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Capítulo sexto
 

p En el viejo caserón, una sola ventana, con la cortina corrida, tenía luz. En el patio ladraba con voz bronca e imponente Tesoro, sujeto con una cadena.

p Entre las brumas de su adormecimiento, Tonia oyó la voz queda de la madre.

p — No, aún no duerme; pase, Lisa.

p Los pasos ligeros y el abrazo cariñoso e impulsivo de la amiga desvanecieron su ligero sueño. Tonia sonrió con expresión de cansancio.

p — Me alegro de que hayas venido, Lisa. Estamos muy contentas; ayer la enfermedad de papá hizo crisis, y hoy lleva todo el día durmiendo tranquilamente. Mamá y yo también hemos reposado de las noches de insomnio. Cuéntame todas las novedades, Lisa. —Y Tonia atrajo a su amiga hacia sí, al diván.

p — ¡Oh, hay muchas novedades! Parte de ellas puedo contártelas sólo a ti —rió Lisa, mirando con picardía a Ekaterina Mijáilovna.

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p La madre de Tonia, dama de buen ver, y ágil como una muchacha, a pesar de sus treinta y seis años, dijo con una sonrisa animando sus ojos grises e inteligentes y su rostro que, sin ser hermoso, era de facciones enérgicas y agradables:

p — Con gusto les dejaré solas dentro de unos minutos. Y ahora cuente las novedades que todos podemos saber —bromeó, acercando la silla al diván.

p — La primera novedad es que no vamos a estudiar más. El consejo de la escuela ha acordado dar a los alumnos de la séptima clase el diploma. Estoy muy contenta —comentó Lisa animadamente—. ¡Estaba tan harta de geometría y álgebra! ¿Y para qué estudiar todo eso? Los muchachos es posible que continúen estudiando, aunque ellos mismos no saben dónde. Por todas partes hay frentes, combates. Un horror... Nosotras nos casaremos, y a las esposas no se les exige ninguna clase de álgebra. —Y, al decir esto, Lisa se echó a reír.

p Después de permanecer un rato con las muchachas, Ekaterina Mijáilovna se retiró a su habitación.

p Lisa se acercó más a Tonia y, abrazando a su amiga, le contó muy quedo lo ocurrido en el cruce de la carretera.

p — Figúrate mi asombro, Tónechka, cuando en el que corría reconocí a... ¿a quién te figuras?

p Tortia, que escuchaba con curiosidad a su amiga, se encogió, perpleja, de hombros.

p — ¡A Korchaguin! —soltó Lisa, como un cañonazo. Tonia se estremeció angustiada.

p — ¿A Korchaguin?

p Lisa, satisfecha del efecto producido, describía ya su disputa con Víctor.

p Absorta en su relato, Lisa no se dio cuenta de la palidez que cubría el rostro de Tumánova, ni de que sus dedos finos estrujaban nerviosos la blusa azul. No sabía Lisa con cuánta inquietud se oprimía el corazón de Tonia, no sabía por qué temblaban tan intranquilas las tupidas pestañas de aquellos bellos ojos.

p Tonia ya no oía el relato sobre el alférez borracho; en su cabeza había un solo pensamiento: "Víctor Leschinski sabe quién atacó al soldado. ¿Por qué Lisa se lo habrá dicho?" Y, sin darse cuenta, pronunció esta frase en voz alta.

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p — ¿Qué he dicho yo? —preguntó Lisa, sin comprenderla.

p — ¿Por qué le hablaste a Leschinski de Pavlusha, es decir, de Korchaguin? El le delatará...

p Lisa objetó:

p — ¡Qué va! No creo. ¿Para qué va a hacer eso, en fin de cuentas?

p Tonia se sentó con ímpetu, apretándose las rodillas hasta hacerse daño.

p — ¡No comprendes nada, Lisa! El y Korchaguin son enemigos; a esto se añade aún otra circunstancia... Y has cometido un error grande al hablar a Víctor de Pavlusha.

p Sólo entonces diose cuenta Lisa de la emoción de Tonia, y aquel "de Pavlusha”, dejado escapar por casualidad, le abrió los ojos, haciéndole ver lo que hasta ese momento habían sido únicamente vagas suposiciones.

p Sintiéndose involuntariamente culpable, guardó confuso silencio.

p "Luego es verdad”, pensó. "Es extraño que Tonia se sienta atraída de pronto ¿y por quién? Por un simple obrero. ..” Grandes eran sus deseos de hablar de aquel tema, pero, impulsada por un sentimiento de delicadeza, se contenía. Tratando de borrar de algún modo su culpa, cogió las manos de Tonia.

p — ¿Te preocupa mucho, Tónechka?

p Tonia respondió distraída:

p — No, quizás sea Víctor más honrado de lo que yo me figuro.

p Poco después llegó Demiánov, un muchacho modesto y desgalichado que estudiaba con ellas en el mismo curso.

p Hasta su llegada, las dos muchachas no habían podido ligar la conversación.

p Después de acompañar hasta la puerta a sus camaradas, Tonia permaneció mucho rato sola, de pie. Apoyada en el portillo, miraba a la oscura franja del camino que conducía a la ciudad. El viento, eterno vagabundo, la envolvía con su hálito saturado de humedad fría y del olor primaveral de la podrida hierba del año anterior. Malignas, con pupilas de un color rojoturbio, guiñaban a lo lejos las ventanas de las fincas de la ciudad. Allí estaba, extraña. En ella, bajo uno de los techos, sin saber lo que le amenazaba, se encontraba él, su turbulento 131 camarada. Y, posiblemente, la habría olvidado ya. ¿Cuántos días habían transcurrido desde su última entrevista? Entonces, él no tenía razón, pero, de todas formas, Tonia hacía tiempo que había olvidado aquello. Al día siguiente le volvería a ver, de nuevo se reanudaría la amistad emocionante y-buena. Se reanudaría. Tonia estaba segura. Lo que hacía falta era que no le traicionase la noche. Era una noche mala, parecía esconderse y acechar... Hacía frío.

p Lanzando una última mirada a la carretera, Tonia entró en casa. En la cama, arrebujándose en la manta, comenzó a dormirse con el pensamiento: ¡con tal de que no le traicionase la noche!...

p Por la mañana temprano, cuando en la casa todos dormían aún, Tonia se levantó y vistióse rápidamente. En silencio, para no despertar a nadie, salió al patio, desató a Tesoro, perro grande y lanudo, y se dirigió con él a la ciudad. Frente a la casa de los Korchaguin se detuvo indecisa unos segundos. Después, empujando el portillo, entró en el patio. Tesoro corría delante, agitando el rabo...

p Aquella misma mañana Artiom había regresado de la aldea. Llegó en carro con el herrero en cuya fragua trabajaba. Cargándose al hombro el saco con la harina que se había ganado, cruzó el patio. El herrero le siguió, llevando el resto del equipaje. Junto a la puerta abierta, Artiom dejó caer el saco y llamó:

p — ¡Pavka!

p Nadie le respondió:

p — Mete el saco en la casa, ¿qué esperas? —le dijo el herrero.

p Dejando los bultos en la cocina, Artiom entró en la habitación y se quedó de una pieza. Todo estaba revuelto, volcado, los trapos viejos estaban esparcidos por el suelo.

p — ¡Qué diablos es esto! —gruñó Artiom asombrado, volviéndose hacia el herrero.

p — Sí, todo está en desorden —asintió éste.

p — ¿Dónde se habrá metido el muchacho? —dijo Artiom, comenzando a irritarse.

p Pero la casa estaba desierta y no había a quién preguntar.

