, se asustó de ustedes...
— ¿Cómo sabes tú quienes somos? —preguntó sonriendo el hombre entrado en años.
Pavka, señalando a la cinta, dijo:
— ¿Y eso, qué es? Se ve a la legua...
Los vecinos se habían echado a la calle y miraban curiosos al destacamento que entraba en la ciudad. Nuestros amigos, desde la carretera, contemplaban también a los guardias rojos, que venían polvorientos y cansados.
Después de haber visto pasar, traqueteando sobre el empedrado, el único cañón del destacamento y las carretas con ametralladoras, los muchachos echaron a andar tras los guerrilleros, y sólo se marcharon cada uno a su casa cuando el destacamento llegó al centro de la ciudad y comenzaron sus hombres a alojarse en las viviendas.
__b_b_b__Por la tarde, en el salón grande de la casa de los Leschinski —donde se había instalado el Estado Mayor del destacamento—, cuatro hombres estaban sentados en torno a una mesa de labradas patas; tres de ellos mandaban grupos y el cuarto, el camarada Bulgákov, hombre ya entrado en años y de pelo canoso, era el jefe del destacamento.
48Bulgákov había extendido sobre la mesa un mapa de la provincia y pasaba por él la uña, trazando líneas, al tiempo que decía al hombre de pómulos salientes y fuerte dentadura que estaba sentado frente a él:
— Tú dices, camarada Ermachenko, que habría que luchar aquí, pero yo opino que hay que retirarse por la mañana. Incluso sería bueno hacerlo esta misma noche, pero la gente está cansada. Nuestra tarea consiste en poder replegarnos a Kasatin antes de que lleguen allí los alemanes. Es ridículo oponer resistencia con nuestras fuerzas. .. Un cañón y treinta proyectiles, doscientas bayonetas y sesenta sables. ¡Una fuerza terrible!... Los alemanes avanzan como un alud de hierro. Nosotros sólo podemos combatir uniéndonos a otras unidades rojas en retirada. Pues no debemos perder de vista, camarada, que, además de los alemanes, encontraremos en nuestro camino muchas bandas contrarrevolucionarias. Mi opinión es que debemos retirarnos mañana mismo, en las primeras horas del día, volando el puentecillo situado detrás de la estación. Mientras los alemanes lo reconstruyen, pasarán dos o tres días. Su desplazamiento por ferrocarril se detendrá. ¿Qué opináis, camaradas? Decidamos.
Struzhkov, que estaba a un lado de Bulgákov, movió los labios, miró el mapa, después a Bulgákov y, por fin, dijo expeliendo trabajosamente las palabras que se atascaban en su garganta:
— Yo.. .a.. .apoyo a Bulgákov.
El más joven de los cuatro, que llevaba blusa de obrero, coincidió:
— Lo que propone Bulgákov es sensato.
Y sólo Ermachenko, el mismo que por la tarde había hablado con los muchachos, denegó con la cabeza:
— ¿Para qué diablos hemos reunido entonces el destacamento? ¿Para retirarnos sin lucha ante los alemanes? Yo creo que debemos zurrarnos aquí con ellos. Estoy ya harto de correr... Si de mí dependiera, entablaríamos combate aquí, sin falta... —Apartó bruscamente la silla, se levantó y empezó a recorrer la estancia de un ángulo a otro.
Bulgákov le dirigió una mirada desaprobatoria.
— Hay que combatir con cabeza, Ermachenko. Nosotros no podemos lanzar a la gente a una derrota y exterminio seguros. Además, sería ridículo. Nos sigue toda una 49 división con artillería pesada, con blindados... No hay que ser chiquillo, camarada Ermachenko... —Y, dirigiéndose a los demás, terminó—: Así pues, queda decidido que nos retiraremos mañana por la mañana... La siguiente cuestión es la del enlace —continuó Bulgákov—. Como nosotros somos los que nos retiramos los últimos, nos corresponde la tarea de organizar el trabajo en la retaguardia de los alemanes. Aquí hay un importante nudo ferroviario, la ciudad tiene dos estaciones. Debemos cuidarnos de que en la estación trabaje un camarada de confianza. Ahora resolveremos a quién de los nuestros hemos de dejar aquí para que vaya organizando el trabajo. Proponed candidatos.
— Creo que debe quedarse aquí el marino Zhujrái —dijo Ermachenko, acercándose a la mesa—. En primer lugar, Zhujrái es de estas tierras. En segundo, es ajustador y electricista, y ello le facilitará encontrar trabajo en la estación. Nadie ha visto a Fiódor con nuestro destacamento; llegará únicamente hoy por la noche. Es un muchacho con caletre y pondrá el asunto en marcha. A mi parecer es el hombre más adecuado.
Bulgákov asintió con la cabeza.