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p El herrero se despidió y marchóse.

p Artiom salió al patio y se puso a mirar alrededor.

p "¡No comprendo qué escándalo es éste! La casa está abierta y Pavka no se encuentra aquí".

p A sus espaldas se oyeron unos pasos Artiom volvió la cabeza. Ante él, con las orejas tiesas, se encontraba un enorme perrazo. Desde el portillo, una muchacha desconocida venía hacia la casa.

p — Necesito ver a Pável Korchaguin —dijo la muchacha en voz baja, mirando a Artiom.

p — Yo también. ¡El diablo sabe en dónde se habrá metido! He llegado y me encuentro con la casa abierta y con que él no está. ¿Viene usted a verle? —preguntó a la muchacha.

p En respuesta oyó otra pregunta:

p¿Es usted Artiom, el hermano de Korchaguin?

p — Sí, ¿qué pasa?

p Pero la muchacha sin contestarle, dirigió una. mirada de alarma a la puerta abierta. "¿Por qué no vine ayer? ¿Será posible, será posible?...” Y sintió aumentar la opresión de su pecho.

p — ¿Se ha encontrado con la casa abierta y con Pável ausente? —preguntó la muchacha a Artiom, que le miraba asombrado.

p — ¿Qué es lo que quiere usted de Pável?

p Tonia se acercó más a él y, mirando a su alrededor, dijo con ímpetu:

p — No lo sé con exactitud, pero si Pável no está en casa es que le han detenido.

p — ¿Por qué? —dijo Artiom, estremeciéndose nervioso.

p — Entremos en la habitación —contestó Tonia.

p Artiom la escuchaba en silencio. Cuando Tonia le dijo todo lo que sabía, la desesperación apoderóse de él.

p — ¡Ay, maldita sea tres veces! ¡Eramos pocos y parió la abuela!... —murmuró abatido—. Ahora comprendo ppr qué hay este desorden en la habitación. El diablo arrastró al muchacho a esta historia... ¿Dónde voy a buscarlo ahora? ¿Y usted, señorita, quién es?

p — Soy la hija del inspector forestal Tumánov. Conozco a Pável.

p — ¡A-ah! —profirió con tono indefinido Artiom—. Vaya, había traído harina para reforzar la 133 alimentación del muchacho y he aquí con lo que me he encontrado. . .

p Tonia y Artiom se miraron en silencio.

p — Me marcho. Es posible que le encuentre usted —dijo Tonia en voz queda al despedirse de Artiom—. Por la tarde vendré y ya me dirá.

p Artiom, sin pronunciar palabra, asintió con la cabeza.

p En el ángulo de la ventana zumbaba una mosca escuálida, que se había despertado del letargo invernal. En el borde del viejo y rozado diván, ambas manos apoyadas en las rodillas, estaba sentada una joven campesina, fija la mirada vaga en el sucio suelo.

p El comandante, con un cigarrillo en la comisura de los labios, terminó de escribir a grandes trazos una cuartilla y, bajo la antefirma "Comandante de la ciudad de Shepetovka, alférez...”, garrapateó con placer una rúbrica alambicada con un complicado gancho al final. En la puerta se oyó un sonar de espuelas. El comandante levantó la cabeza.

p Ante él se encontraba Salomiga, con un brazo vendado...

p — ¿Qué vientos te traen por aquí? —le saludó el comandante.

p — Sí, buenos vientos, uno de los hombres del regimiento de Bogún  [133•*  me ha sacudido un sablazo que me ha calado hasta el hueso.

p Salomiga, sin’ consideración a la presencia de la mujer, soltó un temo rotundo.

p — ¿Qué, has venido a reponerte?

p — Nos repondremos en el otro mundo. En el frente nos aprietan hasta hacernos sudar sangre.

p El comandante le interrumpió, indicando con la cabeza a la mujer:

p — Luego hablaremos,

p Salomiga dejóse caer pesadamente en un taburete y se quitó la gorra con escarapela y un tridente grabado en 134 esmalte, emblema estatal de la República Popular Ucraniana.

p — Me envía Gólub —comenzó a decir en voz baja—. Pronto se trasladará aquí la división Siech. En general, habrá jaleo, y yo debo poner todo en orden. Es posible que venga el "atamán supremo" con algún ganso extranjero, así es que nadie debe hablar del “alivio”. ¿Y tú, qué escribes?

p El comandante se pasó el cigarrillo a la otra comisura de los labios.

p — Aquí tengo detenido a un hijo de perra, a un muchacho. ¿Sabes?, en la estación cayó aquel tipo de Zhujrái, ¿recuerdas?, el que azuzaba a los ferroviarios contra nosotros...

p — ¡Di, di! —profirió interesado Salomiga, acercándose.

p — Pues... que el babieca de Omélchenko, el comandante de la estaciónalo mandó para acá sólo con un cosaco, y este chico que tengo aquí encerrado libertó a Zhujrái en pleno día. Desarmaron al cosaco, le saltaron los dientes y se largaron sin dejar rastro. La pista de Zhujrái se ha desvanecido, pero éste ha caído en la ratonera. Toma, lee el material —dijo, acercando a Salomiga una carpeta con papeles escritos.

p Salomiga los leyó rápidamente, hojeándolos con la mano izquierda sana. Después de dar fin a la lectura, clavó su mirada en el comandante.

p — ¿Y no has podido sacarle nada?

p El comandante se tiró nervioso de la visera de la gorra.

p — Llevo cinco días luchando con él. Calla: "No sé nada —dice—, yo no lo liberté”. Es un engendro bandidesco. ¿Comprendes?, el soldado le ha reconocido, faltó un pelo para que estrangulase aquí al muy canalla. A duras penas se lo arranqué de las manos. En la estación, Omélchenko propinó al cosaco veinticinco baquetazos por haber dejado escapar al detenido, así es que puedes imaginarte cómo le zurraría. No hay por qué tenerlo más tiempo encerrado; envío el material al Estado Mayor para que me autoricen a darle el pasaporte para el otro mundo.

p Salomiga escupió despectivamente.

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p — Si estuviera en mis manos cantaría. El hacer interrogatorios no es cosa para ti, curato. ¿Qué comandante puede salir de un seminarista? ¿Le has dado de baquetazos?

p El comandante se indignó.

p — Te tomas demasiadas libertades. Puedes guardarte tus burlas. Aquí el comandante soy yo, te ruego que no te entrometas.

p Salomiga miró al comandante engallado y explotó en carcajadas:

p — Ja-ja¿.. Curato, no te hinches tanto, que puedes reventar. El diablo sea contigo y con tus asuntos; más vale que me digas dónde conseguir un par de botellas de aguardiente.

p El comandante se sonrió:

p — Eso se puede hacer.

p — Ya éste —Salomiga señaló con el dedo el papel—, si quieres que lo piquen, ponle dieciocho años en vez de los dieciséis. Tuerce este gancho, de lo contrario pueden negarte el visto bueno.

p En la despensa había tres personas. Un viejo barbudo, con caftán muy usado, yacía en el camastro, encogidas las delgadas piernas cubiertas por anchos pantalones de burda tela. Le habían detenido porque, del sotechado de su casa, había desaparecido el caballo de uno de los hombres de Petliura, que se alojaba en ella. En el suelo estaba sentada una mujer de ojos astutos de picara y barbilla rapaz. Era una traficante clandestina en vodka, acusada de haber robado un reloj y otros objetos de valor. En el rincón, debajo de la ventana, yacía Korchaguin semiinconsciente, con la cabeza sobre la arrugada gorra.

p En la despensa metieron a una joven de ojos asustados y grandes, tocada, como las campesinas, con un pañuelo de colores.

p La joven permaneció de pie unos segundos y se sentó al lado de la traficante clandestina en vodka.

p La tarasca, examinando curiosa a la joven, se apresuró a inquirir:

p — ¿Estás detenida, muchacha?

p Al no recibir contestación, insistió en sus preguntas:

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p — ¿Por qué te han traído aquí? ¿No será, por un casual, debido a la vodka casera?

p La campesina se levantó y, mirando a la impertinente mujer, respondió en voz queda:

p — No, me han detenido por mi hermano.

p — ¿Y qué ha hecho? —insistió la mujer. El viejo terció:

p — ¿Por qué la molestas? Es posible que esté desesperada, y tú hablas como una cotorra.

p La tarasca volvióse rápida hacia el camastro.

p — ¿Tú, qué, te has creído que vas a mandarme? ¿ Hablo contigo acaso?

p El viejo escupió.

p — No la importunes, te digo.

p En la despensa se hizo el silencio. La joven extendió un mantón en el suelo y se acostó, reclinando la cabeza sobre el brazo.

p La traficante se puso a comer. El viejo se sentó en el borde del camastro, lió calmoso un cigarrillo y lo encendió. Por la despensa se extendieron volutas de humo apestoso.

p Chasqueando con la boca llena, la arpía gruñó:

p — Deberías dejarme comer tranquila, sin ese pestazo. No paras de fumar.

p El viejo carcajeó sarcástico:

p — ¿Te da miedo adelgazar? Pronto la puerta será pequeña para ti. Más te valdría dar de comer al muchacho, en vez de zampártelo tú todo.

p La mujer replicó ofendida:

p — Le digo que coma y no quiere. Y no me vengas con letanías, que no me como lo tuyo.

p La joven se volvió hacia la tarasca y, señalando con la cabeza a Korchaguin, preguntó:

p — ¿No sabe usted por qué está detenido el muchacho?

p La traficante se alegró de que hubiera pegado la hebra con ella y comunicó gustosa:

p — Ese muchacho es de aquí, el hijo menor de la Korchaguina, una cocinera.

p Inclinándose hacia el oído de la otra, añadió en un susurro:

p — Libertó a un bolchevique. A un marino que había aquí y que paraba en casa de la Zozulija, mi vecina.

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p La joven recordó: "Envío el material al Estado Mayor para que me autoricen a darle el pasaporte para el otro mundo...”

p Uno tras otro, los trenes iban llenando la estación. En muchedumbre desordenada se volcaban de ellos los batallones de la división Siech. Por la vía se arrastraba lentamente, cwn su caparazón de acero, el tren blindado Zaporózhiets, con .sus cuatro vagones. De las plataformas descargaban los cañones; de los vagones de mercancías, los caballos. Allí mismo los ensillaban, montaban en ellos y, empujando a las informes muchedumbres de soldados de infantería, se abrían paso hacia el patio de la estación, donde formaba el destacamento de caballería.

p Los oficiales iban .de un lado para otro, gritando los números de sus unidades.

p La estación zumbaba como un avispero. De los montones amorfos de hombres alocados, que vociferaban en todos los tonos, se formaban poco a poco los cuadrados de las secciones, y pronto un torrente de hombres armados afluía a la ciudad. Hasta bien entrada la noche, traquetearon ppr la carretera los carros y se arrastraron los servicios de retaguardia de la división Siech, llegada a la ciudad.

p Y, por fin, cerraba marcha la compañía de Estado Mayor, berreando con sus ciento veinte gargantas:

p ¿Qué ruido, qué bullicio es ése que se ha armado?
Petliura ha aparecido en Ucrania...

p Korchaguin se levantó hacia la ventana. A través de la oscuridad del anochecer oyó un traqueteo de ruedas en la calle, pisadas de miles de pies, canciones entonadas por muchas voces.

p A su espalda, alguien dijo en voz baja:

p — Por lo que se ve, están entrando tropas en la ciudad.

p Korchaguin volvió la cabeza.

p Hablaba la muchacha que habían traído el día anterior.

p P^vel escuchó su relato. La traficante se había salido con la suya. La muchacha era de una aldea, que se en« 138 contraba a unas siete verstas de la ciudad. Su hermano mayor, GritskÓ, era un guerrillero rojo que bajo los Soviets había dirigido el Comité de campesinos pobres.