— Justo, estoy de acuerdo contigo, Ermachenko. ¿ Vosotros camaradas, no tenéis nada que objetar? — preguntó, dirigiéndose a los restantes—. ¿No? Entonces, es cosa decidida. Dejaremos a Zhujrái dinero y una credencial para el trabajo.. . Ahora, la tercera y última cuestión, camaradas —pronunció Bulgákov—. Se trata de las armas que se encuentran en la ciudad. Aquí hay un verdadero arsenal de fusiles, veinte mil, que han quedado de los tiempos de la guerra zarista. Están guardados en un henil y olvidados por todos. Me lo ha comunicado un labrador, el dueño del henil. Quiere deshacerse de ellos... Como es natural, no se puede dejar ese depósito a los alemanes. Considero necesario quemarlo. Y además, ahora mismo, para que al amanecer todo esté terminado. Sólo que es peligroso prenderle fuego: el henil se encuentra en las afueras de la ciudad, entre las casas de los pobres. Pueden arder las casas de los campesinos.
Struzhkov —de fuerte complexión y cerdosas mejillas por las que no había pasado la navaja hacía mucho— removióse en su asiento:
50— ¿Pa... pa... para qué... prenderles fuego? Yo pi... pienso que hay que distribuir las armas entre la po... población.
Bulgákov se volvió hacia él rápidamente:
— ¿Distribuirlas, dices?
— Muy bien. ¡Eso está muy requetebién! —exclamó con entusiasmo Ermachenko—. Distribuir los fusiles a los obreros y al resto de la población, a los que quieran. Por lo menos, tendrán con qué rascar las costillas a los alemanes, cuando aprieten bien el dogal. Y van á apretar de firme. Y cuando ya no se pueda aguantarlo más, los muchachos empuñaran las armas. Struzhkov ha tenido mucho acierto al proponer que los fusiles se distribuyan. Tampoco estaría mal llevarlos incluso al campo. Los campesinos los esconderán bien, y cuando los alemanes comiencen, con sus requisas, a dejarlos más limpios que una patena, ¡habrá que ver lo necesarios que serán esos fusilitos!
Bulgákov rió:
— Sí, pero los alemanes ordenarán que se entreguen las armas, y la gente las dará.
Ermachenko protestó:
— No, no todos se desprenderán de ellas. Unos las entregarán y otros se las quedarán.
Bulgákov interrogó con la mirada a los reunidos. Distribuyamos los fusiles, distribuyámoslos —dijo el joven obrero, apoyando a Ermachenko y Struzhkov.
— Bien, los distribuiremos —accedió Bulgákov—. Hemos terminado —anunció levantándose de la mesa—. Ahora podemos descansar hasta la mañana. Cuando llegue Zhujrái, que venga a verme. Hablaré con él. Y tú, Ermachenko, ve a recorrer los puestos.
Al quedarse solo, Bulgákov pasó al dormitorio de los dueños, contiguo al salón, extendió el capote sobre el colchón de muelles y se acostó.
__b_b_b__Por la mañana, Pavka regresaba de la fábrica de electricidad, donde llevaba ya un año entero trabajando de ayudante de fogonero.
En la ciudad reinaba una animación extraordinaria que, inmediatamente, le saltó a la vista. Cada vez con mayor frecuencia encontraba por el camino hombres que llevaban uno, dos y hasta tres fusiles. Sin comprender lo que 51 ocurría, Pavka se apresuró a llegar a casa. Cerca de la finca de los Leschinski, montaban a caballo sus conocidos del día anterior.
Entró corriendo en casa, lavóse con premura y, al enterarse por su madre de que Artiom no había vuelto aún, salió disparado en busca de Seriozha Bruszhak, que vivía en el extremo opuesto de la ciudad.
Seriozha era hijo de un ayudante de maquinista. Su padre tenía una casita propia y una pequeña hacienda.
Seriozha no estaba en casa. Su madre, una mujer corpulenta y de tez blanca, miró a Pavka con cara de pocos amigos.
— ¡El diablo sabe dónde se habrá metido! Apenas despuntó el día, se marchó el condenado. Dicen que, en cierto lugar, están repartiendo armas; seguramente, allí debe de encontrarse. Habría que daros una buena azotaina, guerreros mocosos. Os habéis desmandado más de la cuenta. No es posible hacer carrera de vosotros. Andáis aún con el cascarón en salva sea la parte y ya vais por armas. Dile a ese bribón que como traiga a casa aunque no sea más que un cartucho, le arrancaré la cabeza. Traerá toda clase de porquerías y luego habrá que responder por él. ¿Y tú qué, también vas para allá?
Pero Pavka ya no escuchaba a la gruñona madre de Seriozha y, de dos zancadas, se plantó en la calle.
Por la carretera venía un hombre con un fusil en cada hombro.
— Tío, dime de dónde los has sacado —le preguntó Pavka, corriendo hacia él.
— Los están repartiendo allí, en Verj ovina.
Pavka se dirigió a todo correr hacia el lugar indicado.
Cuando ya había dejado atrás dos calles, tropezó con un muchacho cargado de un pesado fusil con la bayoneta calada.
— ¿Dónde lo has cogido? —le detuvo Pavka.
— Los del destacamento los reparten frente a la escuela, pero ya no hay. La gente ha arramblado con todo. Han estado repartiendo durante toda la noche y ya sólo quedan los cajones vacíos. Este fusil es el segundo que me llevo —terminó orgulloso el mozalbete.
La noticia amargó terriblemente a Pavka.
52"¡Ay, diablo, hubiera debido plantarme allí en un vuelo, en vez de ir a casa! —pensó con desesperación—. ¿Cómo se me ha podido escapar esto?"
Y de pronto, iluminado por una idea, volvióse bruscamente y, alcanzando en tres saltos al muchacho que se alejaba, le arrancó con fuerza el fusil.
— Ya tienes uno, y te basta. Y éste para mí — manifestó Pavka en tono que no admitía réplica.
El muchacho, enfurecido por aquel despojo en pleno día, arremetió contra Pavka, pero éste dio un paso atrás y, adelantando la bayoneta, le gritó:
— ¡Detente, que te vas a ensartar!
El muchacho rompió a llorar de rabia y se marchó corriendo, lanzando maldiciones, presa de impotente cólera. Y Pavka, satisfecho, se dirigió veloz hacia casa. Saltó la valla, corrió al pequeño pajar y, después de esconder entre las vigas del techo el fusil conseguido, entró en la vivienda silbando alegremente.
__b_b_b__Hermosas son las tardes de verano en Ucrania, en villas tan pequeñas como Shepetovka, donde el centro es ciudad y los arrabales, aldea.
En esas apacibles tardes estivales, toda la juventud se echa a la calle. A la puerta de las casas, en los jardincillos, sentados en los bancos y sobre las vigas amontonadas ante las obras en construcción se encuentran en grupos o por parejas todos los mozos y mozas del lugar. Resuenan las risas y las canciones.
El aire vibra, saturado del denso aroma de las flores. En la profundidad del cielo titilan apenas, como luciérnagas las estrellas, y la voz se oye lejos, muy lejos...
Pavka tiene cariño a su acordeón vienes. Amorosamente le hace descansar sobre sus rodillas, mientras sus ágiles dedos rozan leves las teclas para correr rápidos de arriba abajo, haciendo escalas. Suspiran las notas bajas y el acordeón canta con bizarría, con gorjeos de ruiseñor...
Serpenteaba el acordeón, ¿y cómo no emprender la danza? Era imposible contenerse, las piernas se movían solas. El acordeón respiraba cálidamente, ¡qué hermoso era vivir!
53Aquella noche reinaba una alegría singular. La juventud, bulliciosa, se había reunido en las vigas cercanas a la casa en que vivía Pavka, y la risa más sonora era la de Gálochka, su vecina. A la hija del cantero le gustaba bailar y entonar canciones con los muchachos. Tenía voz de contralto, pastosa y aterciopelada.
Pavka la temía un poco. Su lengüecilla era desenvuelta. Se sentaba en las vigas, al lado de Pavka, le abrazaba con fuerza y reía a carcajadas.
— ¡Ay, acordeonista valiente! Lástima que no hayas crecido un poco más, muchacho, pues hubieras sido un buen marido para mí. Me gustan los acordeonistas, mi corazón se derrite en cuanto los veo.
Pavka se sonrojaba hasta la raíz de los cabellos. Menos mal que, como era de noche, no se veía. Intentaba apartarse de la retozona muchacha pero ella le agarraba con fuerza impidiéndolo.
— ¿Qué es eso, a dónde te escapas, querido? ¡Vaya un novio! —bromeaba.
Pavka percibía en su hombro el pecho firme de ella, y esto le hacía sentir una inquietante desazón, mientras la risa a su alrededor turbaba la habitual tranquilidad de la calle.
Pavka empujó en el hombro a Gálochka y le dijo:
— Apártate, no me dejas tocar.
Y de nuevo una explosión de carcajadas, vayas y chanzas.
Terció Marusia:
— Pavka, toca algo triste, que llegue al alma.
Los fuelles se desplegaban con lentitud, los dedos teclearon despacio. Sonó la melodía conocida por todos y de todos querida. Galina fue la primera en entonarla. Le siguieron Marusia y las demás muchachas.
~
Nos reunimos todos los sirgadores
en nuestra casita.
Aquí nos gusta,
aquí nos agrada
echar una coplita,
para alegrar el alma...
Y las voces sonoras y jóvenes que entonaban la canción volaban lejos, hacia el bosque.
54— ¡Pavka! —vibró la voz de Artiom.
Pavka juntó los fuelles del acordeón y abrochó las correas.
— Me llaman, me marcho. Marusia le pidió suplicante:
— Espera un poquito, toca algo más. Tienes tiempo para ir a casa.
Pero Pavka se apresuró.
— No, mañana tocaré, pero ahora tengo que marcharme, me llama Artiom —y cruzó corriendo la calle, hacia la casita.