p Cuando se marcharon los rojos, se fue también Gritskó con una cinta de ametralladora enrollada a la cintura. Y ahora no dejaban vivir a la familia. No tenían más que un caballo, y se lo quitaron. Al padre se lo habían llevado a la ciudad, donde padecía recluido. El alcalde, uno de aquellos a quienes Gritskó había apretado las clavijas, ahora les llevaba a casa, en venganza, toda clase de gente para que la alojaran y dieran de comer. La familia cayó en la más completa miseria. El día anterior, el comandante se había presentado en la aldea para efectuar una “razzia”. El alcalde le llevó a casa de la muchacha. El comandante le echó el ojo y por la mañana se la llevó a la ciudad, "para someterla a interrogatorio".

p Korchaguin no podía conciliar el sueño; su tranquilidad se había desvanecido, y por un pensamiento fijo —"¿qué va a pasar?"—, del que no podía desprenderse, se agitaba en su mente.

p En su apaleado cuerpo sentía dolorosos pinchazos. El soldado le había dado de golpes con furia bestial.

p Para distraerse de aquellos odiosos pensamientos, Pável comenzó a prestar oído a la conversación de sus vecinas.

p La muchacha refería muy queda que el comandante, en su afán de poseerla, había recurrido a las amenazas y a los halagos. Finalmente, enfurecido por su resistencia, le había dicho: "Te encerraré en el sótano, y no volverás a ver la luz del sol".

p La impenetrable oscuridad envolvía todos los rincones. En perspectiva estaba la noche, sofocante e inquieta. De nuevo los pensamientos sobre el mañana desconocido. Era la séptima noche y parecía que habían pasado ya meses. La dureza del lecho acentuaba el dolor de los golpes. En la despensa sólo quedaban tres personas. El abuelo roncaba en el camastro, como si estuviera tumbado sobre el horno de su casa. Tenía una tranquilidad filosófica y dormía a pierna suelta. La traficante había sido puesta en libertad por el alférez, para que le consiguiera aguardiente. Jristina y Pável estaban sentados en el suelo, casi 139 juntos. El día anterior, Pável había visto a Seriozha por la ventana. El amigo permaneció largo rato en la calle, mirando tristemente las ventanas de la casa.

p "Debe saber que estoy aquí".

p Hacía ya tres días que le entregaban unos pedazos de pan negro y ácido. No le decían quién se los enviaba. Durante las últimas cuarenta y ocho horas, el comandante le inquietaba de continuo con sus interrogatorios.

p ¿Qué podía significar aquello?

p En los interrogatorios no dijo nada, lo negaba todo. El mismo no sabía por qué callaba. Quería ser audaz, quería ser fuerte como aquellos a quienes había conocido en los libros. Sólo tuvo miedo cuando le llevaban detenido por la noche y, al pasar junto a la mole informe del molino, oyó decir a uno de los que le conducían:

p "¿Para qué vamos a llevarle, alférez? Un tiro en la espalda, y se acabó”. ¡Sí, daba miedo morir a los dieciséis años! ¡Pues la muerte era no vivir más!

p Jristina también pensaba. Ella sabía más que aquel muchacho. El, seguramente, no sabía aún... Y ella lo había oído.

p El muchacho no dormía, se pasaba las noches removiéndose. Inspiraba compasión, ¡qué lástima le daba a Jristina!, pero ella también tenía su pena: no podía olvidar las palabras terribles del comandante: "Mañana te ajustaré las cuentas. Ya que no quieres conmigo, te entregaré a los del cuerpo de guardia. Los cosacos no se negarán. Elige".

p "¡Qué espanto, y no hay de dónde esperar clemencia! ¿Qué culpa tengo yo de que Gritskó sea rojo? ¡Ay, qué penoso es vivir en el mundo!"

p Un dolor sordo le oprimía la garganta, la impotente desesperación y el terror la invadían y Jristina rompió a llorar ahogadamente.

p Su cuerpo joven se estremecía agitado por la pena y la desesperación.

p En el rincón, junto a la pared, se movió una sombra.

p — ¿Qué te pasa?

p En un ardiente susurro, Jristina vertió su pena en el corazón del vecino silencioso. El muchacho la escuchaba callado; únicamente su mano descansaba sobre las de Jristina.

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p — Me atormentarán, los malditos —murmuraba la muchacha, tragándose las lágrimas, y, presa de un terror subconsciente, añadió con angustia—: Estoy perdida, ellos son los fuertes. . .

p ¿Qué podía él, Pável, decir a la muchacha? No encontraba palabras. Nada podía decir. La vida oprimía como un dogal de hierro.

p ¿No dejar que se la llevaran al día siguiente?, ¿ luchar? Le matarían de una paliza o le asestarían un sablazo en la cabeza, y asunto concluido. Y para aliviar, aunque fuera un poco,> a aquella muchacha atormentada por el dolor, le acarició tiernamente la mano. El llanto de la muchacha se acalló. De tarde en tarde, el centinela que había en la entrada gritaba a los transeúntes el habitual "¿Quién vive?”, y de nuevo se hacía el silencio. El abuelo dormía profundamente. Los minutos imperceptibles se arrastraban con lentitud. Y, cuando unos brazos se ciñeron con fuerza en torno a su cuerpo y le atrajeron hacia sí, Pável no comprendió.

p — Escucha, querido —susurraron los labios ardientes—, de todas maneras estoy perdida; si no es el oficial, me atormentarán los otros. Tómame, muchachín, querido, que no sea ese perro el que goce de mi virginidad.

p — ¿Qué es lo que dices, Jristina?

p Pero los fuertes brazos no le soltaban. Los labios eran ardientes y jugosos; era difícil apartarse de ellos. Las palabras eran sencillas, tiernas. Pável sabía el por qué de ellas.

p Y de pronto huyó de su cabeza el presente. De su imaginación desaparecieron el candado de la puerta, el cosaco pelirrojo, el comandante, los golpes salvajes, las siete noches angustiosas de insomnio y, por un instante, quedaron sólo los labios ardientes y el rostro ligeramente humedecido por las lágrimas.

p De súbito recordó a Tonia.

p "¿Acaso era posible olvidarla?... Ojos maravillosos y queridos".

p Encontró en sí suficientes fuerzas para apartarse. Se levantó como ebrio y agarróse con una mano a la reja. Los brazos de Jristina volvieron a encontrarle.

p — ¿Qué te pasa?

p ¡Cuánto sentimiento había en aquella pregunta! Pável 141 se inclinó hacia ella y, estrechándole con fuerza las manos, le dijo:

p — No puedo, Jristina. Tú eres buena... —y añadió otras palabras que él mismo no comprendía.

p Se irguió, para quebrar aquel silencio insufrible, dio unos pasos hacia los camastros, sentóse al borde de uno de ellos y zarandeó al viejo:

p — Abuelo, dame un cigarrillo, por favor.

p En un ángulo, envuelta en el pañolón, lloraba la muchacha.

p Por la tarde se presentó el comandante, y los cosacos se llevaron a Jristina. La muchacha se despidió de Pável con los ojos en los que se leía el reproche. Y cuando la puerta se cerró ruidosa tras ella, el muchacho sintió aún mayor pena y mayor desesperanza.

p Hasta la noche el abuelo no pudo conseguir que el muchacho pronunciara ni una sola palabra. Relevaron la guardia y el grupo de la comandancia. Por la tarde trajeron a un nuevo detenido. Pável reconoció en él a Dolínnik, el carpintero de la fábrica de azúcar. Era un hombre fornido, de fuerte complexión; bajo la chaqueta, muy usada, llevaba una descolorida camisa amarilla. Con mirada atenta recorrió la despensa.

p Pável le había visto en el año 1917, en febrero, cuando la revolución llegó hasta la pequeña ciudad. En las manifestaciones ruidosas había escuchado sólo a un bolchevique: a Dolínnik. Pronunciaba un discurso a los soldados, subido en una valla, junto al camino. Recordaba sus palabras finales:

p — ¡Seguid, soldados, a los bolcheviques, no os venderán!

p Desde entonces no había vuelto a ver al carpintero.

p Al viejo le alegró la llegada del nuevo vecino. Se veía que le era difícil permanecer sin hablar durante el día entero. Dolínnik se sentó a su lado en el camastro, fumóse con él un cigarrillo y le hizo mil preguntas.

p Después se aproximó a Korchaguin.

p — ¿Qué cuentas dé bueno? —preguntó al muchacho—. ¿Cómo has venido a parar aquí?

p Al no recibir más que monosílabos como respuesta, Dolínnik comprendió que su interlocutor era desconfiado y, por ello, tan parco en palabras. Pero cuando el carpintero 142 supo de qué se acusaba al joven, fijó con asombro sus inteligentes oíos en Korchaguin y se sentó a su lado.

p — ¿Así pues, dices que liberaste a Zhujrái? Vaya, hombre. Yo no sabía que te habían detenido.

p Pável se incorporó sobresaltado, apoyándose en el codo.

p — ¿Qué Zhujrái? No sé nada. ¡Cualquiera sabe lo que me pueden achacar!

p Pero Dolínnik, sonriendo, se acercó más.

p — Déjate, amiguito, de desconfiar de mí. Sé más que tú.

p Y en voz baja, para que no lo oyera el viejo, añadió:

p — Yo mismo he acompañado a Zhujrái; ya está en lugar seguró. Fiódor me contó todo lo relacionado con el caso.

p Después de unos instantes, como obsesionado por un pensamiento, dijo:

p — Has resultado ser un muchacho como se debe. Pero el que estés detenido y ellos lo sepan todo es mala cosa, malísima, se puede decir que una verdadera calamidad.

p Se despojó de la chaqueta, la extendió sobre el suelo, se sentó, reclinó la espalda en la pared y volvió a liar un cigarrillo.

p Las últimas palabras de Dolínnik dijeron todo a Pável. Estaba claro: Dolínnik era de los suyos. Si había acompañado a Zhujrái, significaba...

p Al anochecer ya sabía que Dolínnik había sido detenido por realizar agitación entre los cosacos de Petliura. Fue cogido con las manos en la masa, cuando distribuía un llamamiento del Comité Revolucionario de la provincia invitando a entregarse y a pasarse a los rojos.

p Dolínnik, cauto, dijo a Pável muy poco.

p "¿Quién sabe? —pensaba—. Pueden pegar al muchacho de baquetazos. Es aún joven".

p Avanzada la noche, al acostarse, expresó sus temores en una breve frase:

p — Nuestra situación, Korchaguin, no puede ser peor. Veremos lo que resulta de esto.

p Al día siguiente, en la despensa apareció un nuevo detenido, el peluquero Shlioma Séltser, conocido en toda la ciudad, hombre de enormes orejas y flaco pescuezo. Shlioma contaba a Dolínnik, encendiéndose y gesticulando:

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p — La cosa fue así: Fux, Bluvshtéin y Trajtenberg iban a saludarle y a ofrecerle pan y sal. Yo entonces les dije: si queréis llevarlo, allá vosotros. ¿Pero quién ya a firmar el pergamino en nombre de toda la población judía? Perdón, nadie. A ellos les trae cuenta. Fux tiene una tienda, Trajtenberg un molino, ¿pero yo qué? ¿Y el resto de los descamisados? Esos pobres no poseen nada; en fin, yo tengo la lengua larga. Y hoy, afeitando a uno de los oficiales de los nuevos, de los que han llegado hace poco, le pregunté: "Dígame, ¿el atamán Petliura, sabe o no lo de los pogromos? ¿Recibirá a esa delegación?" ¡Ay, cuántos disgustos me ha ocasionado mi lengua! ¿Qué piensan ustedes que hizo el oficial cuando le afeité, le empolvé y se lo hice todo de primera? Se levantó y, en vez de pagarme, me detuvo por agitación contra el poder. —Séltser se golpeó el pecho con el puño—: ¿Qué agitación? ¿Qué de particular he dicho yo? No he hecho más que preguntar a una persona. .. Y por eso me meten en la cárcel...

p Séltser, indignado, retorcía un botón de la camisa de Dolínnik o le tiraba ya de un brazo, ya del otro.

p Dolínnik sonreía involuntariamente, escuchando al indignado Shlioma. Cuando el peluquero se calló, Dolínnik dijo en serio:

p — ¡Ay, Shlioma, eres un muchacho inteligente, y has hecho el tonto! En mala ocasión se te ha ocurrido darle a la lengua. Yo no te hubiera aconsejado venir a parar aquí.

p Séltser, comprensivo, le miró y dejó caer los brazos con desesperación. La puerta se abrió y, de un empujón, metieron en el recinto a la traficante en vodka, ya conocida de Pável. La mujer insultaba enfurecida al cosaco que la conducía.

p — ¡Así os traguen las llamas a todos vosotros y a vuestro comandante! ¡Ojalá estire la pata a causa de mi aguardiente!

p El centinela cerró tras ella la puerta, y se oyó el chasquido del cerrojo.

p La mujer se sentó en el camastro; el viejo la saludó burlón:

p — ¿Qué, cotilla, otra vez has venido a visitarnos? Toma asiento, acomódate como si estuvieras en tu casa.

p La mujer miró hostil al viejo y, agarrando su fardillo, se sentó en el suelo, al lado de Dolínnik.