Al abrir la puerta del cuarto, vio sentados a la mesa a Román, cantarada de Artiom, y a un desconocido.
— ¿Me llamabas? —preguntó Pavka.
Artiom señaló con la cabeza hacia Pavka y se dirigió al desconocido.
— Ese es mi hermanito.
El desconocido tendió a Pavka su mano nudosa.
— Mira, Pavka —dijo Artiom a su hermano—. Tú me has dicho que en vuestra fábrica de electricidad ha enfermado el mecánico. Entérate mañana de si admitirían en su lugar a un hombre conocedor del oficio. Si hace falta, vienes y lo dices.
El desconocido terció:
— No, yo iré con él. Yo mismo hablaré con el patrono.
— Claro que hace falta; hoy la fábrica no ha trabajado, porque Stankóvich está enfermo. El patrono llegó dos veces con la lengua fuera, no hacía más que buscar a alguien para sustituirlo, pero no encontró a nadie. Y no se decidió a poner la fábrica en marcha sólo con el fogonero. El mecánico tiene el tifus.
— Bueno, es cosa hecha —dijo el desconocido, dirigiéndose a Pavka—. Mañana vendré a buscarte e iremos juntos.
— De acuerdo.
La mirada de Pavka tropezó con los ojos grises y tranquilos del desconocido, que le examinaban atentamente. Aquellos ojos firmes, que no pestañeaban, turbaron un poco a Pavka. La chaqueta gris, abotonada por completo, aparecía muy estirada en la parte de la espalda, ancha y fuerte; se veía que era estrecha para el dueño. 55 Los hombros estaban unidos a la cabeza por un sólido cuello de toro, y todo aquel hombre rebosaba vigor, como un añoso roble de muchas y profundas raíces. Al despedirse, Artiom concretó:
— Hasta la vista, Zhujrái. Mañana vas con mi hermanito y dejas el asunto arreglado.
__b_b_b__Tres días después de la marcha del destacamento, los alemanes entraron en la ciudad. Su llegada la comunicó el pito de una locomotora en la estación, que en los últimos días había quedado desierta. Cundió la noticia:
— Vienen los alemanes.
Y la ciudad bulló como un hormiguero revuelto, aunque todos sabían, hacía tiempo, que los alemanes debían llegar. Sin embargo, no acababan de creerlo. Y de pronto, aquellos terribles alemanes ya no estaban por llegar: encontrábanse allí, en la ciudad.
Todos los vecinos se pegaron a las cercas, a los postigos. No obstante, temían salir a la calle.
Y los alemanes, embutidos en uniformes verdeoscuros, con los fusiles apretados, marchaban en fila india por ambos lados de la carretera. Sus bayonetas eran anchas como cuchillos. Llevaban puestos pesados cascos de acero y enormes macutos a la espalda. Y marchaban de la estación a la ciudad, en una cinta interminable, alerta, dispuestos a aplastar la resistencia en cualquier instante, aunque nadie se disponía a oponérsela.
Dos oficiales, máuser en mano, marchaban en cabeza. Por medio de la carretera caminaba un oficial del ejército del hetmán, el intérprete, vestido con caftán ucraniano azul y alto gorro de piel.
Los alemanes formaron un cuadro en la plaza central de la ciudad. Redobló un tambor. Se congregaron algunos vecinos que se habían hecho el ánimo de salir a la calle. El oficial-intérprete salió a la terracilla de la farmacia y leyó en voz alta la orden del comandante militar, mayor Korf.
Decía así:
§ 1
Ordeno y mando a todos los habitantes de la ciudad presentar en el plazo de veinticuatro horas todas las armas de fuego y 56 blancal que obren en su poder. El incumplimiento de la presente orden será castigado con el fusilamiento.
§ 2
En la ciudad se declara el estado de guerra y se prohibe la circulación después de las ocho de la noche.
El comandante militar de la plaza, mayor Korf.
La comandancia alemana fue instalada en la misma casa donde antes de la revolución estuviera el Ayuntamiento y después de ella el Soviet de diputados obreros. Junto a la terracilla de la casa encontrábase un centinela que ya no llevaba casco de acero, sino el de gala, rematado con una enorme águila imperial. Allí mismo, en el patio, se había destinado un lugar para depositar las armas que fueran entregadas.
Durante todo el día, los vecinos asustados por la amenaza de fusilamiento estuvieron entregando armas. Los adultos no se mostraban; las armas las llevaban los adolescentes y los niños. Los alemanes no detenían a nadie.
Quienes no quisieron entregar las armas, las tiraron por la noche a la carretera; y a la mañana siguiente, la patrulla alemana las recogió, metiólas en un furgón y las llevó a la comandancia.
A la una de la tarde, terminado el plazo de entrega de armas, los soldados alemanes hicieron un recuento de sus trofeos. El total de fusiles recogidos se elevaba a catorce mil. Así pues, a los alemanes no les fueron entregados seis mil. Los registros generales, realizados por ellos, dieron resultados muy insignificantes.
Al amanecer, en las afueras, junto al viejo cementerio judío, fueron fusilados dos ferroviarios, a quienes, durante el registro, les habían encontrado fusiles ocultos.
__b_b_b__Después de escuchar la lectura de la orden, Artiom se apresuró a llegar a casa. En el patio encontró a Pavka, le cogió del hombro y, en voz baja, pero insistente, le preguntó:
— ¿Has traído a casa algo del depósito?
Pavka se disponía a ocultar que había traído un fusil, pero no quiso mentir a su hermano y se lo contó todo.
Se dirigieron juntos al pajar. Artiom sacó el fusil 57 escondido tras la viga, le quitó el cerrojo y la bayoneta y, empuñando el arma por el cañón, tomó impulso y la golpeó con todas sus fuerzas contra un poste de la valla. La culata saltó en mil pedazos. Los restos del fusil los arrojaron lejos, al descampado que había tras el jardincillo. Artiom tiró el cerrojo y la bayoneta al retrete. Luego, Artiom se volvió hacia su hermano:
— Ya no eres ningún niño, Pavka, y debes comprender que no hay por qué jugar con las armas. Te hablo en serio: no traigas nada a casa. Tú sabes que ahora eso puede costar la vida. Ten cuidado, no me engañes, pues si traes algo y lo encuentran, al primero que fusilarán será a mí. A ti, mocoso, no te tocarán. Ahora vivimos tiempos perros, ¿comprendes?
Pavka prometió no traer nada a casa.
Cuando ambos, atravesando el patio, se dirigían a la vivienda, junto al portal de los Leschinski se detuvo un coche de caballos. De él descendieron el abogado, su mujer y sus hijos, Nelly y Víctor.
— Han vuelto los pajarracos —profirió Artiom colérico—. ¡Buena se va a armar, mal rayo les parta! —Y entró en casa.
Durante todo el día, Pavka estuvo penando por el fusil. Mientras tanto, su amigo Seriozha trabajaba con todas sus fuerzas en un pajar abandonado, removiendo con una pala la tierra junto a la pared. Por fin, el hoyo estuvo dispuesto. Seriozha colocó en él, envueltos en trapos; tres fusiles nuevos conseguidos durante el reparto. No se disponía a entregarlos a los alemanes: no había pasado la noche entera en vela para quedarse sin su botín.
Una vez lleno de tierra el hoyo, Seriozha la apisonó fuertemente y llevó al lugar nivelado un montón de basura y trastos viejos. Después de examinar con ojo crítico los resultados de su trabajo y de encontrarlos satisfactorios, se quitó la gorra y enjugóse el sudor de la frente.
"Bueno, ¡ahora que busquen! Y si lo encuentran, vete a saber de quién es el pajar".
Pavka se fue intimando poco a poco con el adusto mecánico, que desde hacía ya un mes trabajaba en la fábrica de electricidad.
58Zhujrái enseñaba al ayudante de fogonero el funcionamiento de la dínamo y le iba habituando al trabajo.
Al marino le agradó aquel muchacho inteligente. En los días de asueto, Zhujrái visitaba con frecuencia a Artiom. El marino, serio y reflexivo, escuchaba atento el relato de todos los pormenores y trajines de la vida diaria, en particular cuando la madre se quejaba de las travesuras de Pavka. El marino sabía tranquilizar a María Yákovlevna y hacer que ésta olvidara sus amarguras y se sintiese más animada.
En una ocasión Zhujrái detuvo a Pavka en el patio de la fábrica de electricidad, entre las pilas de leña, y, sonriendo, le dijo:
— Tu madre dice que te gusta pelear. "Mi hijo —afirma— es reñidor como un gallo''. —Zhujrái rió con aprobación—. En general, luchar no es malo, pero hay que saber á quién y por qué pegar.
Pavka, sin comprender si Zhujrái se reía de él o si le hablaba en serio, respondió:
— No me peleo sin motivo; siempre lo hago con razón.
Zhujrái le propuso inesperadamente:
— ¿Quieres que te enseñe a pelear de verdad? Pavka le miró asombrado.
— ¿Cómo de verdad?
— Ahora verás.
Y Pavka escuchó la primera lección resumida de boxeo inglés.
El aprender esta ciencia no fue para Pavka cosa de coser y cantar, pero la asimiló magníficamente. Más de una vez rodaba por el suelo, derribado por algún golpe de Zhujrái, pero era un alumno aplicado y paciente.
Un caluroso día, Pavka, que había venido de casa de Klimka, después de gandulear por la habitación sin encontrar nada qué hacer, decidió encaramarse a su lugar predilecto, es decir, al tejado del pajar, que se encontraba en un ángulo del jardín, tras la casa. Cruzó el patio, entró en el jardín y, al llegar al pajar de tablas, subió por los salientes al tejado. Abriéndose paso por entre las tupidas ramas de los cerezos que se inclinaban sobre el pajar, llegó al centro del tejado y se tumbó al sol.