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p La habían vuelto a detener, después de recibir de ella varias botellas de vodka casero. 1

p Tras la puerta se oyeron fritos y movimiento en el cuerpo dé guardia. Una voz áspera daba órdenes. Todos los detenidos volvieron la cabeza hacia la puerta.

p En la plaza, junto a la iglesia, de mediocre aspecto y antiguo campanario, tenía lugar un acontecimiento extraordinario para la ciudad. Abarcando la plaza desde tres lados, estaban formadas, en perfectos rectángulos, las unidades de la división Siech con todos sus pertrechos de guerra.

p Delante, a partir del atrio de la iglesia, en filas que terminaban junto a la cerca de la escuela, extendíase, en orden escaqueado, tres regimientos de infantería.

p Formando una masa gris turbia, con los fusiles en posición de “descansen” y absurdos cascos rusos, parecidos a calabazas partidas por la mitad, se encontraban, cargados de cartuchos, los soldados de Petliura, la división más combativa con que contaba el “directorio”.

p Bien vestida y calzada x costa de las reservas del antiguo ejército zarista, esta división, integrada en su mayoría por kulaks que luchaban conscientemente contra los Soviets, había sido traída a la ciudad para defender el nudo ferroviario, de gran importancia estratégica, que se encontraba en ella.

p Las cintas Abrillantes de los rieles partían de Shepetovka en cinco direcciones diferentes. Perder aquel punto significaba para Petliura perderlo todo. Y al “directorio” le quedaba ya un territorio bien mezquino. La modesta ciudad de Vínnitsa se había convertido en la capital de las bandas de Petliura.

p El "atamán supremo" había decidido pasar revista, personalmente, a las unidades. Todo estaba preparado para recibirle.

p En las últimas filas, en un rincón de la plaza, para que pasasen más desapercibidos, colocaron un regimiento de quintos. Eran jóvenes descalzos y vestidos cada cual de una manera. Ninguno de aquellos muchachos aldeanos, arrancados del horno por la “razzia” nocturna o cogidos en la calle, pensaba en ir a combatir.

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p — Ya no quedan tontos —decían.

p Lo más que pudieron conseguir los oficiales de Petliura fue escoltar a los movilizados hasta la ciudad, repartirlos por compañías y batallones y entregarles las armas.

p Pero, a la mañana siguiente, la tercera parte de los movilizados ya había desaparecido, y cada día quedaban menos.

p El darles botas rebasaba los límites de la insensatez, y, además, no se estaba muy sobrante de ellas. Se dio la orden de presentarse a quintas calzado. Los resultados fueron maravillosos. ¿De dónde sacaba la gente aquellos pingajos increíbles que únicamente se sujetaban a la pantorrilla con ayuda de alambres y cuerdas?

p A la parada los llevaron descalzos.

p Tras los infantes extendíase el regimiento de caballería de Gólub.

p Los jinetes contenían a la muchedumbre de curiosos. Todos querían ver la parada.

p Venía el propio "atamán supremo”. Semejantes acontecimientos eran raros en la ciudad, y nadie quería perderse aquel espectáculo gratuito.

p En los peldaños del atrio de la iglesia habíanse congregado los coroneles, los capitanes, ambas hijas del pope, vanos maestros ucranianos, el grupo de cosacos “libres” y el alcalde, hombre algo giboso. Eran todos gente selecta, representantes de la “sociedad”, y entre ellos, envuelto en su capote circasiano, encontrábase el inspector general de infantería que mandaba la parada.

p En la iglesia, el pope Vasili engalanábase con los ornamentos pascuales.

p A Petliura se le preparaba un recibimiento solemne. Fue traída e izada la bandera amarilla y azul. Los movilizados debían jurarla.

p El jefe de la división marchó a la estación, en un Ford viejo y destartalado, a recoger a Petliura.

p El inspector de infantería llamó al coronel Cherniak, hombre apuesto, con bigotillo elegantemente retorcido.

p — Llévese a alguien consigo y pase revista a la comandancia y a la retaguardia, para que todo esté limpio y en orden. Mire a ver si hay detenidos, y a la morralla échela a la calle.

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p Cherniak dio un taconazo, tomó consigo al capitán que se encontraba más próximo y partió al galope.

p El inspector se dirigió amablemente a la hija mayor del pope:

p — ¿Qué, cómo anda la comida, todo está como es debido?

p — ¡Oh, sí! Allí el comandante se esmera — respondió la hija del pope, clavando sus ojos en el gallardo inspector.

p De pronto, todo se puso en movimiento: por la carretera, pegado al cuello del caballo, volaba un jinete. Agitando la mano, gritaba:

p — ¡Ya vienen!

p — ¡Cada uno a su puesto! —rugió el inspector. Los oficiales corrieron a la formación.

p Cuando el Ford estornudó junto al pórtico de la iglesia, la banda de música comenzó a tocar el Aún no ha muerto Ucrania.

p Detrás del comandante de la división se apeó del automóvil el "propio atamán supremo, Petliura”, hombre de estatura mediana y cabeza angulosa firmemente asentada en el cuello bermejo. Vestía capote azul, de fino paño, ceñido por un correaje amarillo del que colgaba una diminuta pistola con funda de ante. Llevaba gorra caqui, a lo Kerenski, con escarapela y tridente esmaltado.

p La figura de Simón Petliura no tenía nada de marcial. No parecía un hombre de armas.

p Escuchó con aire disgustado el parte breve del inspector. Después, el alcalde pronunció unas palabras de saludo.

p Petliura le escuchaba distraído, mirando por encima de su cabeza a los regimientos formados.

p — Comencemos la revista —dijo al inspector, haciendo un movimiento de cabeza.

p Petliura subió a una pequeña tribuna, que se alzaba junto a la bandera, y dirigió a los soldados una alocución de diez minutos.

p La arenga no era convincente. Petliura, al parecer cansado del viaje, la pronunció sin particular entusiasmo. Los reglamentarios gritos de los soldados, "¡gloria!, ¡gloria!”, siguieron a sus últimas palabras. Petliura descendió de la 147 tribuna y se enjugó la frente con el pañuelo. Después, acompañado del inspector y el jefe de la división, pasó revista a las tropas.

p Al ver a los nuevos reclutas, entornó despectivo los ojos y se mordió nerviosamente los labios.

p En los últimos momentos de la revista, cuando los reclutas, en desordenadas filas, sección tras sección, se acercaban a la bandera, junto a la que se hallaba el pope Vasili, con los evangelios, y besaban el libro y después la cinta de la enseña, ocurrió algo inesperado.

p Sin que se supiera, una delegación entró en la plaza y acercóse a Petliura. Portando en sus manos el pan y la sal, adelantóse Bluvshtéin, rico negociante en maderas, seguido del mercero Fux y de otros acaudalados comerciantes.