59Una de las paredes del pajar daba al jardín de los Leschinski, y si uno se situaba en el borde del tejado, podía ver todo el jardín y una parte de la casa. Pavka asomó la cabeza y ante sus ojos apareció parte del patio, en el que se encontraba el coche. El ordenanza del teniente alemán alojado en casa de los Leschinski cepillaba el uniforme de su jefe. Pavka había visto más de una vez al teniente junto al portón de la finca.
Era el teniente hombre rechoncho, coloradote, gastaba bigotillo recortado y lentes, y llevaba gorra de plato con visera de charol. Pavka sabía que el teniente se alojaba en la habitación lateral, cuya ventana daba al jardín y se veía desde el tejado.
En aquel momento, el oficial estaba sentado a la mesa, escribiendo algo; luego cogió lo escrito y salió. Después de entregar la carta al ordenanza, se dirigió por el sendero del jardín hacia el postigo que. conducía a la calle. Junto al cenador, tapizado de hiedra, el teniente se detuvo: al parecer, hablaba con alguien. Del cenador salió Nelly Leschínskaya. El teniente la tomó del brazo y se dirigió con ella hacia el postigo. Ambos salieron a la calle.
Pavka observó todo aquello. Se disponía a echar un sueño, cuando vio que el ordenanza entraba en la habitación del oficial, colgaba en la percha el uniforme, abría la ventana que daba al jardín y, después de limpiar el aposento, salía cerrando la puerta. Unos segundos más tarde, Pavka le vio junto a la cuadra en la que se encontraban los caballos.
A través de la ventana abierta, Pavka distinguía perfectamente toda la habitación. En la mesa se encontraba un correaje y algo que relucía.
Aguijoneado por una curiosidad irresistible, Pavka deslizóse con sigilo hasta el tronco del cerezo y bajó al jardín de los Leschinski. Agachándose para no ser visto, llegó de varios brincos hasta la ventana abierta y miró al interior de la habitación. Sobre la mesa había un correaje y una magnífica pistola Manlicher, enfundada, de doce cartuchos.
A Pavka se le cortó la respiración. Durante varios segundos se desarrolló en su interior una gran lucha, pero, dominado por una audacia temeraria, metió medio cuerpo 60 por la ventana, agarró la funda y sacó de ella la flamante pistola empavonada. Mirando a derecha e izquierda, guardóse con tiento la pistola en el bolsillo y cruzó corriendo el jardín, hasta llegar al cerezo. Como un mono, se encaramó rápidamente al tejado y miró hacia atrás. El ordenanza conversaba tranquilo con el mozo de la cuadra. En el jardín todo estaba en calma... Pavka descendió del pajar y salió disparado para casa.
La madre andaba ajetreada en la cocina, preparando la comida, y no reparó en Pavka.
El muchacho cogió un trapo que había detrás del baúl, se lo metió en el bolsillo, salió por la puerta sin ser visto, cruzó corriendo el jardín, saltó la empalizada y llegó al camino que conducía al bosque. Sujetando con la mano la pistola, que golpeaba pesadamente su muslo, partió a todo correr en dirección a la vieja y derruida fábrica de ladrillos.
Sus pies apenas rozaban la tierra, el viento silbaba en sus oídos.
Junto a la vieja fábrica de. ladrillos, nada turbaba el silencio. El tejado de madera, hundido en algunos sitios, las montañas de ladrillos rotos y los hornos de cocción desmoronados infundían tristeza. La maleza lo cubría todo. Tan sólo los tres amigos solían reunirse allí para dedicarse a sus iuegos. Pavka conocía muchos lugares ocultos, donde se podía esconder el tesoro robado.
Después de meterse por la brecha abierta en uno de los hornos, Pavka miró con recelo a su alrededor, pero el camino estaba desierto. Susurraban apacibles los pinos, un vientecillo suave arremolinaba el polvo del camino. Olía intensamente a resina.
En el mismo fondo del horno, en un rincón, escondió Pavka la pistola envuelta en el trapo, cubriéndola con una pirámide de ladrillos viejos. Al salir de allí, tapó también con ladrillos la boca del viejo horno, se fijó en cómo los había colocado y, saliendo al camino, emprendió lentamente el regreso.
Sentía un ligero temblor en las rodillas.
"¿Cómo terminará todo esto?'', pensaba, y una vaga zozobra le oprimía el corazón.
Llegó a la fábrica de electricidad antes de tiempo, para evitar permanecer en casa. Pidió al guardián la 61 llave y abrió la ancha puerta que conducía al local donde se encontraban las calderas. Y mientras quitaba la ceniza, llenaba la caldera con agua de la bomba y encendía el fogón, pensaba.
"¿Qué estará pasando ahora en la finca de los Leschinski?"
Ya tarde, a eso de las once, Zhujrái se presentó en busca de Pavka, lo llamó a la calle y le preguntó en voz baja:
— ¿Por qué ha habido hoy un registro^ en tu casa? Pavka suspiró asustado:
— ¿Cómo que un registro?
Luego de un instante de silencio, Zhujrái añadió:
— Sí, mal asunto. ¿Y tú no sabes lo que buscaban?
Pavka sabía perfectamente lo que buscaban, pero no se decidió a contar a Zhujrái el robo de la pistola. Temblando todo él de inquietud, preguntó:
— ¿Han detenido a Artiom?
— No, no han detenido a nadie, pero lo han revuelto todo de arriba abajo.
Estas palabras aliviaron un poco a Pavka, pero su alarma no cesó. Durante varios minutos, ambos permanecieron sumidos en sus propios pensamientos. Uno de los dos, conociendo el motivo del registro, se preocupaba por las circunstancias, el otro lo desconocía y, por ello, se alertaba.
"El diablo sabe, tal vez se hayan olido algo cerca de mí. Artiom ignora quién soy yo, pero ¿por qué han llellevado a cabo el registro en su casa? Hay que ser más precavido'', pe,nsaba Zhujrái.
Se separaron en silencio, cada uno a su trabajo.
Mientras tanto, en la finca reinaba un revuelo enorme.
Al descubrir la falta de la pistola, el teniente llamó a su ordenanza; cuando supo que el arma había desaparecido, él, correcto y mesurado de ordinario, golpeó con toda su fuerza en la oreja al ordenanza; éste se tambaleó por el golpe, quedó rígido como un poste y pestañeó culpable, aguardando sumiso lo que pudiese venir a renglón seguido.
El abogado —a quien se llamó para pedirle una explicación— indignóse también, escusándose ante el 62 teniente de que en su casa hubiera ocurrido un hecho tan desagradable.
Víctor Leschinski, que estaba allí presente, insinuó a su padre que la pistola podían haberla robado los vecinos, en particular el granuja de Pável Korchaguin. El padre se apresuró a explicar al teniente la suposición de su hijo, y el oficial dio al instante orden de llamar una patrulla, para efectuar un registro.
Este no dio resultado alguno. El lance de la desaparición de la pistola convenció a Pavka de que incluso empresas tan arriesgadas terminaban a veces felizmente.
__ALPHA_LVL2__ Capítulo terceroTonia estaba de pie, junto a la abierta ventana. Nostálgica, miraba el jardín, conocido y amado, los tilos, altos y hermosos, que lo circundaban, estremecidos ligeramente por el vientecillo acariciador. Y no podía creer que durante un año entero no había visto la finca querida. Parecíale que tan sólo ayer había abandonado todos aquellos lugares, conocidos desde la infancia, y haber regresado el día aquel en el tren de la mañana.
Nada había cambiado: las mismas hileras de groselleros, amorosamente cuidados, las mismas sendas, trazadas geométricamente, bordeadas de pensamientos, las flores predilectas de mamá. En el jardín, todo estaba limpio y aseado. Por doquier percibíase la mano rigurosa del silvicultor experto. Y a la muchacha le aburrían aquellos senderitos limpios, que parecían trazados a cordel.
Tonia tomó la novela que estaba leyendo, abrió la puerta de la terraza, descendió al jardín, empujó la pintada puertecilla de la cerca y, lentamente, encaminóse hacia el estanque de la estación, situado al lado del depósito del agua.
Pasó por el puentecillo y salió al camino, semejante a una alameda. A la derecha se encontraba el estanque, enmarcado por sauces y espesos mimbrales. A la izquierda comenzaba el bosque.
Tonia se dirigió hacia el estanque, situado en la vieja cantera, pero al ver abajo, junto al agua, una caña de pescar que asomaba, se detuvo.
63Inclinándose sobre el torcido tronco de un sauce, apartó unos mimbres con la mano y vio a un muchacho tostado por el sol, descalzo y con los pantalones arremangados hasta más arriba de las rodillas. A su lado se encontraba un oxidado bote de hoja de lata con lombrices. El muchacho, absorto en su ocupación, no se dio cuenta de que Tonia le miraba fijamente.
— ¿Acaso se pesca aquí? Pavka volvió la cabeza enfadado.
Sujetándose al sauce, muy inclinada hacia el agua, había una muchacha desconocida. Llevaba marinera blanca, con cuello azul a rayas, y falda corta de color gris claro. Los ribeteados calcetines ceñían sus bronceadas piernas, de armoniosas líneas, rematadas por unos zapatitos marrón. Sus cabellos castaños estaban recogidos en una gruesa trenza.
La mano que sostenía la caña tembló ligeramente, el flotador se inclinó y de él partieron círculos concéntricos que se expandieron por la espejeante lámina del agua.
Y la vocecilla dijo emocionada, desde atrás:
— Pican, ¿lo ve?, pican.
Pável se desconcertó por completo y tiró de la caña. Entre salpicaduras de agua apareció la lombriz, retorciéndose en el anzuelo.