p Bluvshtéin, inclinándose servil, presentó a Petliura la bandeja. La tomó el oficial que se encontraba al lado del atamán.

p — La población judía expresa su sincero reconocimiento y respeto a su persona, jefe del Estado. Dígnese aceptar este pergamino de saludo.

p — Bien —barbotó Petliura, echando una rápida ojeada al papel.

p Pero en aquel momento intervino Fux.

p — Os rogamos, humildísimamente, que se nos dé la posibilidad de abrir las empresas y se nos defienda contra los pogromos —dijo Fux, expeliendo con trabajo la difícil palabra.

p Petliura frunció colérico el entrecejo.

p — Mi ejército no se ocupa de pogromos. Que no se les olvide.

p Fux abrió los brazos en perplejo ademán.

p Petliura se encogió nerviosamente de hombros, encolerizado por aquella delegación que tan inoportunamente se le acercara. Volvió la cabeza. A sus espaldas, mordisqueando su negro bigote, se encontraba Gólub.

p — Aquí se quejan de sus cosacos, coronel. Averigüe qué pasa y tome medidas —dijo Petliura y, dirigiéndose al inspector, ordenó—: Comencemos la parada.

p La infortunada delegación no esperaba, en modo alguno, tener que vérselas con Gólub y se apresuró a quitarse de en medio.

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p Toda la atención de los espectadores estaba concentrada en los preparativos del solemne desfile. Restallaron las voces de mando.

p Gólub, acercándose a Bluvshtéin, con aparente tranquilidad, silabeó muy quedo:

p — Largaos de aquí, almas sin bautizar; de lo contrario, voy a hacer albondiguillas de vosotros.

p Tronó la banda de música y las primeras unidades comenzaron a desfilar por la plaza. Al llegar adonde se encontraba Petliura, los soldados rugían mecánicamente “gloria” y torcían por la carretera hacia las calles laterales. Al frente de las compañías, luciendo uniformes nuevos, de color caqui, marchaban con bizarría los oficiales, agitando sus fustas, como si fueran de paseo. Los de la división Siech habían sido los primeros en introducir aquella moda de desfilar con la fusta, así como la de que los soldados llevaran baqueta.

p A la cola, marchaban los movilizados, en masa desordenada, perdiendo el paso y tropezando unos contra otros.

p El pisar de los pies descalzos era quedo. Los oficiales trataban de imponer orden por todos los medios, pero era imposible. Cuando pasaba la segunda compañía, un muchacho vestido con camisa de burdo lienzo, que iba en el flanco derecho, se encandiló contemplando al "atamán supremo”, abrió la boca asombrado y, metiendo el pie en un bache, desplomóse de bruces sobre la carretera.

p El fusil rodó con estrépito por las piedras. El muchacho trataba de levantarse, pero era arrollado constantemente por los que venían detrás.

p Entre los espectadores sonaron carcajadas. La sección rompió el orden de formación. Pasó por la plaza de cualquier manera. El desventurado muchacho se levantó, atrapó por fin el fusil y e^chó a correr en pos de su unidad.

p Petliura volvió la cabeza para no ver aquel desagradable espectáculo: sin esperar a que terminara de desfilar la columna, se dirigió al automóvil. El inspector, siguiéndole, le preguntó cauteloso:

p — ¿No se queda a comer el señor atamán?

p — No —masculló Petliura.

p Tras la alta verja de la iglesia, entre la multitud de espectadores, Seriozha Bruszhak, Valia y Klimka presenciaban el desfile.

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p Seriozha, fuertemente agarrado a las barras de la verja, escrutaba con mirada preñada de odio a los que se encontraban debajo.

p — Vamos, Valía, se acabó lo que daban —dijo provocativo en voz alta, para que todos lo oyeran, al apartarse de la verja. La gente asombrada, volvió hacia él la cabeza.

p Sin prestar atención a nadie, Seriozha se acercó al postigo. Su hermana y Klimka le siguieron.

p Cuando llegaron al galope a la comandancia, el coronel Cherniak y el capitán desmontaron de un salto. Luego de entregar sus caballos al ordenanza, entraron en el cuerpo de guardia.

p — ¿Dónde está el comandante? —preguntó bruscamente Cherniak al ordenanza.

p — No sé —barbotó éste—. Ha salido.

p Cherniak recorrió con la mirada el cuerpo de guardia. Estaba sucio y desordenado, en las camas sin hacer hallábanse tumbados, con descaro, los cosacos de la comandancia, sin la menor intención de levantarse para saludar a los oficiales.

p — ¿Qué establo es éste que habéis organizado aquí? —rugió Cherniak—. ¿Qué es eso de estar tumbados como cerdas preñadas? —gritó a los que estaban echados.

p Uno de los cosacos sentóse y, regoldando satisfecho, gruñó:

p — ¿Qué gritas tú? Nosotros tenemos nuestro propio gritón en casa.

p — ¿Qué? —rugió Cherniak—. ¿Con quién hablas, jeta vacuna? ¡Soy el coronel Cherniak! ¿Has oído, hijo de perra? ¡Levantaos inmediatamente, si no queréis que os muela a todos a baquetazos! —y, corriendo por el cuerpo de guardia, gritaba enfurecido—: Tenéis un minuto de tiempo para barrer toda la basura, hacer las camas y dar un aspecto humano a vuestra jeta. ¿Qué trazas son ésas? En vez de cosacos, parecéis un atajo de salteadores de caminos.

p Su furia no tenía límites. Con rabia, asestó un puntapié al cubo de la basura que se interponía en su camino.

p El capitán no se quedaba a la zaga. Soltando temos a granel y esgrimiendo su fusta de tres colas, echaba de las camas a los remolones.

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p — El atamán supremo está presenciando la parada; puede venir aquí. ¡Moveos, vivo!

p Viendo que el asunto tomaba un giro serio y que realmente podían ganarse los baquetazos —el nombre de Cherniak era bien conocido por todos—, los cosacos corrieron como si les hubiera picado una avispa.

p El trabajo bulló.

p — Hay que echar un vistazo a los detenidos — propuso el capitán—. ¡El diablo sabe a quién tendrán aquí! Puede dejarse caer por aquí el atamán supremo y darnos un disgusto.

p — ¿Quién tiene la llave? —preguntó Cherniak al centinela—. Abrid inmediatamente.

p El suboficial se acercó de un salto y abrió el candado.

p — ¿Dónde está el comandante? ¿Voy a tener que esperarle mucho rato? Encontradle en seguida y enviadle para acá —mandó Cherniak—. Que salga la guardia al patio y que forme en orden.. . ¿Por qué están los fusiles sin bayonetas?

p — Llegamos ayer de relevo —se justificó el suboficial, y lanzóse hacia la salida, en busca del comandante.

p El capitán dio una patada en la puerta de la despensa. Varias personas se levantaron; el resto de los ocupantes del recinto continuaron tumbados.

p — Abrid de par en par la puerta —ordenó Cherniak—, aquí hay poca luz.

p Escrutó los rostros de los detenidos.

p — ¿Por qué estás detenido? —preguntó al viejo sentado en el camastro.

p Este se incorporó, subióse los pantalones y, tartamudeando asustado por el brusco grito, masculló:

p — Yo mismo no lo sé. Me encerraron, y aquí estoy. Desapareció de mi patio un caballejo, pero yo no tengo la culpa de ello.

p — ¿Qué caballo? —le interrumpió el capitán.

p — Del ejército. Se lo bebieron mis huéspedes, y me cargan la culpa a mí.

p Cherniak midió al viejo, de pies a cabeza, con una rápida mirada y encogióse impaciente de hombros.

p — ¡Agarra tus trapos, y largo de aquí! —gritó y volvióse hacia la traficante en vodka casero.

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p Al pronto, el viejo no creyó que le ponían en libertad y, dirigiéndose al capitán, inquirió, guiñando sus ojos medio ciegos:

p — ¿Quiere decir que se me permite marchar?

p El capitán asintió con la cabeza: "¡Arrea, arrea, cuanto antes!"

p El viejo desató con premura su hatillo del camastro y, de lado, atravesó de un salto el umbral de la puerta.

p — ¿Y tú, por qué estás detenida? —dijo Cherniak, interrogando a la mujer.

p Esta, terminando de comerse un pedazo de empanada, comenzó a cotorrear:

p — A mí, señor jefe, me han encerrado injustamente. Soy viuda, se han bebido mi vodka, y después me han detenido.

p — ¿De modo que comercias con aguardiente? — preguntó Cherniak.

p — ¿Qué comercio es éste? —dijo ofendida la mujer—. El comandante me cogió cuatro botellas y no me ha pagado ni un kopek. Así hacen todos: se beben el aguardiente y no pagan. ¿Qué comercio es éste?

p — Basta, vete inmediatamente al diablo.

p La mujer no dio lugar a que le repitieran la orden. Cogió su cesta y, haciendo reverencias de agradecimiento, reculó diligente hacia la puerta.

p — Que Dios les dé salud, señores jefes.

p Dolínnik miraba aquella comedia con ojos dilatados por el asombro. Ninguno de los detenidos comprendía lo que allí pasaba. Sólo estaba clara una cosa: los recién llegados era gente que podía disponer de los presos.

p — ¿Y tú, por qué? —dijo Cherniak dirigiéndose a Dolínnik.

p — ¡Levántate cuando te habla el señor coronel! — rugió el capitán.

p Dolínnik se levantó del suelo, lenta y pesadamente.

p — ¿Por qué estás detenido?, te pregunto —repitió Cherniak.

p Dolínnik miró por algunos segundos el bigotillo retor•cido del coronel, su rostro limpiamente afeitado, la visera de la flamante gorra a lo Kerenski, con la escarapela esmaltada, y, de pronto, un pensamiento atrevido cruzó fugaz su mente: "¿Y qué, y si resulta?"

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p — Me han detenido por circular por laxiudad después de las ocho.

p Y, dominado por una tensión nerviosa torturante, quedó esperando respuesta.

p — ¿Y qué haces por ahí, vagando por la noche?

p — No era muy de noche, fue a eso de las once. Hablaba y no creía en la suerte loca.

p Las rodillas le temblaron cuando oyó el breve:

p — Lárgate.

p Dolínnik olvidó su chaqueta y se dirigió hacia la puerta, mientras el capitán preguntaba al siguiente.

p Korchaguin era el último. Estaba sentado en el suelo, completamente desorientado por todo lo que veía; incluso no había podido darse perfecta cuenta de que habían puesto en libertad a Dolínnik. No llegaba a comprender lo que pasaba. A todos los ponían en libertad. Pero Dolínnik, Dolínnik... El había dicho que lo detuvieron por circular por la noche... Por fin comprendió.

p El coronel comenzó el interrogatorio del flaco Séltser con el habitual:

p — ¿Por qué estás detenido?

p El peluquero, pálido y emocionado, respondió impetuoso:

p — Me dicen que llevo a cabo agitación, pero no comprendo en qué consiste ésta.

p Cherniak se puso en guardia.

p — ¿Qué? ¡¿Agitación?! ¿Y qué es lo que propagas? Séltser se abrió de brazos con perplejidad:

p •— No sé, pues yo sólo he dicho que se recogían firmas para entregar al atamán supremo una petición de la población judía.

p — ¿Qué petición? —El capitán y Cherniak se acercaron a Séltser.

p — La de abolir los pogromos. Ustedes sabrán que aquí tuvo lugar un pogrom terrible. La población está atemorizada.

p — Comprendido —le interrumpió Cherniak—, nosotros te daremos petición, judío maldito. —Y, volviéndose hacia el cajSitán, dijo—: A este pájaro hay que esconderlo bien. Llévelo al Estado Mayor. Allí hablaré yo con él personalmente. Conviene saber quién se dispone a entregar la petición.

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p Séltser trató de objetar, pero el capitán, descargando con fuerza el brazo, le azotó la espalda con la nagaika.

p — ¡Cállate, carroña!

p Retorciéndose por el dolor, Séltser se retiró a un rincón. Sus labios temblaban y a duras penas podía contener los sollozos que pugnaban por estallar.

p Durante la última escena, Pável se había levantado. De todos los detenidos no quedaban en la despensa más que Séltser y él.

p Cherniak se encontraba frente al joven y le escrutaba con sus oíos negros.

p — ¿Y tú, qué haces aquí?

p A su pregunta, el coronel oyó la rápida respuesta:

p — He cortado el faldón de una silla, para suelas.

p T- ¿De qué silla? —dijo, sin comprender, el coronel.

p — En mi casa se alojaban dos cosacos, yo corté el faldón de una silla vieja de montar, para hacer suelas, y por ello los cosacos me trajeron aquí. —Y embargado por la esperanza loca de verse libre, añadió—: Si hubiera sabido que no se podía...

p El coronel miró despectivo a Korchaguin.

p — ¡El diablo sabe de qué se ocupaba este comandante, vaya unos detenidos que ha reunido! —Y, volviéndose hacia la puerta, gritó—: Puedes irte a tu casa y dile a tu padre que te dé una tunda como corresponde. ¡Hala, a escape!