"¡Vaya, ahora no podrá uno pescar ni en broma! El diablo ha traído aquí a esta fulana'', pensó irritado Pavka, y, para disimular su torpeza, tiró el anzuelo más lejos, entre dos matas de bardana, precisamente allí donde no había que haberlo hecho, pues el anzuelo podía engancharse en una raíz.
Pavka se dio cuenta y, sin volver la cabeza, gruñó a la muchacha, que estaba sentada arriba:
— ¿Por qué alborota usted? Así todos los peces se asustan.
Y oyó arriba la voz jocosa y burlona:
— Ya hace tiempo que les ha asustado su aspecto. ¿Acaso se puede pescar de día? ¡Ay, valiente pescador!
Aquello era ya más de lo que podía soportar Pavka, esforzado hasta entonces en guardar las buenas formas. Se levantó, echóse la gorra sobre la frente, cosa que en él era síntoma de cólera, y, eligiendo las palabras más corteses, profirió:
64— Mejor sería, señorita, que se metiera usted en cualquier otro sitio, ¿no le parece?
Los ojos de Tonia se entornaron ligeramente, chispeando con fugaz sonrisa.
— ¿Acaso le molesto?
En su voz no había ya nada de burla, sino un algo cordial, conciliador, y Pavka, que se disponía a soltar unas cuantas groserías a aquella "señorita , surgida no se sabía de dónde, sintióse desarmado.
— ¡Qué más da! Mire si quiere —accedió y, sentándose, clavó de nuevo sus ojos en el flotador. Este se había pegado a la bardana, y veíase a las claras que el anzuelo se había enganchado en una raíz. Pavka no se decidía a tirar de él.
"Si se ha enganchado, no podré arrancarlo. Y ésta, como es natural, se va a reír. Ojalá se marche'', pensaba.
Pero Tonia, acomodándose en el sauce torcido, que se balanceaba -ligeramente, dejó el libro sobre sus rodillas y se puso a observar a aquel muchacho grosero, de ojos negros, que la había recibido con tan poca amabilidad y que, deliberadamente, no le hacía el menor caso.
Pavka veía bien en el espejo del agua la imagen de la muchacha. Ella leía y él tiraba ligeramente del hilo enganchado. El flotador se sumergía: el hilo, al encontrar resistencia, se ponía tirante.
"¡Se ha enganchado el maldito!'', se dijo y, mirando de soslayo, vio en el agua la riente carita.
Dos jóvenes estudiantes del séptimo año del liceo cruzaron el puentecillo junto al depósito del agua. Uno de ellos —hijo del ingeniero Sujárko, jefe del depósito de máquinas—, necio mequetrefe de diecisiete años, albino y pecoso, al que en la escuela habían apodado Shurka el Pecas, llevaba una buena caña de pescar y sostenía, con petulancia, un cigarrillo entre los dientes. Junto a él caminaba Víctor Leschinski, joven apuesto y de aspecto feble.
Sujárko, haciendo guiños e inclinándose hacia Víctor, le decía:
— Esta muchacha tiene algo de picante, aquí no encuentras otra igual. Te aseguro que es una persona román-ti-ca. Estudia en Kíev, el sexto curso, y ha venido a pasar el verano con su padre. El ,padre es el inspector 65 forestal de aquí. Es conocida de mi hermana Lisa. En cierta ocasión, hice llegar a sus manos una cartita de elevados tonos, ¿sabes?, diciéndole que estaba locamente enamorado de ella y que esperaba con inquietud su respuesta. E incluso le endosé unos versos adecuados, de Nadson.
— ¿Y ella, qué? —preguntó Víctor, curioso. Sujárko, un poco turbado, prosiguió:
— Se hace la interesante, ¿sabes?, se lo tiene creído. No gastes tinta en vano, me dijo. Pero al principio siempre ocurre así. En estos lances soy pájaro fogueado. ¿Sabes?, no me gusta pasear por la calle mucho tiempo, arrullando y haciendo la rueda. Es mucho mejor ir por las tardes a las barracas de los obreros que reparan la vía. Allí, por tres rublos, puedes escoger una chávala que te relames de gusto. Y sin el menor coqueteo. He estado allí con Valka Tíjonov, ¿conoces al maestro de vías y obras?
Víctor contrajo la cara con una mueca de desprecio.
— ¿Tú haces semejantes bajezas, Shura?
Shura mascó el cigarrillo, escupió y dijo burlón:
— Vaya un casto José. Sabemos lo que tú haces. Víctor, interrumpiéndole, le preguntó:
— ¿Me presentarás a esa muchacha?
— No faltaba más, aprieta el paso, no sea que se marche. Ayer, por la mañana, también ella estaba pescando.
Los amigos se fueron acercando a Tonia. Sujárko se quitó el cigarrillo de la boca e hizo una amanerada reverencia.
— Buenos días, mademoiselle Tumánova. ¿Qué, está usted pescando?
— No, miro cómo pescan —respondió Tonia.
— ¿No se conocen ustedes? —dijo Su